Tomás Linn
Tomás Linn

Alineados con Cuba

Algunos observadores políticos se regodearon con el hecho de que pese a la liberación del líder opositor Leopoldo López y las manifestaciones populares contra al chavismo del 1º de mayo, las cosas no le habían salido bien a Juan Guaidó.

Al no caer ese día el régimen chavista, se dedujo que hubo un duro revés del cual sería difícil sobreponerse.

Esto fue dicho con sobriedad. Ya con otra desfachatez, estuvieron los que se creyeron muy listos diciendo cosas en tono de burla, como el expresidente José Mujica. “No hay que ponerse delante de las tanquetas” aseguró y reforzó su idea diciendo: “si usted sale a la calle, se expone”. Fue un modo frívolo de opinar sobre el tema, pero lo dijo con el mismo regodeo de los analistas.

Para colmo, unos días después Mujica volvió con el tema en su programa emitido por la Deutsche Welle: “cuando las tanquetas aparecieron, los jefes desaparecieron”, en referencia a López que tras su salida de la prisión domiciliaria, se refugió en la embajada española. Por cierto, la referencia no se dirigía a Guaidó que sí estuvo en las calles ese día. De todos modos, desde que López cayó preso (en condiciones muy duras hasta que se lo pasó a prisión domiciliaria), ni Mujica ni otros líderes frentistas expresaron su solidaridad con él, o reclamaron por su inmediata libertad. Más bien se dijo, con indisimulado cinismo, que era un político preso no un preso político.

Tanto regodeo solo se explica por el deseo de que la dictadura se refuerce en Venezuela.

Sin embargo, pasa por alto cuestiones evidentes. Por un lado, es imposible apostar a que Guaidó tenga éxito de una sola vez y en un solo día. Cuando una dictadura no cede un solo ápice de su poder, aún al costo de hacer represiones salvajes, la lucha no es fácil. Esa dictadura no contará con respaldo popular, pero asienta su poder en un fuerte aparato militar dispuesto a todo. La población civil enfrenta ejércitos, policía, paramilitares y grupos de choque. Es gente desarmada contra un poder bien pertrechado. Por supuesto, la protesta civil puede tornarse violenta cuando la represión ataca a mansalva, como lo ha hecho, pero por el momento, no se trata de un enfrentamiento equilibrado. Las armas, la fuerza, la prepotencia están de un solo lado. Por lo tanto, no se trata de una dictadura que caerá en forma súbita, sino que debe ser horadada y desgastada por la continua presión popular.

El rol de Guaidó sigue siendo crucial. Es lo que garantiza que el día que Maduro caiga, el recambio de inmediato se encauce a través de instituciones democráticas. Es probable que muchos militares quieran algún día deponer a Maduro para instaurar una dictadura nueva, sí, pero de igual perfil chavista. La presencia de una suerte de gobierno paralelo (sin poder, es verdad) es una forma de frenar cualquier golpe continuista y recordar que si a Maduro se lo echa, es para volver a un Estado de Derecho.

A la izquierda le gusta decir, porque ello reafirma sus dogmas eternos, que hay una grave ingerencia del imperialismo: Estados Unidos y sus embargos económicos son causantes de la gravísima crisis económica, social, sanitaria y humanitaria que vive Venezuela. Exige una trabajosa paciencia refutar esa falsedad con hechos reales.

La crisis es aguda y existe desde mucho antes de las medidas económicas tomadas por Estados Unidos. El tema no es que el imperio ambiciona el petróleo venezolano; durante décadas enteras se lo compró sin problema y lo pagó como corresponde. Además, si bien lo que Venezuela exporta a Estados Unidos es una parte grande de su producción, es tan solo una porción mínima de lo que Estados Unidos importa de diferentes países.

Donde sí hay una brutal ingerencia extranjera es del otro bando. Es vieja y conocida la presencia cubana en los servicios de inteligencia, en los servicios de seguridad y en el asesoramiento directo al chavismo. De eso no hay duda, y ella explica por qué Maduro se mantiene en el poder, pese al clamor popular.

Es esa misma presencia cubana, tan fuerte en Venezuela, la que motiva la necia postura de la izquierda en Uruguay: se trata de una izquierda alineada con Cuba, y por esa vía es que apoya al régimen chavista.

A eso se suma la cada vez más estentórea presencia rusa, así como la de Irán y la de China. Pero de eso, la izquierda vernácula no habla.

La cuestión es que sigue empecinada en defender a Maduro. Muchos pensaron que su posición, además de vergonzosa, era incomprensible. Sin embargo, cuando se llega al extremo de hacer burla con las tanquetas, como ha hecho Mujica, es evidente que no se trata de un error, de una equivocación de la izquierda en su lectura de los hechos, sino de una postura deliberada. No creen en la democracia, favorecen las dictaduras con las que congenian, al punto que es lícito preguntarse si en el fondo eso no es lo que querrían para Uruguay.

Por eso, en este año electoral, el tema venezolano pasó a ser un tema local que parte aguas, porque al decir de Artigas, “la cuestión está entre el despotismo y la libertad”.

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