Tomás Linn
Tomás Linn

Estrategias opositoras

La oposición no está preparada para gobernar. Así lo sentenció hace unas semanas el senador Jorge Larrañaga. Lo mismo decían muchos frentistas respecto a su propio sector antes de 2005. Y llevan tres períodos gobernando.

La oposición no está preparada para gobernar. Así lo sentenció hace unas semanas el senador Jorge Larrañaga. Lo mismo decían muchos frentistas respecto a su propio sector antes de 2005. Y llevan tres períodos gobernando.

El problema no es si está o no preparada para esa tarea, lo está. El problema es que primero debe ganar. Y para eso, debe convencer.

Antes de entrar en el tema, importa señalar que la expresión suele usarse en singular como si la oposición fuera una y única. No lo es. Existen varios partidos opositores, diferentes entre sí, que reúnen a la mitad del país que se opone al gobierno frentista. Y todo análisis de la situación debe hacerse sobre esa realidad.

Como ocurre en los períodos entre elección y elección, estos partidos empezaron a discutir la mejor estrategia para vencer al Frente Amplio. En la anterior, experimentaron con el Partido de la Concertación donde blancos y colorados sumaban votos para ganar la Intendencia capitalina. No propusieron candidatos fogueados ni presentaron propuestas claras sobre qué hacer con Montevideo. Creyeron que la solución era aritmética. No lo era: la suma no alcanzó.

Sostuvieron la tesis de que las diferencias entre los dos viejos partidos no eran tan grandes. Sin embargo, la aguda crisis que estalló en el Partido Colorado tras el magro resultado de 2014, generó una reacción entre quienes querían rescatar a su partido que evidenció que si bien con los blancos se podían entender, no eran iguales. La recuperación de su identidad hizo que la militancia colorada se esforzara en diferenciarse de su tradicional adversario. Una cosa era hacer acuerdos coyunturales (ir a una balotaje, por ejemplo) y otra convertirse en un “partido”.

Ahora está de moda proponer alianzas socialdemócratas para seducir al electorado defraudado del Frente Amplio.

A esa tendencia se refirió hace unas semanas Danilo Arbilla en su columna de Búsqueda al preguntarse qué sentido tenía, para los votantes, pasarse de la Coca Cola a la Pepsi. O sea, cambiarse de lo mismo a lo mismo.

Podrá no tener sentido, pero esa es la tendencia. Los colorados hurgan en la similitud que tiene la socialdemocracia con el batllismo. Pablo Mieres convoca al ala socialdemócrata de diferentes partidos, con el objetivo de llevarse suficientes frentistas desencantados y así impedir que el Frente vuelva a conseguir mayoría parlamentaria en 2019. Para Larrañaga es una vieja aspiración.

El único sector que ni se molesta en discutirlo es el herrerismo de Luis Lacalle Pou. Cree tener sensibilidad social sin por ello definirse como socialista y carece de culpas y complejos “izquierdosos”. Además se dio cuenta que si la mitad del país insiste en no votar al Frente Amplio, es porque busca algo distinto.

No es más de lo mismo lo que deben ofrecer los opositores. Como suele decir Juan Martín Posadas, hay que ir “a contrapelo” de los valores expresadas por un oficialismo cada vez más desgastado. Para eso, hay que estar convencido de que mucha gente también quiere ir a contrapelo.

Los colorados insisten que el estatismo social del batllismo nada tiene que ver con la propuesta del Frente Amplio. Lo cual es verdad. Pero para una parte de la población, no es que el frentismo reencarne al batllismo pero sí cumple similar función.

El Partido Independiente tiene motivos legítimos para apelar a este discurso porque su origen se liga a sectores moderados y no marxistas que se desprendieron del Frente Amplio hace ya tiempo. Es una suerte de “izquierda liberal”, si tal cosa existe. Apuesta a aquellos votantes que tras 12 años de gobierno frentista, están decepcionados. Por ahora, les bastaría lograr que el Frente no obtenga mayoría propia. Si con los años se convierte en una genuina alternativa socialdemócrata al Frente, es otra historia.

El nudo está en el Partido Nacional, que aún con sus definidas dos alas es el grupo opositor mejor ubicado. Elección tras elección se planta como el segundo partido. Su último candidato, Lacalle Pou, movilizó a un electorado nuevo, joven y entusiasta. Ambos líderes partidarios manejan bien sus diferencias, que son aún menores en los mandos medios y la militancia. Su problema es que, como en años anteriores, deja a Montevideo para último momento. Quien sea el candidato en mayo de 2020 debería ya tener presencia en el escenario con una clara idea de qué quiere para la ciudad.

Si el Partido Nacional mantiene su actual vigor, tal vez llegue a ser gobierno aún cuando deba negociar acuerdos para ganar la segunda vuelta. Pero no debería depender de eso. Tendrá que crecer por sí solo. De lo contrario corre el riesgo de que suceda lo que ya pasó: perder en el umbral.

No es ofreciendo un refresco igual al otro lo que ayudará a ganar. Habrá que ir “a contrapelo” de esta oficializada cultura de la mediocridad. Si se apuesta a ello, la ominosa sentencia de Larrañaga de que no se está preparado para gobernar, habrá sido errónea. Pero si no lo logra, mal que le pese a esa otra mitad del país, Larrañaga habrá tenido razón.

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