Tomás Linn
Tomás Linn

Tener el cuero duro

La libertad de expresión y la libertad de prensa son temas siempre presentes en toda sociedad democrática y libre.

A raíz de un comentario hecho por el periodista Aldo Silva en su programa radial, se generó una difundida discusión que llevó al sindicato de los periodistas (APU) a defender la libertad de expresión y el derecho del periodista a decir lo que piensa.

El periodista había emitido una opinión polémica respecto al rol del presidente en un momento crítico de la pandemia y eso generó en las redes una reacción virulenta en su contra con mucha gente que expresó su desagrado, a veces en tono grosero. ¿Pero fue realmente una situación en la que la libertad para expresarse de Aldo Silva estuvo en peligro?

En su espacio radial, Darwin Desbocatti comentó, con la ácida irreverencia que le caracteriza, que quienes cuestionaron duramente el comentario de Aldo Silva, también estaban haciendo uso de su libertad de expresión. Por lo tanto, el comunicado de APU caía en una suerte de trampa: al defender la libertad de expresión del colega, cuestionaba la libertad de mucha otra gente que opinó contra Silva.

Un genuino ataque a la libertad de expresión viene desde un gobierno que despliega todo su poder para amedrentar, amenazar y censurar a los periodistas y a la gente en general: usa mecanismos represivos y ejerce una insostenible presión para acallar y clausurar. No fue este el caso. Al gobierno nunca se le ocurrió siquiera presionar a Aldo Silva. Hubo, sí, una legisladora que demostró su enojo personal en las redes, pero fue un enojo sin consecuencias.

La única “censura” que podría ser lícita contra la tarea que cumplimos los periodistas, es la que impone el público. Cuando algo no le gusta, apaga el televisor o cambia de canal, busca otra emisora o suspende su suscripción a un diario o revista. Incluso comenta su disgusto con sus amigos y opina mal del periodista con el que discrepa. Es una decisión libre y personal a la que tiene derecho.

Con las redes, la posibilidad de cuestionar a un medio o a un periodista se amplificó a límites extremos. Como además los buenos modales que algunos muestran en su deambular cotidiano quedan a un lado en el momento de enviar mensajes por las redes, la discrepancia adquiere un tono agresivo, insultante y soez. Es lo que tienen las redes y Aldo Silva no es la primera ni única víctima.

Por eso la observación de Darwin Desbocatti es atinada y supongo que él mismo debe ser blanco diario de todo tipo de ataques en las redes. Cuando el comunicado de APU habla de libertad de expresión, invierte el problema y obvia el hecho de que la gente también tiene el mismo derecho a opinar, aun pese al grosero tono que se usa en las redes.

Lo de Silva quizás invitaría a otra discusión, muy distinta, sobre el rigor profesional en un tiempo donde la tendencia en programas radiales y televisivos (más con la modalidad del “panelismo”) es opinar con poco rigor, en un tono de liviana charla de café y no de analizar con fundamentos y argumentos. Esto se agrava con una pandemia que lleva a algunos periodistas a creer que su trabajo es dictarle pautas al gobierno sobre qué debe hacer. Como si supieran más.

En todo caso, esta es otra discusión y nada tiene que ver con la libertad de expresión.

Recorriendo las redes suelo leer muchas opiniones que desprecian y agreden a periodistas reconocidos por su nivel profesional y por los que tengo profundo respeto.

En los foros de los medios escritos, la constante descalificación y el agravio contra el periodista que firmó una nota, a veces meramente informativa, llega a niveles delirantes. Eso pasa todos los días y nadie dice nada. Es que no hay nada que decir.

En lo personal, hace décadas escribo mi columna de opinión y doy por sentado que desde el momento que expreso un punto de vista, habrá lectores que coincidirán conmigo, pero otros no. Con la aparición de las redes esas opiniones, las favorables pero más que nada las contrarias, se hicieron virulentas y no hay más remedio que convivir con ellas. No hay que entrar en el juego de responderlas. Esos foros, a veces groseros y ofensivos, corresponden a un debate entre los lectores o entre la audiencia, no con los periodistas.

Saber que una porción del público siempre denostará, criticará, y cuestionará al periodista, es algo que viene con la profesión. Le pasa a todos y más aún a quienes hacemos periodismo de opinión. Desde el momento que optamos por este oficio, ya sabemos cuales son los sinsabores que trae consigo. Es un trabajo que exige tener el cuero duro.

En mis años de experiencia nunca recibí un apoyo explícito por parte de la APU ante eventuales críticas ofensivas: tampoco lo hubiera pretendido. Lo mismo le ocurre a tantos otros periodistas. Ya sabemos que si opinamos, e incluso si informamos, debemos atenernos a los fastidios del público.

Esa es la mejor forma de defender la libertad de expresión. La nuestra, la de los lectores que simpatizan con lo que escribimos y la de los que nos detestan.

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