Sergio Abreu
Sergio Abreu

Traje y pingo

Esta columna trata de temas políticos, de recuerdos históricos y de circunstancias relacionados con la vida en todas sus facetas. Al fin de cuentas es la mejor forma de compartir experiencias y sueños, dos de los principales privilegios de la naturaleza humana.

La vida es un traje de confección; desgraciados los que lo quieren de “medida”. En todo caso, debemos esforzarnos por lucir ese traje con elegancia, expuestos a un descosido, al desgaste y hasta a la pérdida de un botón, pero manteniendo la dignidad.

Esa sobria elegancia la tenemos que preservar en todas las etapas de la vida; en especial, para vivir y dejar de existir, porque en definitiva, el único viaje seguro y el de mayor incertidumbre es el que termina en esa estación que no anticipamos.

Mi padre, cercano a su partida, fue consultado por su médico sobre si quería seguir viviendo en esas condiciones; en todo caso dependía de un enchufe que lo mantenía vivo aunque lúcido. Descontaba su respuesta, pero era su decisión. El médico demoró 30 segundos en abandonar la habitación. Con voz entrecortada me confesó: “tu viejo me respondió: ¿cómo?, para eso vine…”

En sus 90 años, quería vivir y soñar vistiendo su último traje de confección. A los 17 años había combatido una guerra en la que sobrevivió por milagro. Encontró luego en el Uruguay la paz, la Universidad en la que estudió sin pensar en las armas, el amor que lo llevó a formar un hogar trabajando a la par de su esposa y donde tuvo sus hijos.

Insistía una y otra vez: el rol de los padres es enseñar a sus hijos a estribar; “ahora, si el pingo los tira será su problema; esa es la vida, no hay que cansarse de estribar y subir al caballo una y otra vez, y si no pueden montar no lo culpen; él hace lo suyo, solo triunfan los que tienen pienso y voluntad para terminar entendiéndose con él”.

Esto viene a mi mente en cada encrucijada que nos pone la vida. Pero sobre todo en la política, esa humana masa de barro que tenemos que manipular con la vana ilusión de no ensuciarnos las manos. No me refiero a la corrupción, que por supuesto existe, sino a la sabiduría de dar forma a ese barro en beneficio de la sociedad.

Todo gobierno se enfrenta a reclamos de intereses sectoriales y particulares, la mayoría de ellos justos pero insuficientes, porque todos sumados no definen el interés nacional, el único permanente. El Poder Ejecutivo es responsable de fijar prioridades, recortar concesiones y administrar recursos escasos para satisfacer necesidades ilimitadas. Por otra parte, gobiernos y modelos son condicionados con intensidad diferente por crisis económicas, morales, institucionales y actualmente una sanitaria, debido a una pandemia que obliga a los pueblos a vestir un inesperado traje de confección.

Esa es la vida, la de una persona, una familia y la de una comunidad. Un desafío cotidiano que unifica varias generaciones para responder a problemas que nos exponen a la dura tarea de dominar ese pingo nunca tan arisco y corcoveador como ahora, y de vencer el cómodo escapismo de adjudicarle a la fuerza del animal lo que depende de nuestra debilidad.

Los años que vendrán no serán fáciles, la economía durante un tiempo sufrirá recesión y pérdida de empleo, más los conflictos políticos propios de la democracia. De todas formas, el gobierno debe apuntar al bienestar de la gente, a atender sus reclamos por mayor seguridad, menos tributos, mejor atención de salud y sobre todo una educación que permita que los más postergados puedan estribar y evitar que el pingo los despida.

El gobierno lleva cien días y tendrá que enfrentar también el pesimismo que surge del escenario económico que se nos presenta. Las protestas sindicales y la oposición del Frente Amplio se valdrán de esas dificultades ignorando que vivimos un cambio de época, superada la utopía marxista de imponer un traje de medida despechada por la historia. Otro pingo con mañas diferentes.

Sin embargo, estas fuerzas no aceptan que se vive un “cambio de época”. Un mundo sin reglas, de guerras comerciales, de niveles de pobreza creciente y riquezas concentradas, de una revolución tecnológica apabullante y de un equilibrio ecológico en destrucción.

Todo eso necesita de acuerdos políticos basados en el derecho y la libertad, en nuestro caso de oportunidades para las 170.000 Pymes existentes en el país y de políticas sociales ajenas al clientelismo populista.

El Uruguay hace la diferencia en la región, goza de crédito internacional como lo demostró la demanda por los bonos que emitió para enfrentar la crisis. Para eso vivimos, para ser dueños de nuestra libertad, para ser solidarios y tomar decisiones regidas por la ética de la responsabilidad, para usar con elegancia el traje de confección y para montar el pingo evitando que nos derribe. No es poca cosa, pero lo más preocupante es saber si todo el sistema político lo entiende. Si fuera el caso, podríamos levantar la vista hacia el horizonte.

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