Tomás Linn
Tomás Linn

¿No se dan cuenta?

Es que no se dan cuenta? ¿Están acaso tan encerrados en sus propios rollos que no pueden ver, ni entender, lo que pasa a su alrededor? El episodio en Santa Clara es un ejemplo irrefutable de que la dirigencia sindical se zafó de la realidad y ya no comprende lo que pasa a su alrededor.

Lo mismo sucedió en Salto cuando un grupo de trabajadoras enfrentó a los cabecillas del Pit-Cnt que les impedían entrar a trabajar.

Vociferan, pero a nadie le interesa lo que dicen. Se enojan ante la reacción de las trabajadoras, o de quienes en Santa Clara masivamente protestaron contra un paro. No se dan cuenta que lo grave, lo abusivo, lo prepotente, es lo suyo.

Los dirigentes sindicales no perciben que saturaron al país, que la repetición hasta el infinito de sus ideológicos versos de siempre no convencen, tienen sonido a hueco, a consignas memorizadas pero carentes de significado.

Hace tres décadas, por haber sido entre muchos otros, protagonistas de la salida democrática contaron con un prestigio que creyeron eterno. Poco a poco fueron gastando ese crédito. Por legítimos que sean sus intereses, la gente empezó a ver que no eran universales ni absolutos. Se hizo evidente que defendían cosas distintas, cuando no contrarias, a las de mucha gente en el país.

Trabajadores de un ramo de actividad se veían perjudicados por las protestas de quienes estaban en otro ramo. Esto se hizo evidente con los empleados públicos sindicalizados. Su radicalismo no conoce límites ya que saben que la "empresa" en que trabajan, nunca cerrará y en algunos casos (no todos) aun haciendo huelga, no se les descuenta el sueldo. Por lo tanto, ser combativos no implica correr riesgos, a diferencia de quienes en caso de radicalizarse pueden fundir la empresa privada en que trabajan.

Cada uno sabe dónde le aprieta el bolsillo y cuáles son sus prioridades; no todos pueden darse el lujo de perder un jornal a causa de consignas sin sentido. Hay paros que se hacen por razones frívolas y otros por "compañeros despedidos", en los que hubo justificada razón para ese despido. Con lo que convierten la protestas en una defensa de conductas indecentes, tal vez inmorales.

Estaban tan en otra cosa, que los sindicatos no tomaron nota de estas insinuadas primeras señales de distanciamiento y se reafirmaron en sus posturas. Recién ahora descubren que en la calle hay enojo y hartazgo. Y ni así se hacen cargo de lo que está sucediendo.

O tal vez algo perciban, por eso mandan a sus pesos pesados a conflictos lejanos. Suponen que su presencia es intimidante. Así hicieron en Salto, cuando sus principales dirigentes departamentales enfrentaron al grupo de mujeres que con sencillo coraje y articulada argumentación, reclamaron su derecho a entrar a trabajar. El episodio fue grabado y se viralizó. Lo que nunca se dieron cuenta es que quien quedó mal parado fue el piquete patotero y no las trabajadoras.

Se repiten los hechos en Santa Clara. Desde Montevideo enviaron gente a asegurarse que se cumpliera el paro en una estación de servicio. El pueblo se soliviantó y enfrentó en masa los bloqueadores.

Los dirigentes cuestionaron esa pueblada porque en su lógica está bien que ellos ocupen empresas y cierren el paso a otros trabajadores, no que lo hagan los demás.

Usaron la retórica de siempre, tan repetitiva que ni ellos se la creen. También intentaron aplicar el viejo recurso de descalificar a quien no está de acuerdo con ellos. Sin suerte.

Dijeron que la movilización popular fue realizada por votantes blancos. Un razonamiento deslumbrante sin duda: Santa Clara queda en Cerro Largo, ¿qué otra cosa que votantes blancos puede haber en un lugar así? Además, ¿es relevante saber a quién votaban? Lo que importa es que era gente enojada y harta, un sentimiento que se extiende por todo el país.

También dijeron que la pueblada fue promovida por el grupo "Un Solo Uruguay". Antiguamente, cuando sucedían cosas que no les gustaba, le echaban la culpa a los "agentes de la CIA", infiltrados y provocadores. Ahora culpan a los "autoconvocados" porque están convencidos que con solo invocar ese nombre queda claro dónde están los malos.

En su maniqueísmo fabulador, no se dieron cuenta que las cosas son al revés, que este movimiento rural tiene más prestigio de lo que ellos creen, que al ponerlos en el bando de los malos, la gente inmediatamente invierte la ecuación. Los malos son los sindicalistas. Y eso es así aunque no lo quieran ver. Se creen populares y no lo son

El grupo desmintió su vinculación con el episodio, pero a la gente poco lo importó. No tuvieron nada que ver, es verdad, pero si hubieran sido ellos, ¿cuál es el problema?

Hasta en eso perdieron el rumbo los sindicalistas. Creen que enchastran y en realidad enaltecen.

Es bueno y necesario que los asalariados recurran a representantes lúcidos a la hora de negociar sus sueldos y defender sus derechos. Por eso existen los sindicatos.

Pero no estos, no con estos dirigentes, no con gente incapaz de entender el mundo en que vive.

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