Tomás Linn
Tomás Linn

Ese 45 por ciento

Toda encuesta exige que cada dato sea analizado con pinzas. Ellas informan sobre los estados de ánimo y eso ocurre con la realizada hace unas semanas por Opción Consultores, que indica que 45 por ciento de los uruguayos ve con buenos ojos que el expresidente Julio Sanguinetti haya retornado a la actividad política.

No quiere decir que la gente imagine al líder colorado como futuro candidato y menos aún como futuro presidente. La pregunta de la encuesta fue clara, la respuesta también. La gente aprueba que Sanguinetti ha-ya entrado al ruedo y participe en el debate político. Le parece importante que sea un protagonista más.

Si se considera que en la elección de 2004 el Partido Colorado llegó a su punto más bajo y que en ese momento la figura de Sanguinetti era duramente cuestionada (un líder "quemado", para usar la expresión de esa época), este dato revela no solo un cambio de humor sino que la sociedad está necesitando ver formas renovadas de hacer política.

La gente tan solo quiere escuchar al expresidente, saber qué dice, prestarle atención a una voz alternativa, opuesta a la ya agobiante cantinela oficialista.

Esa encuesta también estaría revelando otro dato, vinculado al enojo que muchas personas expresan an-te lo que consideran una ausencia opositora: quizás la estrategia de resguardarse en espera de tiempos mejores, no haya sido tan errada. Habrá que ver.

Sanguinetti se mantuvo discreto en estos años. Publicó libros y si bien en ellos hizo una fuerte apología de sus posturas, no actuó en función de una agenda electoral.

No calló, pero tampoco fue un protagonista activo en un escenario que estuvo copado por otros actores.

En estos tres períodos frentistas, el oficialismo tuvo clara mayoría parlamenta- ria y hubo escaso espacio para que la oposición incidiera en los debates. Predominó una voz que acalló y denostó a los otros partidos como culpables de todas las pestes del país, desde 1830 hasta la fecha.

Quien encarnó la estrategia de la menor exposición, fue Luis Lacalle Pou. Tras competir con Tabaré Váz-quez en la segunda vuelta electoral de 2014, y quedar como la figura más representativa de la oposición, optó en forma deliberada por el perfil bajo. Tal vez le hubiera correspondido asumir un liderazgo activo contra el gobierno y no faltaron fundamentadas críticas a esa "ausencia", que no fue solo la de Lacalle Pou.

Pero ante una abroquelada mayoría oficialista, la posibilidad de incidir en el debate fue mínima. No era fácil aguantar un duro embate cotidiano destinado a desprestigiar, descalificar y anular cualquier liderazgo opositor.

Al final es la gente quien se cansa de la creciente seguidilla de tropiezos oficialistas, para colmo nunca reconocidos. Para el oficialismo ensoberbecido, sus tropiezos tienen justificación. Y siempre las culpas son de otros.

Surge ahora un reclamo que no era tan explícito hace un año: la necesidad de escuchar voces distintas. No nuevas voces (la de Sanguinetti no lo es) pero sí voces que ofrezcan otras maneras de entender la realidad.

Tampoco es nueva la voz de Lacalle Pou. Pero la gente querrá ver en cuánto cambió y maduró, cuánto mayor peso tiene ahora respecto a su anterior comparecencia, cuán sólido será su liderazgo.

Jorge Larrañaga manejó sus tiempos. No es casualidad que su campaña de recolección de firmas contra la inseguridad la lanzara ahora. Un año antes no hubiera tenido efecto alguno. La gente estaba en otra.

El precandidato colorado Ernesto Talvi también calculó el momento oportuno. Recorrió el país de punta a punta pero evitó decir que buscaba la candidatura. Sus encuentros eran técnicos, no políticos. Recién ahora anuncia su real intención por el simple hecho de que la hora es esta, no aquella.

No es que los políticos opositores estuvieron ausentes. Recorrían el país en forma silenciosa (tal vez descuidando Montevideo), alentaron las comisiones investigadores para desnudar las graves irregularidades, denunciaron y propusieron. Bordaberry, Mieres, Lema y tantos otros fueron investigadores implacables.

Lacalle Pou cada año hizo conocer sus 20 medidas para resolver problemas puntuales y dio la señal que seguía con atención la coyuntura y tenía respuestas para ella; si no eran consideradas era porque el gobierno estaba empecinado en despreciarlo y subestimarlo.

Este es el momento de corroborar si la estrategia que tanta controversia generó fue la correcta, si ante un gobierno que no escuchaba, solo restaba dejar que se desgastara solito y mientras tanto resguardarse de los ataques que venían desde el poder.

Ahora sí la población se hastió de la sordera oficialista y quiere saber qué tienen para decir los opositores. Habrá que ver si son capaces de convencer, si pueden prometer cambios sin caer en la soberbia de quien todo lo pretende refundar.

Según los mensajes que reciba, habrá de ser la gente, al acompañar los liderazgos y apostar a alternativas diferentes, la que decidirá si el país entra al fin en un saludable ciclo de alternancia o si continúa con lo ya conocido.

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