SEBASTIÁN DA SILVA
Parecía que solo en Estados Unidos pasaban ciertas atrocidades. Nos sorprendíamos cuando el hijo de un inmigrante mataba a balazos a sus compañeros en la Universidad, o con el documental "Bowling for Columbine" de Michael Moore o las disparatadas y macabras historias de violencia que en ese país del Norte donde rige la libertad de prensa.
Las explicaciones siempre son las mismas, gente presionada por el sistema, que se siente excluida del mismo aunque llegue a fin de mes, tenga auto con aire acondicionado, plasma y championes Nike. La marginación en aquella parte del planeta no pasa por el hambre o la pobreza sino por la adaptación a un sistema de vida muy distinto al que lleva en su orígenes, sea de Moldavia, Costa de Marfil, Nicaragua o Uruguay, que les permite a la gente usufructuar algunas excelentes posibilidades laborales o económicas pero siempre con la condición de inmigrante.
Mientras tanto en nuestro país, el equipo económico brilla al ofrecer las ultimas cifras de crecimiento de dos dígitos, el oficialismo se bate el parche anunciando un nivel de desempleo del 7.6%, los voceros del gobierno, Power Point en mano, no paran de jactarse de los datos de las exportaciones, pese a que en los últimos tiempos no son la noticia principal de los noticieros televisivos. Las portadas informativas hablan ahora permanentemente de un nuevo episodio criminal, cada día un poco más macabro.
Violaciones, abusos infantiles, asesinatos indescriptibles, copamientos, pasta base, madres llorando, intentos de linchamiento, golpeados, crímenes pasionales, una mujer muerta cada once días por violencia doméstica, etc. etc.
Nunca se ha visto una escalada de esta naturaleza, nunca en mis treinta y seis años de existencia he visto noticias como las sumadas en este año 2008, lo que seguramente será comprobado si se lo preguntamos a las caras visibles de los informativos centrales.
Lamentablemente, los uruguayos nos hemos acostumbrado a vivir entre el saqueo.
Todo el que lea este artículo, o un familiar directo, ha sido víctima de un episodio de violencia en los últimos 18 meses, y términos como "rastrillo", "boca", o "peaje" ya están incorporados a nuestro cotidiano y diario vivir.
Probablemente escucharemos sesudas explicaciones multicausales que nos explicarán todo este deterioro, y tendrán razón, y todo seguirá igual. El gobierno no parece asumir su parte de la responsabilidad, se saca la culpa de la pobreza extrema salarizando la marginación, pretende cambiar los niveles educativos creando más de once órganos burocráticos en la nueva ley de educación y recurre a eufemismos indescifrables cuando quiere justificar la diferencia entre hacer las cosas bien y combatir la delincuencia.
Ni hay varita mágica, ni hay soluciones inmediatas, la tolerancia hacia episodios de violencia está instalada y la sufrimos todos, sin importar lo que ganemos a fin de mes. La sociedad cambió la condena, y en definitiva esto es lo más preocupante. El tema es mucho más profundo que la discusión de la baja de la inimputabilidad de los menores o los derechos humanos en las cárceles, se trata de reconstruir un activo nacional como fue la escala de valores que nos distinguió en el mundo entero como un país distinto. Ese es el desafío.