Sergio Abreu
Sergio Abreu

Respuesta al “ya fuiste”

El fallecimiento de Alberto Zumarán nos convoca a reflexiones relacionadas con la figura del político, de esos hombres y mujeres que por definición dedican su vida al bien común, una misión que atañe a toda la sociedad.

Esa figuras, deciden y legislan entre intereses contrapuestos y pocas veces se les reconoce cuando invocan la prevalencia del interés nacional. Nunca falta alguien, con un dato aislado o erróneo, que los acuse de defender intereses espurios, les atribuya vidas paralelas, vicios ocultos y una larvada deshonestidad sin prueba en contrario.

En nuestro país, muchas personas pretenden tener más derechos que los demás y opinan con aire doctoral recurriendo a lugares comunes que la mediocridad adopta como verdad revelada: por ejemplo, cuando afirman solemnemente que “todos son iguales” y agregan “bobadas” y tonterías que ganan espacio y credibilidad. A eso se suman otros tontos que miden la vida útil de una figura pública con la breve y sonora frase: “ya fuiste”. Una sentencia de muerte política, injusta y agraviante.

Está de moda la discriminación generacional. Todos los que se afilian a la equidad de trato en cuanta diferencia pueda existir, nada dicen sobre esa actitud paternalista que toma a la edad como mojón divisorio en la vida activa de las figuras públicas.

Esto nada tiene que ver con la renovación generacional que se exige en todos los ámbitos de una sociedad. Y si bien no es discutible, no consideran que en la vida pública existen aspectos que hacen la diferencia entre los que hacen lo que quieren y los que quieren lo que hacen. Y eso no se mide cronológicamente, en especial en tiempos en que la ideología desplaza al pensamiento y los que estudian en lugar de despertar interés aburren a muchos preocupados y ocupados en twittear y escribir en su muro de Facebook.

La vida pública se desarrolla en un escenario interdisciplinario con diferentes tipos antropológicos; en ella conviven la obsecuencia, la lealtad, la adulonería, la incapacidad, la venalidad y el auténtico sacrificio. Poco se repara en que las paredes de los hogares de las figuras públicas son transparentes y la privacidad es a lo primero que renuncian. Como contrapartida de la llamada “fama” y “popularidad”, los políticos son juzgados, acusados y caricaturizados desde la frialdad del anonimato facilitado hoy por las redes sociales. En ese terreno, progresa el rumor malévolo, la verdad tergiversada, la acusación infundada e insultos soeces que no respetan el dolor de familias y amigos. Eso se debe a que, aunque pocos, en nuestro Uruguay existen figuras despreciables, deshonestas y demagogas que transforman su promesa mentirosa en dolorosas frustraciones cívicas.

La política más que una pasión es una vocación de servicio. En un contexto democrático es un sustento clave para convivir con ideas diferentes entre partidos políticos, actores públicos, gobierno y oposición. Por eso el “ya fue” solo funciona entre los demagogos incurables, los “chorros”, los traidores sin códigos y los improvisados, para los que es aplicable la frase de un viejo político que repetía “que el que sube como un rayo, puede bajar como un trueno”. Para ellos la gloria es un momento de poder que hace de la carrera pública una aventura pasajera y rentable.

Sin embargo, los que hacen el recorrido sin perforaciones éticas o intelectuales saben que la política cobra un alto precio. El reconocimiento siempre llega tarde y poco consuela a los que sufren la ausencia del ser querido. Más triste todavía, es comprobar que aquellos que vivaron, prometieron lealtades eternas y gozaron de sus favores son los primeros en olvidarlos, no solo después de su muerte, sino antes, cuando como excusa central invocan el fatídico “ya fuiste”. Poco importa que otros levantarán la antorcha caída de las manos de los “que fueron”, quizás los mismos que no aceptaban que la portara con tanta hidalguía.

Las mujeres y los hombres que actúan en la política viven todo eso, lo aceptan y también lo sufren. Allí se encuentra parte de su grandeza y de su entrega. Es la contracara humana de los que entienden que esa vocación de servicio es una expresión de frivolidad y sensualidad de poder. Por supuesto que existen muchas excepciones que dan razón al desprecio por la función pública. Sin embargo, la verdad, la justicia y un admirable aporte humanista están en general en el otro extremo.

En ese extremo estaba Alberto Zumarán. Un político serio, estudioso, quizás uno de los ejemplos más notorios de lealtad política y personal. Un hombre público orgulloso de su familia y de sus convicciones. El “Panza” nunca fue reticente al llamado de su Partido y de su país, fue amigo de sus amigos, respetuoso y respetado por sus adversarios. Hasta el último momento nadie pudo atreverse a decirle “ya fuiste”. Músico y cristiano pero sobre todo un político ejemplar, ya está en la galería de los que rescatan esa vocación de servicio que hace a los orientales diferentes en integridad, capacidad y calidez humana.

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