Sergio Abreu
Sergio Abreu

¡Vade retro Frankenstein!

Frankenstein, el personaje de Mary Shelley revivió en el escenario político global. España e Italia y otros países se enfrentan a serias crisis surgidas de la mezcla política de fuerzas, propia de la imaginación creativa de la novelista. 

En otros tiempos, se podría hablar de coyunturas, pero, actualmente, los sucesos llegan hasta el punto de plantear dudas existenciales sobre valores esenciales de la institucionalidad.

Por un lado, Sergio Mattarella, Presidente de Italia, un antiguo demócrata-cristiano (cuyo hermano fuera asesinado por la mafia), se opuso a la formación de un gobierno xenófobo y populista surgido de la mayoría alcanzada por un extraño acuerdo entre la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas. Mattarella, en el marco de sus competencias, vetó a Paulo Savona de 81 años designado por esa coalición que integra el rehabilitado “il Cavalieri” y encargó la tarea a Carlos Cortarelli; este, un exdirector del FMI emitió su primer mensaje hacia los mercados europeos asegurando que el futuro Ejecutivo hará “una gestión prudente” de los fondos públicos, luego de su implacable crítica al programa de gobierno acordado por la Liga y el M5S.

Por otro lado, el socialista Pedro Sánchez que cuenta con el menor apoyo parlamentario en la historia de la democracia española, asumió la Presidencia del Gobierno, luego de la censura de Rajoy y del colapso por corrupción sufrido por el Partido Popular. Para obtener el respaldo legislativo cuenta con Podemos, los independentistas catalanes, el PNV vasco y el EH Bildu independentista vasco. Un menudo problema se plantea a estas fuerzas a la hora de asumir la conducción del gobierno y de abandonar la cómoda postura de la oposición; más todavía cuando Sánchez deberá gobernar con los últimos presupuestos del gobierno de Rajoy que no contaron con el voto del PSOE.

La primera imagen que los medios de prensa recogieron fue precisamente la de Frankenstein a la luz de la disolución de los partidos más fuertes de España e Italia y de la formación de alianzas políticas carentes de consistencia programática y de pensamiento homogéneo. No es algo nuevo en la Europa democrática y hasta el propio Macron y Ángela Merkel apoyan a Mattarella al ser Italia la tercera economía del bloque, mientras el Reino Unido continúa negociando su separación definitiva de la Unión Europea. El bloque se estremece al sumarse las medidas tomadas por el inefable presidente Trump, que trata a su aliado occidental como un enemigo comercial.

Frankenstein se globaliza; en el Asia el extraño monstruo tiene genuinos representantes en las figuras de Kim Jong-un en Corea del Norte o Rodrigo Duterte en Filipinas; aunque poco distante se muestra la coalición entre el zarismo posmoderno del presidente Putin, el carnicero presidente de Siria Bashar al-Assad y el teocrático gobierno iraní.

Sin agotar la casuística muchos gobiernos de Latinoamérica tampoco se quedan atrás. Los Frankenstein caribeños matan y torturan a cientos de jóvenes que cometen el pecado de protestar. El repugnante violador de su hijastra menor, el Sr. Ortega, parece salido del mismo laboratorio que el Sr. Maduro y el castrismo sexagenario, regímenes que solo pueden exhibir como principales resultados de sus dictaduras el despotismo y la pobreza; eso sin entrar en detalles sobre el narcotráfico, negocio digno del propio Frankenstein producto de acuerdos cruzados entre guerrillas, Fuerzas Armadas y gobiernos, fogoneados por la demanda de drogas del mercado norteamericano.

Por esas y otras razones, también importa prevenirse respecto de los Frankenstein modernos que deambulan en nuestro sufrido Cono Sur. Ninguna cruza parece extraña desde que las crisis no solo son económicas, sino éticas e institucionales y cualquier acuerdo es válido para llegar al poder. De la mano del tango “Las cuarenta” el Frankenstein político parece advertir “que no has de extrañarte si, alguna noche, borracho, me vieras pasar del brazo con quien no debo pasar”.

El Estado de Derecho tiende a debilitarse, mientras las Instituciones crujen cuando las fundadas reacciones populares se expresan sin tener en cuenta que las victorias electorales no alcanzan para rectificar el rumbo. Un gobierno es algo más complejo y no es Frankenstein la expresión política que asegura la gobernabilidad, porque esta se defiende mostrando resultados en el bienestar de la gente, transparencia en la gestión de recursos ajenos y vocación pluralista.

Es bueno insistir en que ganar una elección es más fácil que gobernar. Hoy en día la ineficiencia y la corrupción son manchas de humedad que amenazan con demoler las paredes de la institucionalidad. Lo vemos en múltiples ejemplos en todos los continentes cuando, en realidad, el desafío ético es tener instituciones creíbles empezando por los partidos y siguiendo por la conducta de todos sus dirigentes.

La honradez no es una virtud sino el atributo natural de todos los que tienen responsabilidades públicas y privadas; es lo mínimo que debe exigir toda sociedad de sus gobernantes, y eso se llama lealtad, no la que interpretan a su antojo gobernantes procesados por delitos graves fuera y dentro del Uruguay.

En consecuencia, la función pública en una República exhibe como palenque del medio al Derecho y a la institucionalidad; ellos son el freno de los autoritarios y el lazarillo de los anarquistas, precisamente, ese valor proclamado como secundario por el expresidente Mujica y apoyado tácitamente por toda su fuerza política.

Lo central es entender que el Estado es la sede “del poder de coerción” y el problema no es el Estado en teoría sino en concreto: es decir de qué forma cumple sus funciones y actúa como el recinto sagrado donde no se apaga la llama de la libertad.

Toda política de Estado exige un esfuerzo por alcanzar la estabilidad macroeconómica, la apertura comercial, la desregulación burocrática y la reinserción del país en los mercados globales; más importante todavía en lo social, porque el sentido común reclama resultados medibles en el marco de políticas de mediano plazo. Ni la seguridad, ni la salud ni la educación son hijas de una ley o una medida aislada, mucho menos el refugio de corporativismos del signo que fueran.

Por tanto, la gobernabilidad no es dogmática; es la señal que un gobierno debe dar a la sociedad para asegurar que la racionalidad se imponga a los facilongos sentimientos de los “ismos”, entre ellos, los populismos clientelistas y los proteccionismos ineficientes. Un país moderno no es de derecha ni de izquierda, es el refugio del Estado de Derecho y la trinchera de lucha de gobernantes “derechos”, “uséase” ¡¡¡honestos!!!, el lugar donde la gente de gobierno que cumple con lo suyo, no tiene motivos para dejar, dijera el Caudillo, ninguna prenda del apero en el camino.

Por todo eso y más... en Europa, en América y donde fuere... ¡¡¡Vade retro Frankenstein!!!

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