Tomás Linn
Tomás Linn

Si se da el primer paso...

Parecía sencillo eso de establecer con transparencia el precio del combustible mes a mes. Sin embargo las cosas se complicaron y el diablo, disfrazado de “factor X”, metió la cola e hizo de las suyas.

En un contexto menos complejo, el mecanismo debería funcionar de modo rutinario y sin bullicio. Los ajustes, hacia arriba o hacia abajo, se hacen según la cotización internacional del precio del petróleo. Un pequeño recuadro en la prensa o un fugaz recordatorio en el noticiero lo anunciaría y no tendría sentido entrevistar al ministro cada mes por este asunto. El lío se armaría solo en caso de una cotización disparatada, pero ahí el desastre sería mundial e igual para cada país.

La distorsión está en el tan mentado factor X que el pasado agosto dio paso a un aumento considerable que sacudió al sector agropecuario, industrial, comercial y doméstico.

El gobierno quiso hacer transparente cada suba y que la gente supiera dónde están los flancos que tanto encarecen la nafta y el gasoil. Sin embargo, la estrategia de hacer visible la verdad pierde sentido si a renglón seguido no se anuncian las medidas para eliminar el factor X. No sirve dar un paso si no se tiene previsto el paso siguiente. Es decir, el cierre inmediato de las plantas de Ancap que dan pérdidas endémicas.

Cuando este gobierno asumió, planteó la necesidad de desmonopolizar Ancap, pero encontró dura resistencia en la propia coalición. Sigue predominando la idea de que es mejor no tocar nada del Estado, aunque ello perjudique al común de la gente.

El mecanismo de transparencia permite que el consumidor conozca los motivos por los cuales los combustibles cuestan lo que cuestan. El factor X se refiere a los sobrecostos de Ancap en rubros deficitarios y que ni siquiera son una necesidad estratégica. La soberanía del país no corre peligro si Ancap deja de producir pórtland a pura pérdida.

Los drenajes de dinero, que el consumidor debe pagar cada vez que llena el tanque, son el subsidio al supergás, al transporte público y a la política antieconómica de la mezcla de biocombustible, así como cubrir las pérdidas por el pórtland y la caña de azúcar. En la medida que estos últimos son producidos por empresas privadas, si el Estado abandonara dichas actividades el país igual estaría abastecido. Por razones sociales, solo el subsidio al supergás podría justificarse.

A estos drenajes se suman las ineficiencias típicas de una gran empresa pública, donde sobra burocracia y también funcionarios.

Ancap ya tiene una historia dramática con el déficit de 750 millones de dólares generado durante la “época Sendic”. Para tapar ese agujero el gobierno de Tabaré Vázquez debió hacer un gigantesco salvataje.

No tiene sentido que ante cada suba el gobierno exponga ante la población las genuinas razones por las que sale tan caro el combustible si va a quedar solo en eso. Necesita reducir los costos que encarecen el precio de la nafta, y para ello hay que poner fin a los emprendimientos que son un lastre.

Tomar la decisión y atenerse a ella a como dé lugar y hasta la resolución final del tema, significa entrar en un período de conflictividad permanente. Los beneficios se verán al mediano plazo, pero mientras tanto habrá que pasar un verdadero infierno, con virulentos ataques desde el sindicato de Ancap. El Frente Amplio, aún sabiendo que no hay alternativa, no dará un ápice de apoyo al gobierno en una política así.

Es probable, además, que algún socio de la coalición no tenga ni el coraje ni el aguante para afrontar el embate todo el tiempo que sea necesario.

La población debería asimismo renunciar a su tradicional doble discurso, en el que como cliente se queja por el precio de la nafta y luego como militante rechaza las únicas medidas posibles para rebajar ese precio.

Llegó la hora de que todos sean coherentes.

El sindicato cree ser el único dueño de la empresa estatal. Una muestra de ello se dio hace poco cuando para el programa televisivo Santo y Seña, el vicepresidente de Ancap Diego Durand mostró los carísimos hornos comprados hace ya unos años, nunca usados y en estado de deterioro. Al terminar la nota, Durand fue rodeado (más bien asediado) por sindicalistas de la planta de Paysandú, que le increparon en forma agresiva, hostil y sin ningún respeto que hubiera dejado entrar el periodismo a filmar, convencidos como están de que la planta es suya y solo se hace lo que a ellos conviene.

Se pondrán en pie de guerra pero habrá que recordar que cada vez que dicen defender una empresa que es “de todos” en realidad están queriendo decir que es solo de ellos. Con este hostigamiento patotero, el sindicato hará del resto de los uruguayos, sus rehenes. Y eso no debe ser admitido.

Si el gobierno decidió tomar este camino de trasparentar el costo del combustible desnudado el factor X, necesariamente tendrá que estar decidido a dar el siguiente paso sin demora: una decidida estrategia para eliminar los tantos drenajes que pagan todos los uruguayos. También para eso fue elegida esta coalición.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados