Tomás Linn
Tomás Linn

Al final tuvo razón

Al final, Luis Lacalle Pou tuvo razón. Seguir con las negociaciones respecto a los temas de seguridad que afectan a los uruguayos, era perder tiempo. Las reuniones se hacían, los partidos se reunían con el presidente de la República y se ponían de acuerdo, pero luego el proceso quedaba empantanado en el Parlamento cuando todo llegaba a la bancada oficialista.

Al final, Luis Lacalle Pou tuvo razón. Seguir con las negociaciones respecto a los temas de seguridad que afectan a los uruguayos, era perder tiempo. Las reuniones se hacían, los partidos se reunían con el presidente de la República y se ponían de acuerdo, pero luego el proceso quedaba empantanado en el Parlamento cuando todo llegaba a la bancada oficialista.

La negociación directa con el presidente pretendía acelerar soluciones. Pero eso no estaba sucediendo. Casi en simultáneo el Directorio nacionalista anunció que no participaba más de tales encuentros y el presidente Tabaré Vázquez declaró que se había agotado la agenda de temas con lo cual se cerraba el período de negociaciones.

Tal vez Vázquez quiso adelantarse a los blancos y mostrar que era él quien cerraba el ciclo. También se debe haber dado cuenta de que no daba para más y si bien era posible ponerse de acuerdo con los partidos opositores, luego las trabas venían desde las propias filas. Como ha estado sucediendo en otros asuntos.

Cuando Lacalle Pou anunció que era de pensar en retirarse, pareció quedar solo. Ni los demás partidos ni el otro sector nacionalista estuvieron de acuerdo. Las críticas fueron duras. Sin embargo su argumentación y la de quien participaba en representación de su sector, el senador Javier García, mostraban una implacable lógica. Ocurre que a veces, el que pierde puede ser el ganador. No siempre sucede, pero hay ocasiones en que la regla se aplica. Y este es uno de esos casos. La seguridad preocupa a los uruguayos. Por eso en su momento fue bien vista la iniciativa del propio presidente de convocar a un diálogo en el que participaran dirigentes opositores. Vázquez mostraba que el tema le concernía y que era necesario lograr un consenso amplio para salir del atolladero.

Los partidos respondieron. Era esta una oportunidad de buscar soluciones de fondo a un asunto que asusta a la población. Se trabajó con genuino interés y pese a las lógicas dificultades que implica lograr que gente con ideas diferentes acuerde en cada punto, las cosas marcharon bien.

Al integrar esa mesa, los partidos enviaron sus mensajes a la sociedad. El primero fue uno de fuerte valor institucional: si el presidente de la República convoca a algo tan necesario, esa invitación debía ser considerada por el solo hecho de tratarse de él.

El segundo fue que la oposición por definición podrá estar contra el gobierno, pero no al extremo de la necedad. Había algo importante en juego y era necesario que opositores y oficialistas estrecharan filas para bien de la población y por encima de banderías.

El tercer mensaje fue que dado que la convocatoria provenía del presidente, era claro que cada punto acordado tendría rápida ejecución. Los delegados hablaban en nombre de sus respectivos partidos, para lo cual había consultas y discusiones previas con sus correligionarios. De ese mo-do, al tener respaldo, planteaban una discusión franca sobre temas candentes con una eficiente metodología de trabajo.

Lo que no estaba previsto era que lo acordado con los opositores, no siempre lo estaba con las propias filas del presidente. Así, todo el esfuerzo y el tiempo volcados a discutir estos temas, deberán repetirse en una segunda, agotadora y no siempre satisfactoria instancia en las comisiones parlamentarias.

Esto argumentó el senador Javier García, al explicar la postura de Lacalle Pou. ¿Para que se hizo este esfuerzo en un clima positivo, de búsqueda de entendimientos, si no servía para aceitar el segundo tramo? En tal caso, se preguntaba el senador, ¿no se ganaría más tiempo si se dejaba a un lado esta primera instancia y se iba directo a la segunda?

El pronunciamiento de Lacalle y las explicaciones de García dieron a entender que el problema lo tenía el propio Vázquez. Su retaguardia, y no la de los otros partidos, trababa todo. Por lo tanto lo que debía ser la parte más fuerte de esta negociación, la del Ejecutivo, no lo era. Vázquez y sus allegados procesaban la discusión, ponían presión, cedían cuando correspondía con el objetivo de llegar a un acuerdo con los demás, sin asegurarse de contar con respaldo de su bancada en el Parlamento.

Los otros partidos no acompañaron a Lacalle. Tenían sus razones. No es fácil romper un proce-so que comenzó siendo bien vis- to, ante una invitación hecha por el propio presidente. Para algunos, incluso, su participación en las reuniones eran un buen escenario para consolidar liderazgos.

Pero siendo válidos sus motivos, no se dieron cuenta que el líder blanco se les adelantó y percibió cual sería el final antes que los otros y quizás en sintonía con mucha gente en la calle.

Quedó solo, cuestionado, criticado, es cierto. Pero ya estaba ganando la pulseada. El fin de la ronda de conversaciones resuelto por el propio presidente esta semana, casi en forma simultánea con la decisión del directorio nacionalista, terminó por darle la razón.

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