Tomás Linn
Tomás Linn

Buenos cambios

Saturan tantas elecciones realizadas en tan poco tiempo? ¿Es realmente mejor juntarlas en una única convocatoria? Cada tanto esta duda cobra vida, alentada por quienes prefieren que las elecciones se hagan todas de una sola vez, según lo señaló la semana pasada una nota publicada en El País.

Para eso habría que volver a los tiempos previos a la reforma constitucional de 1997.

El año que viene en junio habrá elecciones internas, en octubre elecciones nacionales para presidente y cámaras. De ser necesario, en noviembre se realizará la segunda vuelta para presidente y en mayo de 2020 se votará para elegir a las autoridades municipales en cada departamento. Son cuatro elecciones en menos de un año.

¿Qué había antes? Todas estas elecciones se realizaban en único día a fin de noviembre. La elección del presidente era, de hecho, simultánea con la interna. La gente elegía entre varios candidatos por partido y ganaba el candidato más votado del partido más votado. Era una suerte de voto a ciegas: el votante apoyaba a una figura y terminaba ganando otra que para ser presidente bastaba que su partido ganara por mayoría simple. Al final resultaba que la mayoría de los votantes había votado a otros. En el mismo sobre se ponía además, la lista con los candidatos a intendente municipal y a la Junta Departamental que debían ser del mismo partido que la lista para cargos nacionales.

Todo era práctico y funcional, pero distorsionaba la voluntad del votante que en lo nacional votaba a ciegas y en lo departamental, lo hacía arrastrado por la lista nacional y no lo que servía según donde vivía.

La reforma del 97 cambió eso. Para que el votante tuviera claro cuál era el candidato de cada partido, se dispuso una instancia (las internas) para dirimirlo. No son elecciones obligatorias y está bien que no lo sean. Como lo dice su definición, son "internas" donde deciden quienes se sienten comprometidos con su partido. El ciudadano común, votará para un nuevo gobierno según la oferta presentada: que los simpatizantes decidan y según quién gane, ese ciudadano decidirá qué hace.

La otra innovación del 97 fue la segunda vuelta. Si ningún candidato logra la mayoría absoluta (50 por ciento más un voto), los dos más votados van a una nueva votación y es el ciudadano quien decide a cual prefiere. Para algunos, será optar por el mal menor. Pero en definitiva, quien asume la responsabilidad directa de elegirlo, es el ciudadano. Y eso es bueno.

La tercera modificación fue separar lo municipal de lo nacional. Esa instancia se realiza en mayo del año siguiente y se eligen las autoridades departamentales, según criterios locales. Es bueno que haya una campaña concentrada solo en los temas de la comarca, los más cercanos al votante. También ese cambio fue bueno.

Un estudio hecho por el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de la República entre las elites políticas del país y divulgado la semana pasada por El País, determinó que el 46% de los consultados prefiere volver al viejo sistema y unir en un único día las nacionales con las departamentales. Parecería que hay una mayoría a favor de esta posibilidad. Pero todo depende del cristal con que se lo mire. Es que si bien 37% dice que el calendario debe quedar como está, hay 17% que propone que las departamentales sean a mitad del período: es decir, separadas pero con más distancia de las nacionales. En otras palabras, unos y otros no están de acuerdo cuándo hacerlas, pero sí en que deben ser en otro momento.

Hacerlas en forma simultánea, aún con boleta cortada (cosa que no existía antes del 97) es sofocar una discusión que a la gente le importa. Es eliminar el debate sobre qué debe hacerse en cada departamento, cada uno con agenda y prioridades muy específicas.

Es verdad que al llegar mayo y terminar ese largo ciclo, la gente está harta. Pero ello no es tanto por la sucesión de elecciones sino por el estilo uruguayo de hacer campañas, donde todo se satura hasta el cansancio.

Hay países que renuevan parcialmente sus parlamentos cada dos años. Ni bien la sociedad se asienta tras una intensa campaña, ya viene la siguiente. Los que no tienen sistemas de suplentes, están convocando en forma continua para votar a un nuevo senador o diputado, si el anterior renuncia. Es como si hubiera elecciones continuas.

Uruguay las hace todas en once meses y luego espera cuatro años y medio para las siguientes. No es tan grave.

En forma recurrente aparecen los que quieren volver a lo de antes que tal vez era cómodo para los partidos y que estaba pensado según las necesidades de los votados, no de los votantes.

Ahora en cada elección el ciudadano sabe lo que vota y se hace cargo de ello. No hay coartadas para liberarse de su responsabilidad.

Renunciar a un mecanismo que dio claridad de decisión al ciudadano, en aras de recuperar ventajitas y comodidades para los partidos, no es buen negocio para quienes votan, ni es saludable para la democracia.

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