Sergio Abreu
Sergio Abreu

Sacudamos las raíces

La sociedad digital nos condiciona a vivir en el corto plazo olvidando lo que sucedió ayer y sin preocuparnos por lo que suceda mañana. En estos tiempos, relacionar pasado presente y futuro no es ni atractivo ni posible.

Podría decirse que el futuro ya no es más lo que era. La realidad nada tiene que ver con lo prometido, los incumplimientos se pierden por amnesia colectiva y desde el poder se manipulan personas, hechos y resultados. El grito de la tribuna siempre marea; hasta los recientes autoconvocados se sorprendieron de la respuesta que obtuvieron. ¡Pero cuidado porque muchos oportunistas se sumaron! Algunos periodistas ya predijeron el futuro, y los reclamos comenzaron a fracturarse porque el objetivo del gobierno es dividir a los que hablan de un solo Uruguay para desplazar el centro del planteo.

La pregunta surge sola: ¿Y cuál es el centro del planteo? ¿Es el gasto del Estado, el despilfarro, el clientelismo, la corrupción, el fracaso de las políticas públicas, la resistencia a ser evaluado, el hemipléjico ejercicio del poder con dos sombreros, tanto para la defensa de los derechos humanos como para insertarnos en el exterior?

No demos más vueltas; los problemas y las soluciones son de fondo. El Dr. Vázquez y el Sr. Mujica fracasaron en alcanzar los objetivos planteados, disponiendo inclusive de mayorías absolutas.

La "madre de todas las reformas" (Estado) y la Educación siguen allí y son el centro de los reclamos de toda la ciudadanía. La competitividad podrá tener una solución parcial y aceptable en el corto plazo; a eso apuntará el gobierno, pero si no se sacuden "las raíces de los árboles" como lo prometió el Dr. Vázquez en la campaña del 2004, no pasará de ser una calistenia democrática, tan saludable como inocua.

El 37% del PBI es el Estado. Los tributos castigan a los que más trabajan; las tarifas, una rapiña burocrática; el dólar, una plancha sostenida; el déficit fiscal, un indecente 3,5%; los números del BPS, un resentimiento ideológico contra las AFAP y las FF.AA.; la deuda externa es la mayor de la historia del país, y el desempleo está cerca del 8%. Mientras tanto, tenemos 70.000 funcionarios públicos más y cientos de cargos de particular confianza en toda la Administración pública sin distinciones. Sin embargo, los otrora "ejes del mal", el FMI, el BM y hasta la OCDE, son el respaldo del equipo económico en defensa de ese supuesto modelo de seriedad y disciplina macroeconómica. La opinión de la Banca Internacional es para el gobierno una sentencia inapelable, así que los responsables de desestabilizar al país son los productores de bienes y servicios del Uruguay.

El problema del Uruguay es el costo país y la pérdida de competitividad de TODO el aparato productivo, en particular del pequeño y mediano empresario. Esos ciudadanos temen que les copen sus casas, que los asalten en sus negocios, que los maten a ellos y a sus familias. Eso sufrimos todos los uruguayos sometidos al ojo del gran hermano que lo ve todo, multa a todos, pero no registra los ajustes de cuentas, ni las cajas de los bancos que explotan, y menos aún los gastos de los ejecutivos del Estado.

Todavía no se sabe lo que ha despilfarrado el "Estadito paralelo" a través de cerca de sesenta sociedades sin control del Tribunal de Cuentas, incluyendo ALUR, Ducsa y hasta el Antel Arena. Los que aman demasiado el poder no son libertarios ni tolerantes, ni son pocos. Para llegar y mantenerlo la fórmula es el doble discurso; así dividen los derechos entre compañeros y contrarios, alardean de su solidaridad y gastan sin tasa ni medida. Adoran ser generosos con el dinero ajeno, pregonan la igualdad social pero se consideran más iguales que los demás.

En realidad, estos gobiernos son pasaportes éticamente falsificados para que la economía y la sociedad uruguaya puedan viajar hacia el totalitarismo. Y como la que discrepa es la "derecha", lo primero que se intenta es descalificarla y dividirla, tarea más fácil, cuando el manejo del poder no tiene límite y la oposición muestra más fragilidades que fortalezas. Los socialistas, neosocialistas, populistas "y otras yerbas", son los que distribuyen beneficios destruyendo el sano circuito del costo-beneficio transformados en cómodos cautivos de una fracasada utopía.

La tarea es hacer del Estado un instrumento y no un fin en sí mismo; desarrollar sindicatos que defiendan los trabajadores sin tener al capital como enemigo. Para estos gobiernos, cuando el ciudadano toma la bandera nacional para exigir menos impuestos, mejores servicios y una digna rentabilidad en su trabajo, no es otra cosa que una derecha en busca de privilegios. La respuesta es dividir el movimiento con pocas y vistosas medidas a cuenta de renovadas promesas a incumplir; atraerlos al diálogo para quebrar su unidad pero sin asumir compromisos que ataquen los problemas de fondo. No habrá un futuro mejor para las nuevas generaciones si cedemos al miedo de decir nuestra verdad; si no enfrentamos los problemas asumiendo costos políticos; si no terminamos con los que prefieren abrazarse a una parcela de poder antes que asumir el riesgo de modernizar el país bajo el fuego graneado de los Castro y los Maduro.

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