Sergio Abreu
Sergio Abreu

El reino del tapujo

El diccionario define al tapujo como lo que disfraza u oscurece la verdad. El tapujo ha sido la forma de gobernar del Frente Amplio.

Esa izquierda tiene en común tres aspectos: separa los derechos humanos de los “izquierdos” humanos, compromete la estabilidad macroeconómica y organiza manifestaciones en las calles. A esto agrega su capacidad de inventar demonios de todos los gustos haciendo del tapujo el instrumento de sus medias verdades.

Es así que los derechos humanos rigen solo para sus camaradas y compañeros y las decenas de víctimas inocentes de los atentados, la bomba y los asaltos se ignoran. ¡A esos que los parta un rayo! Líber Arce tiene una calle y Pascasio Báez un ho-yo más de olvido que de tierra. Las cárceles del pueblo son un recuerdo periodístico y no una violación de esos derechos que se hacen valer para proteger e indemnizar a sus seguidores. Cuando se extraditó a los terroristas etarras murió una persona (lamentablemente). Sin embargo, se insiste en hablar de masacre sin recordar las armas llevadas al “Filtro” y que mediante otro tapujo, la multa impuesta a la radio fue cancelada por el terrorista Sendero Luminoso.

Lo que sucedió esta semana no es de extrañar. ¿Qué autoridad moral tienen los torturadores de ambos lados para hablar en nombre de los derechos humanos? La impunidad la invocan los dos, uno de ellos los principales dirigentes del FA. ¡Por favor!

Firmado el Pacto del Club Naval los tapujeros lograron lo suyo y como respuesta recibieron la mano extendida de Wilson. Y desde que asumió el FA aprovechando sus mayorías se tapujaron incontables situaciones. El escándalo de esta semana provino de otro tapujo más. El Frente y todos sus sectores estaban al tanto de todo, pero no previeron que la información se filtrara, entonces, decidieron respaldar al Presidente de la República por razones electorales y no por un compromiso institucional que nunca tuvieron.

La situación tiene su correlato en la política exterior. Los últimos gobiernos afectaron la imagen del Uruguay y su histórico apego a los principios del derecho internacional. A partir del 2010, se construyó un personaje, un “pobre” chacarero, que pasó de una moto a un fusca, que decía manejar un tractor, que tenía una perra de tres patas y que exportó su anarquismo, ecuménico sentimental exudando su impudor institucional. Lo saben todos los uruguayos que viajan. ¿A quién no le han dicho? ¡Ahh, pero ustedes tienen a Mujica! Cómo decirles que este maestro del tapujo desprecia las instituciones y la ley, que no debió ni debe ser referente de lo mejor del Uruguay, que vistió el uniforme militar chavista, que arregló con George Soros la aislada aventura de la legalización de la marihuana y que, entre otras “perlas”, por “unos cajones de naranjas” importó los presos que el Imperio mantenía en Guantánamo.

La defensa de las instituciones y la Constitución nos plantea que la opción es entre el tapujo y la transparencia. No hay democracia ni República si el oscurantismo reina entre los poderes del Estado y la reserva y el secreto no se ajustan a la ley. A diferencia de estos el tapujo ha sido el modelo de la acción de los gobiernos del Frente Amplio. A su amparo, a vía de ejemplo, quedaron sin registro decenas de millones de dólares manejados desde Venezuela, en valijas, cheques y negocios no aclarados que llevaron a la debacle de Ancap y a deudas todavía impagas a productores lecheros.

El tapujo en el populismo es contagioso. Basta recordar los juicios políticos a Lugo y a Rousseff. Mientras los tapujeros se rasgaron las vestiduras “denunciando” golpes parlamentarios de la “derecha”, intervinieron con total desparpajo en los asuntos internos de esos países. Se olvidaron de condenar la corrupción de los gobiernos del Brasil y de la Argentina y Venezuela.

Y si algo faltó, el Uruguay decidió navegar en soledad respaldando al Mussolini del Caribe con su narco dictadura y su terrorismo de estado. El gobierno sabe pero no lo dice, que el régimen de Maduro está dispuesto a negociar antes de caerse, pero el Uruguay decidió no hacer nada. Maduro tiene más partidarios en el Uruguay que en Venezuela. Por tanto, en el año electoral todos ellos no pueden exponerse a otro fracaso del socialismo en la región.

Por otra parte, el tapujo sobre la marcha de la economía es total. Digamos la verdad: el Uruguay entró en recesión, el déficit fiscal se disparó cerca del 5%, el desempleo es crítico, los tributos asfixian la competitividad y el “grado inversor” va camino a perderse. Ni hablemos de las jurásicas empresas públicas, utilizadas como plataforma electoral con el dinero del pueblo. ¿No llama la atención que dos candidatos del Frente Amplio fueron presidentes de Ancap y Antel y que nada se diga sobre los cientos de millones de dólares que despilfarraron? ¿No se denuncia ese tapujo que traslada el sobrecosto de las tarifas al clientelismo electoral?

En conclusión, en todos los ámbitos el enemigo es el “tapujo” y el gobierno que lo maneja. Es preferible ganar antes que el Frente Amplio pierda. En la apuesta a la transparencia va la credibilidad de las instituciones.

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