Tomás Linn
Tomás Linn

Callarse... y pagarlas

El año termina y la población se prepara para comenzar el 2018 con un duro aumento de tarifas que se tragará —antes que se pueda reaccionar— cualquier aumento de sueldos o de jubilaciones.

Lo peor es que nadie entiende a santo de que tanto aumento ya que las empresas públicas (o al menos algunas de ellas) sostienen que no es necesario.

Claro, si se considera el enorme agujero que hay que tapar tras que Ancap prácticamente se fundiera, es fácil percibir que por algún lado había que recaudar.

Suelen aparecer, en estos casos, los cínicos de siempre.

Así por ejemplo, algunos dirigentes de la lista 711 (la que lidera el ex vicepresidente Raúl Sendic) expresaron sus críticas a las subas de UTE. Se trata de los que apoyan a quien llevó a Ancap a la bancarrota. ¿Tiene derecho esta gente a actuar con demagogia por la suba de tarifas de otro ente? ¿Se trata acaso de un desquite por lo que le sucedió a su defenestrado líder? ¿O es mero cinismo?

El gobierno entiende que hay que reducir el déficit fiscal que dejó la última Rendición de Cuentas. Al subir las tarifas (aunque no sea necesario hacerlo) las empresas públicas recaudarán más y el Estado dispondrá de más dinero a sacar de las llamadas "rentas generales" y con eso cubrir lo que tanto falta en otras áreas.

El razonamiento es absurdo.

En primer lugar porque ese déficit que tanto preocupa debió cubrirse antes, cuando se elaboró y aprobó la Rendición de Cuentas. En ese momento debieron hacerse recortes que hubieran evitado este tarifazo.

Al no hacerlo y tener que recurrir a las mentadas rentas generales, la otra manera de no subir tarifas hubiera sido que los recortes de fondo los hicieran las empresas públicas. Con una reducción fuerte y sin subir tarifas, igual se hubiera recaudado como para contar con un sobrante para esas rentas.

Pero claro, nadie se anima a cortar. Hay votantes que no quieren quedar afuera de ese mundo lleno de prebendas y ventajas: necesitan seguir viviendo del Estado.

Tampoco nadie se anima a enfrentar los reclamos de los sindicatos, cuya capacidad de extorsión no tiene límites.

Por responder a tantos reclamos el gobierno ahora se ve en aprietos. Una parte de la población, la que se vio beneficiada cuando hubo que votar la Rendición de Cuentas, no debería quejarse. Sus reclamos se tuvieron en cuenta por lo tanto ahora a callarse. El agujero que se hace por un lado, hay que taparlo con otro.

Sí, en cambio, tienen derecho a quejarse los que todo lo pagan: con impuestos una Rendición que le sirve solo a algunos, y con tarifas el resto.

Lo de las tarifas altas no es un tema menor. Para un país en que la escala de ingresos tiende a ser baja (y más para los que ganan sueldos magros) lo que la luz, el agua y el combustible se tragan en un presupuesto familiar es enorme. Eso quiere decir que hay que vivir con privaciones. Pasar frío en invierno. Recortar gastos, algunas necesarios, para que las cuentas cierren. La calidad de vida se resiente y acceder a un confort elemental se posterga.

En otras palabras, se vive mal.

El otro sector que se resiente es el productivo. La industria, el agro, el comercio, deben gastar más en insumos elementales para seguir funcionando. Ese se refleja en costos, en cómo se encarecen sus productos, o cómo recortan (ellos sí lo hacen) gastos para que su negocio sea competitivo. Con razón algunos hablan de una economía que se mueve pero que igual pierde puestos de trabajo. Es que si no se puede reducir algunos insumos, se baja en otros. Como resultado, vienen los despidos. Es casi inevitable.

En definitiva son muchos los que se perjudican y el país es el que sale dañado. Tal vez sea cierto lo que dicen los economistas respecto a que el atraso cambiario resta competitividad. Estos tarifazos sin duda hacen lo mismo o tiene efectos aún peores.

El hecho retrotrae a discusiones de los 90 que la izquierda enfrentó, pero que estos tarifazos demuestran que vuelven por sus fueron. Otra vez se habla del peso que tiene el Estado sobre los uruguayos y lo mucho que creció en esta década, por lo general en forma innecesaria. Discutimos sobre cuanto nos cuesta y cuan poco devuelve.

Mal que le pese al Frente Amplio y al gobierno, el tema está de vuelta sobre la mesa. No se trata de decir si el liberalismo y el neoliberalismo regresaron. No es eso. Se trata, sí, de ver y reconocer la evidencia. El Estado, así concebido, daña, duele, cuesta, asfixia y atrasa.

Mientras el clima de complacencia siga siendo grande, poco sentido tiene en insistir sobre estos temas. A buena parte de los uruguayos les gusta saber que hay un estado omnipresente que vela nuestros sueños, aunque en realidad nos anestesia.

Las quejas por las tarifas son fuertes y enardecidas. Pero acallarán. Pese al daño que le hacen al país, y pese a tanta protesta, la gente las prefiere pues teme salir del torpe y desguazado resguardo que ofrece el Estado.

Así pensado, las subas son bien merecidas. Y quienes no las merecen, tendrán que replegarse, rebelarse en silencio ante la injusticia… y pagarlas.

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