Sergio Abreu
Sergio Abreu

El Uruguay hace la diferencia

La región nos expone a dos realidades; una que destruye la idea de una América Latina como región homogénea; y otra que muestra una crisis de la democracia liberal debida a la desigualdad social existente en el continente.

Asistimos a un nuevo escenario. La superada guerra fría fue sustituida por guerritas calientes que cuestionan la legitimidad de las democracias rompiendo el equilibrio de estas con la República. México y Centro América exhiben aspectos históricos que sociológicamente no pueden desconocerse. La migración hacia los EE.UU. mantiene un conflicto permanente con sus gobiernos agravado por el narco tráfico y el crimen organizado. Mientras tanto, los países del Caribe participan de una mezcla étnica y religiosa que incluye al Estado fallido de Haití. La ideología se suma a los conflictos que Cuba y Venezuela fogonean a pesar del fracaso de sus experiencias socialistas. Por otra parte, los estados andinos, salvo Bolivia, comparten en sus territorios montañas, selvas, áreas bajas y costas marítimas, por lo que, la geografía asociada a las diferencias étnicas hacen de la cohesión social un objetivo difícilmente alcanzable. El progreso de la tecnología afectó el mercado laboral y los perjudicados se levantaron violentamente también en Chile, hasta hace poco, una referencia institucional. Las movilizaciones se ajustan a cada sociedad. Y si bien son diferentes, se organizan a través de las redes sociales. A vía de ejemplo, Argentina y Brasil, actores de una vieja trenza histórica, tienen convulsiones políticas de distinto sello. Por un lado, el cono bonaerense con el puerto de Buenos Aires convive con un sistema federal todavía imperfecto. La crisis económica y el aumento de la urbanización de la pobreza y la marginalidad potenció un populismo que se intenta revivir, ahora con menguados recursos. El talante argentino siempre mostró poca aptitud para asumir la representación política como eje de la democracia. Hasta la lucha de clases, fue sustituida por la lucha de Plazas; en otras palabras, la democracia argentina se desplazó hacia una sociedad que reclama una participación sin reglas en lugar de una representación con reglas. Como consecuencia, los gobiernos manejan aceitados mecanismos clientelistas para hacer transferencias entre sectores productivos en vez de proyectar un programa de desarrollo en el mediano plazo. Como resultado, la sociedad se ha dividido en bandos incapaces de crear consensos mínimos en reformas de fondo que rescaten la igualdad de oportunidades como punto de partida. En su lugar, gobernantes “refundadores” ejercen liderazgos vacíos de instituciones y carentes de la esencia republicana.

Por otro lado el Brasil, que abolió la esclavitud recién en 1889, alcanzó un sincretismo racial con una mejor convivencia. Su democracia exhibe el modelo de separación de poderes pero la estructura de gobierno descansa en las FFAA, (con 80% de popularidad), la diplomacia de Itamaraty y las corporaciones empresariales , en especial la Federación de Industrias de San Pablo. Los partidos políticos se crean y desaparecen, de tal forma que hasta los gobiernos del PT terminaron cuando la reacción proveniente de la Justicia, la caída de Dilma y la prisión de Lula.

Como conclusión, en este contexto regional los intereses sectoriales se empinaron por encima de los partidos políticos, columnas de la democracia representativa. La lógica de la confrontación se instaló y sucesivos presidentes tuvieron serios fracasos macroeconómicos e incurrieron en una corrupción institucionalizada; los políticos perdieron credibilidad popular y la legitimidad del sistema democrático se empezó a cuestionar, contando con el apoyo revolucionario de los frustrados gobiernos populistas.

A todo esto, la respuesta es básicamente económica. El cambio más importante que encara el Brasil es su apertura comercial luego de abandonar su viejo modelo proteccionista de sustitución de importaciones. Las reformas estructurales se aprueban y su economía crece más allá del pobre promedio del 0.5 por ciento de la región. Este proceso rescatará la imagen del sistema político, tanto que en 200 millones de habitantes las experiencias desestabilizadoras no han encontrado un campo fértil.

Por eso es importante resaltar que el Uruguay hace la diferencia a pesar de la división que se trató de construir desde el Frente Amplio anteponiendo izquierda o derecha y progresistas o conservadores. La respuesta fue el surgimiento de una coalición de Partidos que sin perder su identidad apostaron a un liderazgo distinto. El Presidente electo es el resultado de un generoso compromiso entre esos Partidos que apuestan a un nuevo estilo de conducir al país. El nuevo gobierno percibe la libertad como instrumento contra la desigualdad social y privilegia el interés nacional sobre los intereses sectoriales. A partir de allí se podrá enfrentar la desconfianza de la opinión pública. No es poca cosa, porque el Uruguay no puede enfrentarse a situaciones de violencia que fragilicen el sistema. Tendrá que demostrar que la alternancia en el poder es la que justifica la legitimidad de todos los derechos humanos. Si así no fuere, todos sabemos la respuesta que despiertan los extremos. Nadie quiere volver a vivir esa historia.

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