Tomás Linn
Tomás Linn

Campo y ciudad

El interior (o para ser concretos, el campo) entra a Montevideo con todas sus galas, en dos grandes ocasiones al año.

Son esos momentos en que los montevideanos, que muchas veces encerrados en sus hábitos urbanos suelen darle la espalda al resto del país, se encuentran con esa otra parte que conforma lo que es Uruguay.

Esas dos ocasiones son la Criolla del Prado, que se realiza en Semana Santa, y el Exposición Rural, también en el Prado, que ocurre en setiembre. Se trata de grandes fiestas que expresan no al interior urbano, sino al que viene desde el campo profundo, del Uruguay agropecuario, de los que producen buena parte de la riqueza del país. En setiembre vienen a exponer esa riqueza y en Semana Santa vienen quienes realizan tareas rurales, a mostrar sus destrezas y habilidades y sienten que el caballo es casi una extensión de su cuerpo.

Las protestas de los sectores que dicen defender los derechos animales están a punto de poner fin a una de esas dos celebraciones, la Fiesta Criolla, llamada también “la doma” aunque en sentido estricto no lo es. Si esas organizaciones logran su objetivo, se habrá agudizado una división que ya existe y que por cierto es nociva, entre el campo y la ciudad.

Las organizaciones defensoras de animales tienen derecho a hacerse escuchar. Pero es evidente que sus posturas no son compartidas por todos. Hay gente que tiene otra visión de cómo relacionarse con los animales, porque con ellos establecen vínculos de otra forma. No hay al respecto una única lectura convertida en un dogma irrefutable. Es un asunto opinable.

Seguramente los jinetes que vienen del campo al Prado a mostrar sus destrezas, mirarán como verdaderos “bichos raros” a quienes organizan estas protestas. Sus vidas perderían todo sentido si tuvieran que acomodarse a lo que ellos disponen. En especial, porque tienen una especial consideración hacia el caballo, desde una visión que nada tiene que ver con la de estas organizaciones.

Por lo tanto lo que aquí se produce es un genuino choque de culturas. Un estilo de vida que queda enfrentado a otro. La ciudad contra el campo. O peor aún, una ciudad que no solo desconoce lo que es la vida en el campo (nadie está obligado a conocerla al detalle), sino que no tiene intención ni deseos de entenderla, ni de aceptarla, tal es su desprecio. Es como si algunos montevideanos quisieran que la frontera de su país esté donde termina el hormigón.

Sin duda, no es lo mismo vivir en el campo que en la ciudad. Mucha gente no podría, ni querría, siendo del campo vivir en la ciudad y siendo de la ciudad, vivir en el campo. Está bien que así sea, pero eso no impide que unos y otros hagan un esfuerzo por comprenderse mutuamente. Ambos son parte de un mismo país y se necesitan.

La intransigencia arrogante de estos grupos “animalistas” llevó al flamante intendente de Montevideo a proponer que la Junta Departamental forme una comisión para ver qué hacer con las futuras fiestas criollas. Todo indica que fue una manera de lavarse las manos, ya que es bien sabido que la mejor manera de no resolver un problema, es convocar a una comisión para que lo resuelva.

Sin embargo, no será tan fácil. Si la resolución se posterga, en la próxima doma volverá a haber problemas, y eventualmente también los habrá en la exposición rural. No falta demasiado para que alguien acuse a los ganaderos de exponer desnudos a los animales en el Prado. ¡Qué falta de pudor!

El intendente de Montevideo no puede ser el responsable último de una decisión que excluya esta presencia anual del campo en Montevideo. Son uruguayos que se ponen sus mejores galas y quieren mostrar sus habilidades, no en cualquier ciudad, sino en la que es la capital del país.

Algunos intendentes han dicho que más allá de lo que resuelva Montevideo, estas fiestas criollas se seguirán haciendo en sus respectivos departamentos como lo han hecho siempre. Lo cual está bien, pero lo que importa, lo que marca una diferencia, es que una vez al año vengan a Montevideo, y demuestren acá sus tradiciones, en un esfuerzo por hermanar la gran ciudad con el campo. Y lo cierto es que funciona, pues pese a la intransigencia de estas organizaciones, la Semana Criolla ha sido siempre una fiesta capaz de convocar a mucha gente.

Sería grave que esto se suspendiera. Esto reduciría aún más el contacto de los capitalinos con el interior, cortaría un lazo indispensable con el otro país. Ese único contacto se reduciría a un par de programas televisivos (que por suerte existen) que muestran cómo viven tantos compatriotas en el resto del territorio. Me refiero a los que conduce Juan Carlos López o, en un tono más liviano pero no por eso menos genuino, el “Rafa” Villanueva.

La suspensión de una fiesta tan particular en Montevideo, sería una dolorosa concesión a la intransigencia de quienes entienden que solo existe una única forma de relacionarse con los animales, y esa es la suya.

Que el campo siga viniendo a Montevideo.

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