Sergio Abreu
Sergio Abreu

La vieja trenza y Paysandú

La toma de Paysandú y el fusilamiento de Leandro Gómez no fue un trágico hecho aislado; integró un proceso histórico pensado y concretado por los intereses porteños y brasileños.

La toma de Paysandú y el fusilamiento de Leandro Gómez no fue un trágico hecho aislado; integró un proceso histórico pensado y concretado por los intereses porteños y brasileños.

La identidad de las naciones enfrentadas, luego en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay se forjó bajo circunstancias, que además de ser traumáticas, dejaron huella en la región de igual forma que las vivencias personales lo hacen en las personas. Los objetivos del Imperio reflejaban la continuidad del pensamiento del Vizconde de Río Branco planteado en 1857, a partir de su decisión de involucrarse a fondo en los asuntos del Plata sin chocar con Buenos Aires. La base de su estrategia residía en revitalizar una alianza bilateral que ya había dado sus frutos con la derrota de Artigas y su proyecto confederado.

La victoria liberal en Brasil en 1863, llevó a Zacarías de Gois el mas conservador de ellos al frente del Gabinete de Pedro II. Zacarías fue en realidad, la pieza que faltaba en el engranaje de guerra que estaba armando Buenos Aires, y como lo definiera Caldeyra “era el hombre de los sueños de Mitre”. De todas maneras la Alianza ya estaba sellada desde el acuerdo de Puntas de Rosario, y como lo expresara Paranhos en el senado brasileño las dificultades de las relaciones con Paraguay “sólo se cortarían con la espada”. La posición fue resumida en la frase catoniana del senador de Mato Grosso Joao de Almeida “Delendus est Paraguayus” (Paraguay debe ser destruido).

Mitre, luego de asegurar la amistad brasileña se dedicó a encarar tres problemas que jugaban entrelazados: la visión del gobierno oriental que Berro y Herrera representaban, la ambigüedad de Urquiza sobre sus definiciones políticas, y como dijera Efrain Cardozo “el creciente poderío del Paraguay que, en cualquier momento, podía levantar la bandera que Urquiza dejó caer en Pavón”.

La Paz no era querida por Mitre, ni por Flores, ni por el nuevo gobierno brasileño, y menos aún por la FFAA del Imperio que necesitaba vengar su derrota en la batalla de Ituzaingó de 1827. Por tanto, el derrocamiento del Gobierno Oriental, era el paso previo a la guerra contra Paraguay, ya que, ambos vecinos debían contar, primero en el Uruguay (ese “país secundario”), con un gobierno aliado. Así lo confesó Paranhos en frase que recogió Eduardo Acevedo: “hicimos caer al Gobierno de Montevideo para elevar a otro que fuese dócil a nuestros deseos de alianza”.

En realidad, se trataba de instalar en el joven Estado independiente oriental un gobierno en sintonía con los designios de sus grandes vecinos, para evitar que esos “bárbaros” pudieran aliarse con el Paraguay desafiando la civilizadora visión de los Alsina, las Mitre y los Sarmiento.

Como lo recogió el gran historiador brasileño Joaquín Nabuco, “al ultimátum del Imperio al gobierno de Berro siguen como sucesos capitales las represalias, la unión de Tamandaré y Menna Barreto con las tropas de Venancio Flores, el bombardeo, asalto y toma de Paysandú, y el bloqueo y asedio de Montevideo que termina con su capitulación. Y como conclusión agrega: “de la guerra del Uruguay surge la de Paraguay, y de ésta la Triple Alianza” .

El propio Paranhos, en Julio de 1864, reconoció en el Senado brasileño que Argentina estaba destinada a representar con el Imperio un papel importante en el Río de la Plata, enfatizando su convicción que las buenas relaciones entre los dos países eran necesarias “no sólo en relación con las circunstancias actuales del Uruguay, sino también teniendo en vista los intereses del Imperio y sus vecinos”.

Esa bilateralidad expuesta claramente en la caída de Paysandú y extendida luego en el campo de batalla en la guerra de la Triple Alianza, con el concurso del ahora dócil gobierno de Flores, redujo al Paraguay a su mínima expresión territorial, económica y social y achicó debidamente al Uruguay reviviendo los Tratados de 1851 que fueran quemados en la Plaza Pública para defender la dignidad del entonces resistente gobierno oriental.

Más allá del “Estado tapón” que los ingleses veían como el mejor instrumento para preservar el equilibrio de Poder, la definición geográfica del Uruguay y el Paraguay fue impuesta por los intereses imperiales y argentinos. Esa alianza cortó definitivamente el cordón umbilical del Proyecto Artiguista e impuso el cepo de una renovada trenza bilateral que se encargaría de mantener gobiernos dóciles en esos “países secundarios”, para asegurar, entre otras cosas, la libre navegación de los ríos y la hegemonía del Puerto de Buenos Aires.

Mitre sólo pudo consolidar su estrategia alineando a Urquiza con los intereses porteños. Para ello se utilizó la “diplomacia del patacón” a través al Barón de Mauá que luego de su visita a Urquiza pudo escribir a Mitre que estaba en condiciones de asegurar “la paz en la República Argentina”. En otras palabras, la mano financiera del Imperio neutralizó al caudillo federal, que terminó sus días pocos años después asesinado en su Palacio acusado de traidor a la causa Federal.

En esta curso histórico, Leandro Gómez quedó como símbolo de la dignidad y del heroísmo. Y luego de 150 años de su sacrificio, su resistencia nos advierte sobre la modernidad de una vieja trenza que se renueva con iguales desafíos. Que tiene otros actores y distinto escenario, pero que basta entenderla releyendo lo que expresaba la prensa de Mitre ante el fusilamiento del héroe en manos de Goyo Suárez y Francisco Belén: “la gran cuestión no es saber si Leandro Gómez le tiene miedo a las balas; es saber que conviene a la libertad y a la civilización.”

En palabras de Methol Ferré “con Mitre y Sarmiento y el martirio de los caudillos provinciales se consolidó la obra en la guerra de la Triple Alianza. La balcanización total estuvo cumplida. Su gran adversario de dimensión nacional había sido destruido desde sus raíces con el apoyo anglo portugués. Lo que siguió no fue más que la lógica de la gran frustración Artiguista”.

Mitre, Sarmiento, Urquiza, Tamandaré y Pedro II forjaron su realidad y la impusieron. Y como tenían la fuerza impusieron sus puntos de vista.
No era nada nuevo en aquel entonces. Ni lo es ahora. 

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