Thomas L. Friedman
Thomas L. Friedman

Pasan cosas

Ahora que tanto China como India acaban de anunciar grandes planes para reducir sus emisiones de carbono, el sonido que se oye es un crítico momento crítico.

Ahora que tanto China como India acaban de anunciar grandes planes para reducir sus emisiones de carbono, el sonido que se oye es un crítico momento crítico.

Al dirigirse a la reunión cumbre de Naciones Unidas sobre el clima en París en diciembre, la totalidad de las mayores economías industriales del mundo están tomando ahora con mayor seriedad el cambio climático. Esto incluye a Estados Unidos… con la excepción de algunos bobos que se postulan para convertirse en nuestro próximo presidente, lo cual no es un problema menor.

Cuando, en el debate presidencial del Partido Republicano a través de la cadena CNN, el moderador Jake Tapper leyó declaraciones del secretario de estado en tiempos de Ronald Reagan, George Shultz (quien conduce un automóvil eléctrico alimentado por paneles solares sobre el techo de su hogar) sobre la manera en que Reagan había exhortado a la industria a que abordara proactivamente el agotamiento del ozono, y sobre por qué Shultz cree que nosotros deberíamos ser justamente tan proactivos actualmente para lidiar con el cambio climático, él obtuvo las típicas respuestas de no sé nada.

El senador Marco Rubio dijo: “No vamos a destruir nuestra economía de la forma en que el gobierno de izquierda, bajo el que estamos ahora, quiere hacerlo”, al tiempo que el Gobernador Chris Christie opinó sobre Shultz: “Escuchen, todos cometen un error de cuando en cuando”.

Ciertamente los cometen, y no es Shultz, quien les ha estado diciendo sensata y valerosamente a los republicanos que lo conservador a hacer ahora es obtener algún seguro en contra del cambio climático, porque si realmente entra en marcha los resultados pudieran ser “catastróficos”. El huracán Sandy -con probabilidades de haber sido amplificado por aguas oceánicas más templadas- causó más de 36.000 millones de dólares en daños al propio estado de Christie, Nueva Jersey, en 2012.

Pero, vamos, “pasan cosas”.

Había una época en la que podíamos tolerar este tipo de pensamiento “tan tontos como queramos ser”. Sin embargo, ya terminó. Los siguientes ocho años serán cruciales para el clima mundial y los ecosistemas, y si se vota por un escéptico del clima para presidente, más vale que usted hable con sus hijos primero, porque tendrá que responderles más adelante.

Si tiene tiempo para leer un libro con respecto a este tema, recomiendo enormemente el nuevo “Mundo grande, pequeño planeta”, de Johan Rockstrom, el director del Centro de Resilencia de Estocolmo, y Mattias Klum, cuyas pasmosas fotografías de alteraciones en ecosistemas refuerzan la urgencia del momento.

Rockstrom empieza su argumento con un recordatorio de que durante la mayoría de los 4,500 millones de años de la historia de la Tierra, su clima no fue muy hospitalario para seres humanos, ya que oscilaba entre “lacerantes edades de hielo y exuberantes periodos de calor” que enfrascaron a la humanidad en estilos de vida seminómadas.

Solo ha sido en los últimos 10.000 años que hemos gozados de condiciones estables en el clima que permitieron el desarrollo de civilizaciones mediante la agricultura, que podía sostener poblados y ciudades. Este periodo, conocido como el Holoceno, fue “un equilibrio interglaciar casi milagrosamente estable y templado, el cual es el único estado del planeta que sabemos con certeza que puede sostener al mundo moderno como lo conocemos”. Esto finalmente nos dio “un estable equilibrio de bosques, sabanas, arrecifes de coral, pastizales, peces, mamíferos, bacterias, calidad del aire, cobertura de hielo, temperatura, disponibilidad de agua dulce y suelos productivos”.

Es “nuestro Edén”, agregó Rockstrom, y ahora “estamos amenazando con sacar a la Tierra de este punto perfecto”, empezando a mediados de los años 50 del siglo pasado, cuando la Revolución Industrial alcanzó a la mayoría del resto del mundo y se dispararon poblaciones y clases medias. Eso desató “la gran aceleración” del crecimiento industrial y agrícola, que ha puesto todos los ecosistemas de la Tierra bajo tensión. Los impactos ahora saltan a la vista: “cambio climático, contaminación química, contaminación del aire, degradación de la tierra y el agua… y la pérdida masiva de especies y hábitats”.

La buena noticia es que en este periodo, muchos más de los desposeídos del mundo han escapado de la pobreza. Se han unido a la fiesta. La mala noticia, dice Rockstrom, es que “el viejo partido” no puede seguir como lo hacía. La Tierra es muy buena para encontrar formas de adaptarse al estrés: océanos y bosques absorben el bióxido de carbono adicional; ecosistemas como el Amazonas se adaptan a la deforestación y siguen proporcionando lluvia y agua dulce; el Ártico se encoge pero no desaparece. Pero, con el tiempo, podemos agotar las capacidades adaptativas del planeta.

Justo ahora estamos sobre estas fronteras planetarias, argumenta Rockstrom, y si estos sistemas dan un giro de un estado estable a otro -si el Amazonas cae hasta convertirse en una sabana, si el Ártico pierde su cobertura de hielo y en vez de reflejar los rayos del sol empieza a absorberlos en el agua, si todos los glaciares se derriten y no pueden alimentar los ríos- la naturaleza estará bien, pero nosotros no lo estaremos.

“El planeta ha demostrado una impresionante capacidad para mantener su equilibrio, usando cada truco a su disposición para permanecer en el estado actual”, explica Rockstrom. Sin embargo, hay cada vez más señales de que pudiéramos haber llegado a un punto de saturación. Los bosques son los primeros en mostrar señales de que absorben menos carbono. Los océanos se están acidificando rápidamente conforme van absorbiendo más bióxido de carbono, dañando peces y coral. Las temperaturas mundiales siguen aumentando.

Esto es lo que recibirá al próximo presidente: un planeta resistente y adaptable que alguna vez pudo absorber nuestros excesos al parecer sin costo alguno para nosotros, resbalando repentinamente a un planeta saturado, enviando nosotros “facturas diarias” que irán creciendo cada año. Cuando la naturaleza va en tu contra, cuidado.

“Por primera vez, tenemos que ser astutos”, dice Rockstrom, “y alzarnos a una crisis antes de que ocurra”, antes de que crucemos los puntos críticos de la naturaleza. Después será demasiado tarde. Elegimos a un presidente que hace caso omiso de esta ciencia a nuestro propio riesgo.

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