Sergio Abreu
Sergio Abreu

El tiro al pichón

El tiro al pichón no es un deporte olímpico, pero si lo fuera, el Uruguay en la arena política tendría varias medallas de oro ya que los tiradores eligen sus objetivos y disparan con envidiable precisión. Y aunque no se puede decir que es algo nuevo, en estos tiempos todo depende de que esa práctica no deje de lado las respuestas necesarias que la sociedad espera del sistema político.

El tiro al pichón no es un deporte olímpico, pero si lo fuera, el Uruguay en la arena política tendría varias medallas de oro ya que los tiradores eligen sus objetivos y disparan con envidiable precisión. Y aunque no se puede decir que es algo nuevo, en estos tiempos todo depende de que esa práctica no deje de lado las respuestas necesarias que la sociedad espera del sistema político.

Actualmente, ambos planos determinan que la insatisfacción popular se concentre en los partidos políticos con un resentimiento tal, que la credibilidad de los actores públicos está cada día más comprometida.

¿Qué nos pasa? se pregunta la mayoría de los ciudadanos que evoca épocas en que los enfrentamientos entre las distintas fuerzas políticas no apuntaban a eliminar personas o jerarcas, sino a plantear alternativas mejores. En su lugar se veían como opciones que abrían una puerta a la esperanza frente a los cambios que se venían produciendo.

Al contrario de eso, en el presente, lo que se escucha es: “Esto no tiene arreglo, los políticos son todos iguales”, mientras los que aciertan en sus precisos “tiros al pichón” no brindan la menor garantía para solucionar las situaciones que día a día se viven en la seguridad, la educación o la salud.

El escenario se agrava cuando la visión crítica se generaliza desde la ajenidad, porque sumado al descreimiento, cada día son menos los que deciden no participar o involucrarse directa o indirectamente en la actividad pública. Y eso responde a que, sin renegar de la democracia y sus virtudes, la mayoría no se siente representada ni por el gobierno ni por la oposición y menos aún por las corporaciones sindicales.

Un ejemplo basta. Se mata a un ciudadano que quiso enfrentarse a los rapiñeros, un hecho que se repite en todo el país y en todos los barrios cualquiera sea su condición, y a partir de allí la indignación y la impotencia despertaron reacciones populares divorciadas de las actitudes que los dirigentes políticos asumieron.

Ni siquiera la solicitud de renuncia del Ministro del Interior se ve como algo capaz de cambiar la situación. Y menos una instancia parlamentaria rodeada de cruzados “tiros al pichón” que le resta la importancia y repercusión que esta tuvo en otros tiempos. ¿Por qué? Porque la sociedad percibe a los dirigentes políticos preocupados exclusivamente en obtener réditos electorales tratando de dar en el blanco recíprocamente.

Tan es así, que en la pasada interpelación a la Ministra de Educación, el Partido Nacional no se comportó como bloque respaldando a la legisladora. Muchos salían y entraban en la Sala, con tanta movilidad que ella misma atribuyó esa dispersión al “carácter indisciplinado de los blancos” como si ese reconocimiento pudiera servir de excusa.

Todas estas señales nada bien le hacen al fortalecimiento de la democracia.

Un partido político no es la suma de voluntades aisladas por más valores y condiciones que estas tengan. Un partido es una Organización que requiere disciplina, unidad de dirección, capacidad de propuesta, y dirigentes generosos que posterguen sus proyectos personales a favor de un sentido de pertenencia partidaria. Solo eso y nada más que eso es capaz de hacer la diferencia.

Por un lado, el gobierno del Frente Amplio parece estar obstinado en perder una elección, aunque ese no sea su objetivo, pero por el otro, la oposición también hace lo posible por no ganarla.

La verdad es que protagonismos individuales pretenden sustituir la voz y la voluntad de las colectividades políticas, a tal punto, que se ha llegado a decir por importantes dirigentes que el Partido Nacional no está en condiciones de asumir el Gobierno, tanto por falta de equipo como de un pensamiento común.

¿Qué puede opinar un joven de esto? ¿Qué mensaje recibe la población cuando los posibles ganadores manifiestan su incapacidad de asumir tamaña responsabilidad? ¿Qué es más importante: obtener la mayoría dentro de Partido o que este llegue al poder? Y aún planteado así, ¿no es el mismo argumento que con malicia se esgrimió insistentemente antes del acto eleccionario que le dio la victoria Partido Nacional en 1989?

La brecha entre los actores políticos y la gente está planteada. Basta solo comprobar lo que sucede en casi todas las sociedades democráticas incluyendo al fenómeno Trump en los EE.UU. que surgió y sobrevive, contra todos los pronósticos, porque dice lo que millones de personas quieren escuchar en contra del sistema y de los políticos de los que intenta diferenciarse.

En el Uruguay no hay nada que asegure que esto no pase, ya que todavía los Partidos funcionan, con dificultades, pero sin perder su identidad.

Sin embargo vale la pena insistir en que el Partido Nacional no puede darse el lujo de enfrentarse a una fractura imperdonable en sus filas; menos aún cuando se tiene la posibilidad de alcanzar el Gobierno.

Pero afortunadamente ya se percibe que si un, o una, dirigente del primer nivel promueve la división o se proclama como la única opción descalificando a los compañeros que con él, o ella, compiten, será responsable de la derrota de un pueblo que crece aferrado a una esperanza.

El tiro al pichón hay que reservarlo para todos los que crean que son más que su histórica colectividad.

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