Tomás Linn
Tomás Linn

Abrazar el Arena

Si la gente le hubiera “dado un abrazo” al cilindro municipal el día en que fue demolido mediante implosión, quizás ese edificio, construido con tecnología de avanzada para su época por el recordado “no ingeniero” Leonel Viera, se hubiera salvado.

Restaurar cierto deterioro en que había caído hubiera costado dinero, sin duda, pero mucho menos de lo que costó construir el Antel Arena.

Por otra parte, muchos de quienes la semana pasada convocaron a ese abrazo al Antel Arena estuvieron presentes, sí, para celebrar la demolición del cilindro como expresión de apoyo a la construcción del nuevo edificio, que dicho sea de paso pudo haberse levantado en los muchos terrenos libres que aún quedan en esa misma zona sin necesidad de demoler el Cilindro.

Es que en aquellos días hasta el propio gobierno (frentista, por cierto) tuvo muchas dudas y muy serios reparos a entrar en un gasto de esas dimensiones, y eso que calculaba que sería bastante menor al que terminó siendo. Al final el presidente y su ministro cedieron.

La obra se pudo haber hecho por menos dinero, sin demoler el cilindro y por fuera de Antel, que como empresa pública legalmente no puede hacer emprendimientos fuera de su rubro. En definitiva, se añadía un elemento más a una zona a la que se le pretende dar un fuerte impulso y ello se ve en las varias obras públicas y privadas realizadas allí en los últimos años: el nuevo centro comercial frente al monumento a Luis Batlle Berres y las dos altas torres de apartamentos que atrajeron población nueva a la zona, el flamante hospital del Banco de Seguros, que se sumó al ya existente Hospital Policial, el traslado de la sede de la Jefatura de Policía, las modernísimas instalaciones de la empresa Cutcsa y, por supuesto, el Antel Arena que debió sumarse al Cilindro, no en lugar de él.

Lo del “abrazo” realizado esta semana, vino a cuento porque en ese mismo momento en el Senado se estaba haciendo una peculiar interpelación al ministro de Industria, Omar Paganini, que junto con el presidente de Antel, Gabriel Gurméndez, informaron sobre como fue el proceso de construcción del Antel Arena, sus enormes sobrecostos, las irregularidades que se fueron sumando unas a otras y el largo tiempo que se necesitará para algún día recuperar esa inversión.

La interpelación fue “peculiar” porque fue llamada por el senador Jorge Gandini, oficialista del Partido Nacional, a un ministro de su propio gobierno no para cuestionarlo sino para hacer públicos los resultados de la auditoría pedida por las actuales autoridades de Antel, que investigaron en forma minuciosa las cuestionables decisiones tomadas por anteriores directorios respecto a las obras.

Más que una interpelación en el sentido tradicional de la palabra (de esas que pueden incluso terminar en un voto de censura), esta fue un llamado para ofrecerle al gobierno la posibilidad de exhibir en una fuerte caja de resonancia, los resultados de esa investigación.

Repercusión tuvo, sin duda, pese a lo cual el mecanismo resultó un poco chirriante, como si se tratara de algo fuera de lugar que se podía haber manejado de otra manera.

La oposición optó por no entrar a la sesión como señal de protesta, según dijeron. Quizás eso haya sido una excusa y en realidad no querían enfrentar la situación de tener que dar explicaciones que carecían a cada uno de los hallazgos denunciados. Por más que el Frente Amplio insista en defender lo realizado, los hechos y las cifras son demasiado contundentes.

Más allá de que cada uno es libre de manifestarse como quiere, este acto de “abrazar” el edificio tuvo mucho de desconcertante.

En primer lugar, porque el Antel Arena no se va ir de donde está. Lo abrazan como para evitar que alguien se lo lleve. Pero no ocurrirá, por lo tanto ese gesto no hará diferencia alguna.

En segundo lugar, porque por una cuestión de pudor parece poco apropiado organizar algo por un edificio cuya construcción sigue siendo duramente cuestionada a causa de la suma de graves irregularidades cometidas. Lo sabio, lo decente, hubiera sido guardar bajo perfil ya que ese abrazo termina siendo un abrazo a cosas que no se debieron hacer y de las que eventualmente nadie querrá ser cómplice.

En tercer lugar, porque no importa cuantas irregularidades se cometieron, ni tampoco importa quien lo hizo, el Antel Arena no es propiedad de quienes lo abrazan. No hay un “es nuestro” que valga más respecto a un “ellos” ajeno. Es un edificio que se levantó con plata del Estado (o sea con lo cobrado por tarifas e impuestos a toda la población y no solo a algunos) y seguirá siendo del Estado hasta que… esperemos que no sea hasta que venga alguien y lo demuela como ocurrió con el Cilindro.

Por supuesto que cualquiera es libre de abrazar el edificio que quiera. Ese no es el problema. La cuestión, sin embargo, radica en que el gesto, por todas las razones ya mencionadas, puede resultar ridículo.

Los que no quedan bien parados son los que hacen ese gesto, aunque crean lo contrario.

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