Tomás Linn
Tomás Linn

La cultura tiene dueño

La cultura tiene dueño”. Así titulé un capítulo de mi libro sobre Uruguay que publiqué hace más de un año. Ahí sostenía que esos dueños otorgaban un “sello” de legitimidad para quien quisiera hacer alguna actividad cultural.

Quien no tuviera ese aval, quedaba en el “Index”: acallado e inexistente.

No soy el único que lo ve así. Muchos señalan esa cerrazón dogmática de la cultura, en manos de quienes piensan de una única manera, excluyendo al que piensa diferente y siguiendo la estrategia gramsciana. Esto se vio en las últimas semanas, con las “listas negras”. Los cenáculos dogmáticos están más fuertes que nunca, quizás resentidos por ver que “otros” ganaron las elecciones.

Por un lado estuvo la idea de excluir artistas a la hora de armar elencos, por el solo hecho de no pensar igual. A su vez, un “mánager” prohibió a sus representados ir a los programas de Sergio Puglia.

Ya antes llamó la atención la absurda polémica que desató el actor y director vinculado al Teatro El Galpón Héctor Guido, con el ministro Pablo da Silveira en un contexto de dura presión para que se habilitaran cuanto antes las salas. Se trata de una actividad que en el mundo está considerada muy riesgosa para la pandemia, por haber aglomeración en lugares cerrados por un período sostenido de tiempo.

Por esa razón, en otros países los teatros siguen sin abrirse. Acá, sin embargo, algunos se asumieron como víctimas de vaya a saber qué tipo de persecución. Los actores lo están pasando mal, es verdad: todos lo estamos pasando mal.

Ante un subsidio que el Ministerio decidió dar a actores y actrices, Guido sostuvo que era indigno y llamó a rechazarlo (cosa que mayoritariamente no sucedió). Luego, agredió al ministro al hacer una lectura relativizada de un hecho que el ministro puso en evidencia: que los teatros desde antes de la pandemia, recibían un considerable fondo anual pago tanto por el ministerio como por la Intendencia de Montevideo. Esa discusión derivó a una aún más absurda que intentaba explicar que el subsidio dado por la Intendencia, si bien era un subsidio, en realidad no lo era.

En ese contexto de deliberada crispación surgió la denuncia de la actriz Natalie Yoffe, por haber sido incluida en una “lista negra” que la discriminaba. Yoffe no votó a partidos de izquierda y su esposo es el candidato suplente (colorado) de Laura Raffo para la Intendencia de Montevideo.

Quien la puso en esa “lista negra” fue la actriz Brenda Accinelli en respuesta a una consulta que surgió en las redes y que decía: “supongo que ningún actor / actriz votó a este haaaarmoso gobierno, ¿no?”. A ese mensaje Accinelli dio algunos nombres (el de Yoffe entre ellos) y concluyó: “debe haber más. Hay que buscar y tener en cuenta para no llamarlos”.

Ante el escándalo, Accinelli fue invitada al programa Algo Contigo que dirige Luis Carballo (el día antes Yoffe había hablado ahí). Intentó aclarar, pero no lo logró. Carballo preguntó con firmeza, con amabilidad y con la notoria sensatez que lo caracteriza. Pero Accinelli no salió bien parada. Luego pidió disculpas a los afectados. Las disculpas sin duda son un gesto, pero no borran lo dicho pues es lo que genuinamente piensa.

Otro incluido en una “lista negra” fue Sergio Puglia. Como tantos protagonistas de la vida cultural, tiene opiniones fuertes sobre temas de actualidad, solo que no coinciden con las del club dogmático. Quiso entrevistar al músico Tabaré Cardozo y este rehusó ir porque su mánager, Federico Marinari, con espíritu macartista prohibió a sus representados participar en programas conducidos por Puglia, a causa de que el año pasado había cuestionado, sin dar nombres, conductas de algunos artistas.

Puglia conduce dos programas de mucha audiencia. Uno es “Al Pan, Pan” en radio Sarandí, que comparte con Jaime Clara; el otro es su legendario “Puglia Invita”, los almuerzos semanales trasmitidos por Canal 10. Más allá de sus opiniones a veces tajantes (pero no más que la de otros que piensan diferente a él), a ambos programas van personas de todas las actividades, de todo color y pelo y a todos trata por igual. Es realmente generoso cuando promueve lo que sus invitados hacen, sin fijarse en lo político. Se hizo famosa su expresión de “conminar” a su audiencia a leer, ver o escuchar la producción de cada invitado. Por eso, varios artistas tomaron distancia de la postura de Marinari. No así los representados de este mánager, pese a que trascendió en algún medio que Cardozo hubiera aceptado ir.

Con estos intolerantes gestos de hostilidad, es difícil imaginar que en un futuro cercano la cultura deje de estar atada a estos dueños, pues es su forma de aferrarse a una nada desdeñable cuota de poder político. Marcan terreno, ejercen una agresiva y absurda “resistencia” a quién sabe qué y no dejan que nadie diferente entre a ese territorio.

Por eso importa liberar a la cultura de tanta asfixiante intolerancia, para que artistas y creadores puedan expresarse y crecer sin trabas impuestas desde estas roscas. La gran pregunta es cómo liberarla.

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