Tomás Linn
Tomás Linn

Están muy desubicados

Pasaron varios días desde que el miércoles se hizo, con apenas un relativo acatamiento, la caceroleada convocada por el Pit-Cnt y buena parte del país sigue sin entenderla.

¿Para qué se hizo? ¿Qué mensaje quiso dar la central sindical? Asombra que una central del peso del Pit-Cnt, pueda caer en algo tan absurdo y desubicado, al punto de terminar haciendo el ridículo.

Cuando al presidente del Pit-Cnt, Fernando Pereira, se le preguntó por qué hacer un caceroleo (mecanismo identificado con la lucha contra la dictadura y no contra un gobierno democrático recién elegido y recién asumido), la respuesta fue sorprendente: “buscamos mil opciones, no encontramos otra que esta”.

Es sabido que a los dirigentes sindicales les falta imaginación, pero la pregunta va más allá: ¿para que tenían que hacerla, esta o cualquier otra protesta? “No tenemos nada contra ninguna de las políticas” de Lacalle Pou, aclaró Pereira al darse cuenta que mucha gente, incluso dentro del movimiento sindical y en la izquierda, estaba molesta con su estrategia. Solo que, dijo, las medidas oficiales “quedan cortas en relación a la respuesta que hay que dar”. O sea, se convocó a una protesta fuerte por una discrepancia de matices. No tiene sentido.

Pero además, ¿cómo sabe el dirigente si las medidas quedan cortas? Una central sindical es experta en cuestiones laborales y no en tantos otros asuntos que debe considerar un gobierno, desde lo sanitario, lo social, lo económico, lo productivo, lo laboral, hasta el tema de los uruguayos varados en el exterior y otra larga lista de preocupaciones. ¿Cuán experto es Pereira para discernir lo que hace un gobierno en equipo, consultando a especialistas y con el criterio de ir tomando medidas con serenidad, aplomo y claridad, según las necesidades?

El movimiento sindical quedó desprestigiado una vez más. Trasmitió la sensación de que no entiende nada, no sabe en que país está parado y solo escucha a un núcleo reducido y cerrado de la población, alejado del sentir general que prevalece desde que estalló la pandemia.

Un dato menor, pero que ilustra ese distanciamiento con la gente, es que para hacer su caceroleo eligió la misma hora que la gente suele aplaudir desde sus ventanas y balcones a quienes trabajan en la salud.

Fue más sensata la secretaria general de Adeom, Valeria Ripoll: “No comparto el caceroleo, como tampoco comparto lo de poner el himno, no podemos seguir generando fracturas o divisiones”. Tiene razón, aunque quizás no hubiera habido himno de no haber habido caceroleo.

El caceroleo no cambió la decisión del presidente Lacalle Pou, tomada al día siguiente, de rebajarle a los funcionarios públicos entre cinco y 20% los sueldos y jubilaciones que superen los 80.000 pesos. Se decidió que los empleados del Estado que siempre salen indemnes de cualquier crisis, al fin carguen por un período con parte del peso que el país paga por esta pandemia.

COFE, el sindicato de los empleados públicos, rechaza que el costo de la crisis “lo paguen los trabajadores” (aunque no prevé movilizaciones). Otra vez el sindicalismo pasa por alto algo que todo el país sabe. Los trabajadores, los profesionales, los artistas, las empresas hace rato asumieron este costo. Pero siguen aportando impuestos para que el Estado pague los salarios de los inamovibles empleados públicos.

Hay gente que continúa sin tener claro el drama inmenso de la pandemia. No lo tiene el movimiento sindical. No lo tiene la gente que camina por la rambla en medio de la multitud con indiferencia al cuidado de su propia salud y la de otros. Y tampoco lo tienen claro aquellos que al ver su trabajo suspendido esperan que el gobierno, como por arte de magia, resuelva de inmediato su situación como si la plata creciera en los árboles.

La maldición es la pandemia, no el gobierno. Desde que ella estalló, se anuncian día a día medidas para ir cubriendo a los más necesitados, para disponer de licencias especiales por enfermedad, o seguros de paro parciales. El Mides no para de atender a los más desguarnecidos. Pero los recursos son finitos. No hay dinero suficiente en ningún lugar del mundo para ir cubriendo los daños de la pandemia ni, cuando pase, para tapar los agujeros monstruosos que habrá dejado. Esa es la realidad, eso es lo que hay que meterse en la cabeza y ver cómo aún con cuarentena, el país intenta mantenerse funcionando aunque sea a mínima capacidad.

Por suerte no todo lo que hace el movimiento sindical es tan absurdo. Esta semana AEBU (el gremio de los bancarios) concurrió a Nuevo París para hacer una entrega de bandejas con alimentos. Un operativo sencillo, poco estridente, necesario y solidario. Quizás sí, corresponda una observación para futuros operativos de ese tipo: asegurarse que cuando la gente hace cola para recibir sus bandejas, haya un metro de separación entre cada uno. Y que se mantenga la misma distancia en el momento de entregarlas. Hoy, esta recomendación no es banal.

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