Tomás Linn
Tomás Linn

Cantinela quejosa

No están dadas las condiciones”. Esta parece ser la expresión de moda a medida que se van abriendo, con extrema prudencia, las tan mentadas perillas.

Cada nuevo anuncio, ya sea para abrir un poco más, ya sea para dar un paso atrás, siempre encuentra un afinado coro de voces que afirma pomposamente que no es posible dar ese paso porque no hay cómo hacerlo, la situación es confusa o no se estableció un claro “protocolo”, otra palabra de moda.

El país vive una crisis grave que no será tan alarmante como en otros lugares, pero que igual se siente. Para sortear los efectos de la pandemia es necesario restringir actividades y establecer cuarentenas, lo cual frena la economía con sus dramáticas consecuencias sociales. Y para atenuar las consecuencias sociales el Estado vuelca todos los recursos posibles, que por cierto son finitos.

Se trata de una trampa sin salida. Cada cosa que se hace para bien de todos, implica una consecuencia no necesariamente grata. Es inevitable que así sea.

Cuando empezaron a abrirse las primeras actividades (construcción y escuelas rurales) los implicados pidieron que se cumplieran todos los recaudos posibles. Hubo un listado de exigencias, lo cual era natural, porque había miedo y hubo que buscar fórmulas para trabajar con ciertas garantías sanitarias.

El lento retorno a otras actividades implicó un mayor uso del transporte público para lo que se exigió el uso de tapabocas para conductores, guardas y pasajeros. Pensar en tomar distancia en un bus, resulta imposible y eso genera otros problemas.

¿Pero quién es el responsable de hacer cumplir el uso del tapaboca? La respuesta parecía fácil hasta que la complicó el presidente de una de las empresas al sostener que esa función no le correspondía a su personal. ¿A quién si no?

Varias normas deben cumplirse sobre un ómnibus para bien de los pasajeros. Una es la de no tomar mate a bordo, no vaya a ser que una inesperada frenada haga que el agua caliente queme a alguien. Otra es respetar asientos asignados para mujeres embarazadas. Además, el guarda hace cumplir a rajatabla la norma que exige pagar un boleto para poder viajar. Sin embargo la empresa no quiso hacerse cargo de imponer lo del tapaboca, pese a que era en defensa del resto de los pasajeros, o sea de sus propios clientes que sí cumplían la norma. Al final, la mayoría lo usa y nadie se lo exige a los demás. Queda en evidencia que el conductor no tiene autoridad sobre el bus que maneja y por ser así, no sirve imponer normas que nadie hará cumplir. Más fácil es lavarse las manos; a lo Pilatos, no por higiene.

Cuando se supo que hubo varios casos de covid-19 en el Hospital Vilardebó los medios entrevistaron a gente que trabajaba ahí y algún enfermero se quejó de que no le habían dado indicaciones precisas y que los protocolos no eran claros. Quizás tenía razón, ¿pero los enfermeros actuales no son acaso graduados universitarios? Y por serlo, ¿además de conocer las habilidades específicas de su tarea, no fueron también formados a tener discernimiento y trabajar con criterios? ¿Necesitan esperar que venga todo digerido desde arriba antes de empezar a actuar?

Lo de las maestras es el colmo. Todavía no empezó a llover y ya salen a decir que los paraguas no alcanzan sin siquiera haberlos contado. “No están dadas las condiciones”, es el cansino estribillo. Sin duda, poner en marcha un pautado comienzo de clases, por etapas y con resguardos, es una tarea inmensa para un organismo que dirige miles de escuelas y liceos, con características distintas según donde funcionen. Las autoridades deben dar pautas claras, pero la ejecución concreta depende de la directora y las maestras de cada escuela. Se supone que están formadas para estas cosas, que saben que hacer, que esa es su profesión.

Por eso las excusas sobran. De las que plantean algunos sindicatos, mejor ni hablar. Si se espera a que se den las condiciones ideales, ningún país nunca haría nada. En un estado donde sobra empleados, el cuento de que “no hay personal suficiente” no convence. Si es por las razones esgrimidas por unos y otros, lo ideal sería nunca volver a la normalidad, aunque sea una muy restringida. Ahí es cuando tanta cantinela empieza a cansar.

Esto que digo no es nuevo, hace dos meses Juan Martín Posadas en una de sus columnas hablaba del “no se puede” como un reflejo instintivo a cada iniciativa emprendida.

No todo el país está en la misma, por suerte, pero esta permanente quejosa actitud negativa, que espera la orden perfecta para recién ahí empezar a moverse, abarca mucho espacio en los noticieros y en los programas periodísticos. ¿Palos en la rueda o realmente creen que no se puede? Tal vez en realidad, no quieren. Dirían los jóvenes: no le ponen onda.

Cuando en un noticiero empieza esta monserga fastidiosa, dicha con jerga burocrática, en tono de antigua maestra ciruela, desplegando datos que nada aclaran, a uno le dan ganas de cambiar de canal y mirar un dramón turco o apagar la televisión y leer una buena novela.

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