Tomás Linn
Tomás Linn

Desgaste y desazón

Algo continúa raro en el país. Hay una desazón que no parece encontrar explicación. La inseguridad en las calles reafirma ese sentir. Y la incapacidad del gobierno de afrontar con claridad ese y otros temas, lo agrava.

Se dice que todo anda bien, pero muchos sienten que no es así. Unos despliegan optimismo pero otros irritación.

Es que nadie cree demasiado en ese optimismo. Un país con déficit fiscal y sobrecarga de impuestos no es modelo de nada.

Empieza un desgaste que afecta a un gobierno incapaz de dar respuestas adecuadas a cada situación. Balbucea justificaciones increíbles, desajustadas con la realidad e inadmisibles ante problemas como los del agro, la inseguridad, la economía o la enseñanza.

Es probable que el gobierno ya haya comenzado su gestión con un desgaste anticipado. La elección que lo llevó a este tercer período consecutivo frentista tuvo sus bemoles. Confirmó el liderazgo personal del presidente Tabaré Vázquez, pero quedó condicionado por el predominio de los grupos más ideologizados y en especial del MPP.

También comenzó desgastado porque cuando recibió de su antecesor las riendas del gobierno, se encontró con un panorama desolador y difícil de remontar. No es que no sabía con qué se encontraría, en definitiva algunos de los que hoy integran el gobierno de Vázquez estuvieron en el de José Mujica, pero sí descubrió que las cosas eran aún peores. Y que nada podían decir, pues eran todos correligionarios, todos parte de lo mismo. Por aquello de que entre bomberos no se pisan la manguera, había que aguantar lo heredado y tratar de enmendarlo.

Ante la inmensa popularidad que aún goza Mujica es difícil que los propios frentistas reconozcan a los cuatro vientos que la suya fue la peor presidencia en décadas. Que no hizo nada. Que dejó pasar oportunidades. Que todas las semanas cambiaba sus prioridades. Que en realidad nada le importó más que cultivar su propia imagen, pues pese a esa actitud de aparente humildad y sencillez, lo único que hay en él es una inmensa vanidad.

Poco importa que un columnista diga estas cosas desde un medio. Los que coinciden dirán que están de acuerdo y los fascinados por la popularidad de Mujica dirán que el columnista delira. Y no pasa nada. Quien no lo puede decir, en cambio, es el propio gobierno. Mujica es parte de esa fuerza política, es un operador incansable y astuto dentro de su interna y goza de una innegable popularidad aunque entre los suyos haya quien le quiera cobrar cuentas.

Lo cierto es que el gobierno arrancó arrastrando ese pesado lastre y se encontró con otros nuevos. No ve la manera de encarar el problema de la inseguridad. Cada vez que pasa algo, sus respuestas son tan fuera de lugar que solo multiplican la irritación. La culpa siempre es de la víctima por no haber hecho lo que correspondía. El policía no llevaba chaleco antibala, pero la mujer asesinada en el mismo acto, tampoco ni se esperaba eso de ella. El niño que jugaba en una plaza no estaba en su barrio, sino en otro. ¿Cuándo la culpa terminará siendo del criminal? ¿Cuándo aprenderán que antes de decir zonceras, mejor es callar?

El gobierno quizás sienta que poco a poco doblega al movimiento de los autoconvocados. Pero en el fondo no es así. Se trata de un grupo de productores agropecuarios, enojados por una situación crítica a la que nadie da respuesta. No es para menos, son los que producen la principal riqueza y sienten que las diferentes regulaciones y medidas adoptadas en estos tiempos, los asfixian. Los doblegue o no el gobierno, quien pierde es el país.

Las respuestas, al igual que en temas de seguridad, son aún más irritantes. Hablan desde la arrogancia ideológica y también desde la ignorancia de quien no es capaz de ponerse en los zapatos del otro.

Días atrás, en un almuerzo ante un grupo de empresarios, el ministro Danilo Astori pintó una optimista situación de la realidad económica. Uno por uno todos los números eran estupendos.

Con cortesía y respeto (aunque también con incredulidad), un empresario debió recordarle que las cifras dadas se sostenían por el enorme desembolso que hacen las empresas para mantener a un estado deficitario y al precio de perder competitividad. El resultado se ve en un paulatino crecimiento del desempleo.

En el agro, el comercio, la industria, la queja es la misma. Producir cuesta. En lugar de aumentar la riqueza, se dejan los jirones. Eso crea malestar. Las justificaciones oficiales no satisfacen. Y que el presidente se enfrente con actitud patotera a un grupo de productores, no conduce a nada bueno.

Problemas de eficacia productiva, costos del estado altos, inseguridad creciente, incapacidad de dar soluciones, la gente sin efectivo porque los cajeros andan a media marcha, problemas sociales que no se resuelven pese al mucho dinero que se vuelca en esa dirección, una educación que solo empeora. Y una sensación incómoda de malestar.

Este ya no es el Uruguay de la autocomplacencia de hace un año y medio atrás. Tampoco, es verdad, está claro qué tipo de Uruguay es.

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