Tomás Linn
Tomás Linn

¿Antes o después?

En estos días retomó vigor el reclamo de algún sector que sostiene que si la oposición quiere ganar las próximas elecciones, debe primero negociar un programa común de gobierno: o sea, formalizar la coalición opositora ya mismo, antes de concurrir a las urnas.

La posibilidad de que la suma de votos de los cuatro partidos considerados opositores al gobierno, eventualmente permita un triunfo en la segunda vuelta, alienta la tesis de negociar ya y presentarse con un único programa coordinado entre los partidos Blanco y Colorado, el Partido Independiente y el de la Gente.

La idea parece atractiva y expresa el deseo de muchos votantes (pero no todos) de revivir aquella "Concertación" que generó tantas ilusiones: hacer una suerte de Frente Amplio de partidos no frentistas.

Sin embargo, no todos están de acuerdo con esta tesis. Para empezar, sostienen que la idea de contar con un programa común que sume a cada uno de los partidos, no significa que eso automáticamente logre la mayoría absoluta que permita ganar en segunda vuelta. Para que haya segunda vuelta, dicen, cada partido opositor por sí mismo debe hacer un esfuerzo y votar bien para así quitarle la mayoría parlamentaria que gozó el Frente Amplio en estos tres períodos.

Si se logra eso, después entonces se negociará cómo habrá de funcionar la coalición y con qué programa se gobernará.

Si bien esos cuatro partidos parecen dispuestos a formar una coalición que apoye al presidente ganador, ellos no son exactamente iguales ni proponen las mismas cosas. El votante de uno de ellos tal vez rechace, en una primera instancia, las figuras y propuestas de alguno de los otros partidos opositores. Es probable que a quien le gusta votar a Edgardo Novick, no quiera hacerlo por Pablo Mieres, Luis Lacalle Pou o Julio Sanguinetti, y muchos votantes de los otros partidos sin duda sienten hoy un fuerte rechazo hacia Novick. Por lo tanto, la coalición se armará en base a pragmatismo puro, empujados por la necesidad y no porque haya afinidad entre todos. Así se hacen las coaliciones en todo el mundo.

No será lo mismo, a su vez, un Partido Nacional cuyo candidato sea Jorge Larrañaga, a uno que sea Lacalle Pou; ni será lo mismo un Partido Colorado con Ernesto Talvi, o José Amorín al frente que con Sanguinetti. Esas variables implicarán vuelcos de votos a un lado y a otro. Por lo tanto, antes de hablar de un programa común entre los cuatro partidos, importa saber primero, quiénes serán sus candidatos, ya que ellos implicarán diferentes perfiles y distintas prioridades programáticas. No serán, tal vez, diferencias irreconciliables, pero sí incidirán en cómo se define esa futura coalición.

Una negociación previa al recuento de votos, implica que cada partido tendría igual peso a la hora de discutir ese programa en común. Se trataría de un proyecto que les daría igual importancia y dividiría en perfectas cuatro partes, el aporte de cada uno.

Sin embargo, la primera vuelta dirá otra cosa. Algunos tendrán una bancada mayor y otros una bancada menor. Quien tenga la mayor cantidad de votos representará a un tipo de opinión política, diferente a quien tenga la menor cantidad de votos. Eso deberá tenerse en cuenta. Asimismo, quien obtenga la menor cantidad de votos, contará con un numero chico pero imprescindible para que el próximo gobierno tenga la mayoría necesaria en el Parlamento y los votos que se requieran para la segunda vuelta. Esos datos son cruciales al negociar un programa en común, recién después de la elección de octubre. Las coaliciones se hacen con las cartas a la vista. No antes.

Así sucede en todas las democracias del mundo. Muchas veces, dos partidos que son adversarios tradicionales, deben acordar para que el país no quede acéfalo, ya que nadie tiene la mayoría absoluta. Así han hecho más de un vez socialdemócratas y democristianos en Alemania.

El que queda en minoría acepta el peso del partido dominante pero sabe que con sus escasos votos, finalmente garantizará el respaldo que le faltó.

Mucha gente está harta de este gobierno y desea que venga uno nuevo. Sin embargo, no parece que la voluntad del soberano sea la de volcar todos sus votos a un solo partido y a un solo candidato en la primera vuelta. En la medida que el soberano opte por partidos con liderazgos y propuestas tan diferentes, esa negociación no será fácil. Es por eso que recién después de contados los votos y sabiendo dónde está parado cada uno, empiezan a concretarse los acuerdos.

Esto no quita que ya hoy algunos líderes estén conversando de modo informal con otros grupos, en previsión del futuro. Es razonable que eso se haga, pero no pasan de ser meros tanteos, que sin duda ahorrarán tiempo llegado el momento, pero no mucho más.

Lo sensato entonces no es presionar para que las negociaciones se hagan ya. Solo con las cartas a la vista, el acuerdo que eventualmente se alcance será más genuino y fiel al pronunciamiento ciudadano en las urnas.

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