Tomás Linn
Tomás Linn

Dos carteles en la ruta

No son como los carteles al costado de una ruta norteamericana, que tanto dieron que hablar en una premiada película de este año. Pero son carteles llamativos, que dicen cosas, expresan actitudes y obligan a pensar.

Uno fue un pasacalle desplegado en Playa Pascual, el día que se reunió el Consejo de Ministros. Sus portadores eran productores del movimiento de "autoconvocados". El otro era un afiche, apenas visible, que se colaba en la imagen del noticiero cuando entrevistaban a Fernando Pereira en la sede del Pit-Cnt, después de un reunión con gente de ese mismo movimiento.

El cartel en Playa Pascual rezaba "Rentabilidad o Muerte", una consigna llamativa aunque no nueva, pues fue usada por productores en protesta en 1999, cuando no era el Frente quien gobernaba.

Más allá de su uso para viejas o nuevas protestas, lo interesante es que hace gala de un concepto que en esta pacata y socializante sociedad rechina: el de la rentabilidad. O sea, que toda actividad productiva que exija inversión, trabajo y esfuerzo, genere una renta suficiente, una ganancia adecuada.

En un Uruguay influido por una visión batllista del mundo y reforzado por el frentismo, en su mezcla de estatismo batllista con marxismo ortodoxo, nada debe ser rentable y si lo es, gran parte de esa ganancia debe pasar al estado.

Tener rentabilidad, obtener ganancias, generar riqueza como resultado de un trabajo productivo, es considerado usura. Es un concepto desprestigiado que debe ser censurado.

Por eso fue llamativa esa explícita franqueza del cartel. Sí, eso buscan los productores. También eso quieren los comerciantes y los industriales: que aquello que hacen, que implica dedicación e inversión, les dé ganancia. Que su trabajo rinda y rinda bien. Producen, generan ingresos, pagan sueldos, mueven el consumo. En consecuencia, debe ser rentable. Y para ello debe ser competitivo. Es decir, no pueden enfrentar un erizado camino de escollos, puestos por los gobiernos.

Impuestos, tarifas desmedidas y lo que cuesta aplicar una entreverada red de normas y regulaciones (buena parte de ellas absurdas) atentan contra esa rentabilidad. El valor del dólar también incide. Alguien, por fuera, quiere quedarse con los frutos del esfuerzo y del sacrificio hecho por quien produce. Quiere complicar-le la vida y reducir sus márgenes de ganancia. Quiere que el estado se quede con el resultado de ese esfuer- zo ajeno.

Para que haya rentabilidad, quien trabaja y produce debe liberarse de esas trabas que castigan su esfuerzo. Pero apostar a que las cosas rindan, implica también correr riesgos: que no haya frenos y sobrecargas del estado cuando las cosas ruedan bien, pero tampoco prebendas y subsidios del estado cuando andan mal. Eso es rentabilidad: más libertad, menos mordazas y la capacidad de asumir los costos, al aparecer los tropiezos, sin trasladarlos. El que quiere rentabilidad debe hacerse cargo de todo: de las buenas ganancias, de los riesgos y también de los tropiezos, en un contexto donde el estado no perturbe ni sea una carga.

Con desarmante franqueza, el cartel iba contra esa cultura pacata. Decía las cosas por su nombre, letra por letra. Sí, que tengan rentabilidad, ¿por qué no?

El segundo cartel es un afiche colgado en una pared de la sede del Pit-Cnt. Se lo vio de refilón, cuando su presidente, Fernando Pereira, fue entrevistado tras recibir a un grupo de los "autoconvocados".

El afiche celebra los 100 años de la Revolución Rusa. Sí, de esa misma revolución que instaló uno de los más sanguinarios regímenes totalitarios del mundo, que hambreó a su pueblo y mató a millones de sus propios compatriotas.

¿Por qué hay un cartel así en la sede sindical? ¿Qué tuvo el régimen soviético que merezca ser celebrado, o siquiera recordado? Su único mérito fue que no haya llegado al centenario vivito y coleando, por fortuna.

La Unión Soviética no protegió a los trabajadores rusos, ni permitió el li-bre funcionamiento de los sindicatos, ¿por qué entonces la central sindical tiene un cartel así? No creo que un dirigente como Pereira, lú-cido e informado, se sienta cómodo con eso. Otros sí, pero no él.

Es que hay líderes sindicales que siguen atados a su atávico pasado. Sus convicciones se entrelazan a las peores doctrinas totalitarias del siglo y a una historia de persecución, tortura y masiva matanza.

Ningún uruguayo hubiera querido vivir bajo los oprobiosos regímenes so-cialistas detrás de la Corti- na de Hierro. De haberlo hecho, muchos hubieran terminado en los gulag de la Siberia rusa. Y pocos hubieran sobrevivido.

No hay nada bueno para recordar, nada saludable, nada que haga sentirse orgullosos a quienes ponen tales afiches.

Allí están esos dos carteles. Uno, con corajudo espíritu, reclamando el derecho a producir para que sea rentable. Otro, queriendo recordar algo que fue oprobioso.

Resta preguntarse qué tipo de cartel se expondrá el día que se recuerde el centenario del nazismo. La sola idea hace correr escalofríos. Los mismos que se sienten ante el afiche en la sede sindical.

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