Tomás Linn
Tomás Linn

Camino de esperanza

El cúmulo de interrogantes y ansiedades que se fueron sumando en estas semanas quedó despejado.

La oferta electoral para octubre se presenta ante los ciudadanos en forma clara y por cierto muy interesante.

Los analistas desmenuzan el significado de cada resultado con una minucia por momentos exacerbante. Sin embargo, en numerosos votantes se observa una indisimulada satisfacción. No es para menos, la oferta permite imaginar el futuro con algo de optimismo. Parece ofrecer salidas a la cerrazón en que se trancó el país. Es como si la camada de políticos que estuvo en la salida democrática (o vino poco después) da por cumplida su misión y en un tránsito sin estridencias deja el lugar a otros. Otros que no necesariamente son jóvenes, no lo es Daniel Martínez y no lo es Ernesto Talvi, pero que expresan una vuelta de hoja. En el caso de Luis Lacalle Pou, la edad además ayuda a afianzar esa idea.

El razonamiento vale incluso para el candidato frentista que se postula por un grupo político que lleva 15 años en el gobierno y que muestra claros síntomas de desgaste. Martínez intenta salir de la impronta que marcó durante años el pesado triunvirato compuesto por Vázquez, Mujica y Astori. Es un tardío y débil recambio, pero recambio al fin.

Surge como la opción posible al ser un hombre de propuesta moderada. La duda está en saber si retendrá a los votantes menos radicales, a los decepcionados con el FA. A veces es tan moderado, que se ve obligado a desdecirse. Tuvo conceptos duros sobre lo que significó en la historia reciente la URSS. Pero hirió la sensibilidad de sus propios compañeros frentistas que siguen viendo a aquella dictadura como el gran paraíso, de igual modo que los nazis irredentos siguen pensando que no hubo nada mejor que la Alemania de Hitler. Esa es la paradoja: gana un candidato moderado en una izquierda que cada vez es más radical.

Tampoco pudo evitar la peregrinación a la chacra, al iniciar su ronda de consultas para buscar compañera de fórmula. Cambia, pero sigue atado a los viejos ritos.

El interés que despierta entonces el triunfo de Martínez si bien genuino es relativo. No es un líder seductor que, como suele decirse, “despierte locas pasiones”. Su problema es que el FA es un problema.

En filas coloradas sorprendió Ernesto Talvi. Se trata de un “outsider” a medias ya que si bien inteligente y sólido, no es un experimentado político, aunque siempre actuó en la frontera de la política. Apostó a la renovación y deliberadamente tomó un par de riesgos durante la campaña, que le dieron buenos resultados.

Algunos fieles a Julio Sanguinetti se sienten dolidos. No así el propio Sanguinetti que en un juego de amable competencia con Talvi logró entre ambos revitalizar el partido. Sanguinetti no ganó, pero logró su objetivo y el de una reivindicación personal. Será quien logré encolumnar a sus seguidores detrás de Talvi para la siguiente etapa.

Luis Lacalle fue, sin duda, el dueño de una gran noche. Demostró tener razón con la estrategia de medir bien sus tiempos y sus silencios. Y también logró un contundente triunfo: casi la mitad de los que concurrieron a votar.

Todo lo hizo bien. Consiguió un respaldo fuerte, dio buenos discursos tanto en su sede como en la casa de su partido, sus gestos y decisiones lo pusieron en el centro del escenario. Tiene aún un arduo camino que recorrer hasta octubre, pero en el estrado montado frente a la casa de la calle Juan Carlos Gómez, expuso sus ideas con lucidez, ungió a su compañera de fórmula, se abrazó con sus tradicionales adversarios internos y todo lo hizo con una compostura presidencial que, de mantenerla, le abrirá camino en lo que resta de la campaña.

Ahora deberá enfrentar a su verdadero adversario, un FA desesperado por mantenerse en el gobierno. Pero si pudo mantener su aplomo y serenidad frente a la campaña sucia que intentó calumniarlo, estará bien fogueado para afrontar lo que viene.

No hay evidencia del origen de esa repugnante campaña, pero se sabe que el asesor venezolano de Juan Sartori es experto en hacer exactamente esas cosas. Lacalle no se dejó provocar e hizo bien.

También hicieron bien algunos periodistas y columnistas (me incluyo) en exponer ese “modus operandi” y quizás eso ayudó a que Sartori obtuviera menos votos de lo que las encuestas decían. La duda es si alguna vez llegó realmente a tener tantos. La multitud esa noche le mostró su rechazo, pero la dirigencia parece dispuesta a no confrontar y quizás haga bien. Al país, por otra parte, le serviría que se vuelva a la isla de Skorpios por el mismo camino que lo trajo acá. Cosa que por supuesto, no hará.

De los partidos chicos, y más allá de la llamativa votación que obtuvo Guido Manini Ríos, hoy es poco lo que se puede decir porque sus candidatos no tenían desafiantes internos. Sobre ellos habrá que hablar en otra oportunidad.

Lo cierto es que las cartas quedaron bien barajadas. La oposición, pese a la maledicencia que hay respecto a que tiene líderes de poca monta, fue capaz de poner al frente a su mejor gente. Y los ciudadanos que concurrieron en números más altos de lo que se estimaba, mostraron tener mejor criterio para votar de lo que algunos suponían.

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