Tomás Linn
Tomás Linn

Cosas chicas para el mundo

Si bien en muchos lugares del mundo estos tres días de Carnaval se celebran con alegre estruendo, no suele ser así en Montevideo. Como en Uruguay esa festividad empieza por fuera del calendario universal, los desfiles y llamadas ya se hicieron a fines de enero.

No quedará mucho para festejar en estos tres días. Por eso gran parte de los montevideanos se escapan a diferentes lugares de la costa y vuelven a dinamizar la temporada veraniega.

Sin embargo, es probable que este año el éxodo sea menor. Es que el miércoles hay que estar de vuelta para que los chicos puedan ir a la escuela. Las clases ya comenzaron el viernes y carnaval no será más que un fin de semana largo.

Por razones históricas, las festividades de Carnaval y Semana Santa siempre caen en fechas diferentes. Hay años en que la Semana Santa toca en los últimos calurosos días del verano y otros al comenzar las jornadas frescas de un otoño ya avanzado. Así será este año y por eso también Carnaval cae a principios de marzo, mezclado con el comienzo de clases.

Este tema podrá resultar muy menor en un país donde las preocupaciones parecen ser otras y además se prepara para una campaña electoral de final incierto. Sin embargo afecta de forma muy certera a la vida cotidiana de la gente común, a la vida de familia, a aquellos que trabajan y solo en estas fechas tienen su licencia anual.

Las autoridades de la enseñanza decidieron que no se podía perder un solo día de clase, pues había que cumplir con un nutrido año lectivo, e impusieron el comienzo de clases justo en medio de los tres días de carnaval.

La ministra de Turismo pidió revisar esa fecha, por entender que ello afectaría una tradicional movida turística, en que mucha gente se traslada a balnearios y centros de esparcimiento y da vida a diferentes rubros cuya gran zafra es solo en esas fechas. Además, en esta oportunidad, la ministra hubiera querido que habiendo sido una temporada floja, los días de carnaval le dieran un poco de oxígeno y la reactivaran.

Las autoridades educativas, que en todos estos años nada han hecho para mejorar el nivel de enseñanza del país, se negaron. Había que cumplir con la agenda establecida y sobre eso no se daba marcha atrás. Mucha gente optará por no ir a ningún lugar y preparar a sus hijos para comenzar los cursos.

El problema es que no solo debió salir la ministra de Turismo a pedir cierta consideración. Más importante era que lo hiciera también el ministro de Trabajo.

Es que la fecha de iniciación de cursos coincide con una época del año en que muchos asalariados disponen de sus únicas vacaciones: solo las pueden tomar en esas fechas (Carnaval y Semana Santa) y en ninguna otra. Esto es algo que cualquier uruguayo lo sabe desde siempre. Menos, claro, las autoridades educativas.

Dada la inactividad generalizada en Carnaval y en Semana Santa, casi sin actividad bancaria y con las oficinas del Estado cerradas, muchos comercios, talleres, pequeñas industrias y oficinas cierran y le dan a su personal la licencia anual. A veces esta empieza la semana antes y se continúa en carnaval y otras comienza esa semana y sigue la siguiente. Similar esquema se aplica para Turismo.

Esto no es nuevo. Ocurre desde hace muchas, muchas décadas. Es como funcionan las cosas desde el comienzo de los tiempos. Por lo tanto, fijar el inicio de clases como se ha hecho, no solo afectará la actividad turística, sino que le hace un enorme daño a los padres que pensaban disfrutar de la única licencia que se les otorga en el año.

Por eso entiendo que el ministro de Trabajo debió haber salido con más firmeza aún que su colega. Tenía argumentos mucho más fuertes y salía en defensa de los asalariados, afectados en su posibilidad de descanso. Es negarle, por vía indirecta, un derecho que todo trabajador tiene. Es ignorar cómo funciona este país.

Por supuesto, a nadie convence el argumento de que al fijarse tan temprano el arranque del año lectivo se garantiza que se cumpla con todas las horas de clase que corresponden darse.

Los uruguayos no son tontos. Saben que en el arranque habrá cursos a los que no se le asignaron profesores y maestras. Saben que en la primera de cambio aparecerán las huelgas y paros (hay uno ya previsto). Que no tardará demasiado para que algunos docentes pidan licencia por enfermedad y sea difícil reponer las clases perdidas. O que falten sin aviso. Saben que ante esa realidad las autoridades, tan celosas por fijar un temprano comienzo, no harán nada. Al final del año se habrán perdido horas de clase por razones que nada tienen que ver con si el año lectivo empieza hoy, la semana que viene o la otra.

Vuelvo a decir, esto parecerá un tema menor, pero no lo es. Implica respetar a la gente que trabaja, valorar sus tiempos de descanso, entender que cuestiones simples y cotidianas son fundamentales para garantizar cierta calidad de vida.

Como decía el poeta Elías Regules, son "cosas chicas para el mundo, pero grandes para mí".

Y vaya si lo son.

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