Tomás Linn
Tomás Linn

Qué cambia y qué no

A medida que se acercan las elecciones y ante las sorpresas que está mostrando la región, surgen algunas preguntas necesarias:

¿Cuál será el tono de la campaña? ¿Se replicará lo ocurrido en Brasil? No han surgido “bolsonaros” en Uruguay, es verdad, pero numerosos uruguayos celebraron como propio el triunfo del brasileño cuyo discurso muestra, por decir lo menos, escasa convicción democrática.

La primera señal la dio Luis Lacalle Pou al lanzar su campaña. Aclaró que no habrá refundación, que más que cambio debía haber “evolución”, que lo bien hecho por anteriores gobiernos no se modificaría, pero sí se harían transformaciones cruciales donde fueran necesarias.

El mensaje descolocó al público que se alimenta de los enardecidos intercambios en las redes: esperaba algo radical. Tanto es así que algunos líderes rivales, tradicionalmente moderados, endurecieron su propia retórica para conseguir el apoyo de ese electorado.

Es posible que la palabra “evolución” suene rara; también es verdad que el término “cambio” fue tomado como consigna por demasiados precandidatos en algo que ya suena demasiado repetitivo.

La idea, sin embargo, apunta a más. Se refiere a que en una democracia la alternancia de partidos en el gobierno implica hacer transformaciones, pero no refundar la nación. Una democracia cambia en la continuidad institucional, innova en la permanencia.

Cuando en 2004 ganó el Frente Amplio, en columnas escritas en esa época advertí sobre el peligro de pretender refundar la nación, como proponían algunos sectores (no todos) de la izquierda.

Si quien gana las próximas elecciones piensa en una refundación nacional, volveré a escribir las mismas advertencias.

Sin duda hay asuntos urgentes que un futuro nuevo gobierno deberá encarar: la seguridad, la educación y una economía que estimule a la productividad y permita a mucha gente salir de su situación de pobreza. El exceso de regulación estatal asfixia al agro, a la industria y al comercio y eso deberá corregirse. Habrá que reenfocar, además, la política exterior.

Pero en estos años el país vivió transformaciones en un terreno que suelo llamar “socio-moral” pues atañen a pautas de vida. No habrá marcha atrás en lo referido al matrimonio gay, al aborto y a cierta liberalización en el consumo de marihuana. Estos cambios, muy resistidos por una generación mayor de políticos, van más allá de lo partidario y reflejan una nueva manera que tiene la sociedad de verse a sí misma.

A esta altura sería absurdo impedir que dos hombres o dos mujeres quieran casarse entre sí. ¿Quiénes son los demás para prohibirlo? Respecto al aborto (un asunto genuinamente controvertido y delicado) se intentó convocar a un referéndum para derogar la ley y solo nueve por ciento de los ciudadanos adhirió a ese llamado. ¿Quiere decir acaso que el 91 por ciento restante alegremente aprueba el aborto? Seguramente muchas posturas se reflejen en ese número tan alto y entre los que optaron por dejar la ley, haya quienes no están de acuerdo con el aborto pero tampoco quieran penalizar a quien lo practique, tal vez por razones de compasión, comprensión o tolerancia.

La regulada comercialización de la marihuana es la medida más discutida, debido a su desprolija elaboración y confusa aplicación. La ley necesitará ajustes y mejoras; pero abiertas las compuertas de cierta liberalización es difícil imaginar que ellas se puedan cerrar. Más cuando el mundo entero se pregunta si una liberalización no es mejor solución que una costosa, violenta e ineficaz guerra contra el narcotráfico.

Esas leyes aprobadas en tiempos frentistas responden a su ideología, pero también a cambios que vivió la sociedad más allá de los gobiernos.

Esto no significa avalar la agresiva retórica de organizaciones sociales que bajo la bandera de la defensa de derechos que sí deben ser respetados, obligan a reconocerlos, solo en la forma y el lenguaje que ellos imponen por considerarlo como el único válido.

El sector de Lacalle Pou parece haber entendido que en 12 años la sociedad cambió y una generación que era joven en 2004 hoy intenta ocupar su lugar con otra visión de la realidad. Por lo tanto, es razonable plantearse qué cosas sí deben ser cambiadas y qué cosas no.

Su propuesta sacudió el tablero político. Muchos dirigentes, envalentonados por el lenguaje radicaliza- do de las redes (a veces lindantes en lo energúmeno), creen que ese espacio reclama otro tipo de líder y se ven en ese rol.

Ante la creciente posibilidad de una alternancia, parece claro que los cambios deberán hacerse con altura, precisión y responsabilidad. Es lo que corresponde a un buen político. La duda es si eso quieren los votantes que se hartaron del FA: si quieren un cambio radical o, por el contrario, se alinean con esta tesis. Y así como en 2004 hubo que advertir respecto a los peligrosos pujos refundacionales de algunos grupos frentistas, hoy habrá que estar alertas a similar pretensión de algunos grupos opositores. La convivencia democrática exige otra cosa.

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