Sergio Abreu
Sergio Abreu

Presidente a cargo

En el debate entre los candidatos Lacalle y Martínez se abordaron varios temas incluyendo uno sobre el futuro. Lamentablemente, no se debatió sobre la política exterior y la inserción del Uruguay en el mundo, uno de los puntos de mayor fragilidad de los gobiernos frentistas.

Sin embargo, el Dr. Lacalle profundizó sobre ese punto dos días después al disertar en una Cámara empresarial. Este, entre otros temas, expuso su visión sobre la política exterior con realismo histórico y comprensión de la realidad. Basta mencionar que tuvo como punto de partida la siempre presente cita de Lord Palmerston : “los países no tienen amigos sino intereses permanentes y es a estos que debemos privilegiar”.

Su exposición clara y conceptual, encaró el histórico contexto que marcó nuestros orígenes y que definió la geología política tomando como centro los meridianos. Esa geografía de la cuenca platense en que los ríos dan sentido al rol de nuestro territorio como la bisagra del cono sur; viejo y nuevo escenario, hoy potenciado por el transporte multimodal, en especial por la navegación fluvial que hace de la Hidrovía Paraná-Paraguay y del puerto de Nueva Palmira un objetivo central a compartir con nuestros vecinos. Se sumó además el proyecto Urupabol (Uruguay, Paraguay y Bolivia) necesitado de un impulso político de la mano de propuestas elaboradas por la diplomacia y el sector empresarial. En otras palabras, un sacudón a la pasividad que nos ganó en los últimos años.

Un planteo moderno como el realizado por Lacalle incorporó el concepto de apertura comercial relacionado con mercado en el que actores como China y los EEUU libran una guerra comercial que repercute sobre sectores como el agrícola, base de nuestra economía exportadora. Eso sin ignorar la incertidumbre que muestra el Acuerdo Europa Mercosur a la luz de nuevos vientos políticos en la Argentina y en el viejo mundo.

Por otra parte, una clara interpretación del rol de las economías pequeñas reclamó por una política exterior basada en el derecho, el escudo de los débiles ante la prepotencia de los fuertes. La estrategia del Uruguay no quedaría atada a nombres y siglas grandilocuentes sino a decisiones destinadas a acceder a un mayor número de mercados utilizando las preferencias negociadas; de allí la mención a la competitividad como el factor clave y a la estabilidad macroeconómica como un gran problema derivado de un indecente déficit fiscal de un 5% del PBI. Los costos de producción asociados a tarifas altas y a tributos asfixiantes se identificaron como los elementos que han llevado al país a perder decenas de miles de puestos de trabajo y a la caída sostenida de la inversión. Una simple relación se planteó entre inversión, crecimiento y empleo. Sin la primera la torta no crecería y sin el segundo la pérdida de fuentes de trabajo aumentaría la brecha de la exclusión social. En ese escenario quedó expuesto que las medianas, pequeñas y micro empresas fueron las que sufrieron los mayores perjuicios.

También debe resaltarse que el análisis de la situación de la región no se resumió a quejas sobre las conductas de nuestros vecinos. Más allá de lo errático de sus políticas y del fuerte vínculo que el turismo tiene en nuestra balanza de pagos, el Dr. Lacalle se centro en que el Uruguay debería desarrollar una política de Estado con unidad de acción, profesionalidad de manejo y coherencia en los planteos. Un cambio radical que iría de una política de alineamiento ideológico a una estrategia activa en defensa de nuestros intereses. No faltó la referencia al ingreso y retiro del TISA por parte de dos gobiernos del Frente Amplio y en particular a la falta de protagonismo de nuestro país tanto en lo regional como en el ámbito multilateral. Abogó por un Mercosur más flexible acorde con las demandas del comercio internacional, advertido de las dificultades provenientes de las decisiones que los Estados vienen tomando fuera de las reglas del multilateralismo que el Uruguay consolidó a la finalización de la Ronda que llevó su nombre.

Otros tiempos alumbran. Y esos temas ajenos a los debates presidenciales adquieren relieve en casos como el comentado, en que un candidato plantea con naturalidad y firmeza lo que debe contener una política exterior. Nada más ni nada menos, que una definición estratégica moderna y compartida bajo la conducción de un Jefe de Estado, una personalidad de referencia dentro y fuera del país. A partir de allí toman sentido los equipos de gobierno, funcionales a una cadena de mando alejada de chacras e intereses sectoriales. El hacerse cargo como lo expresa el Dr. Lacalle es el complemento adecuado de la ambición personal. Ambas cualidades son buenas porque sin ellas no hay buenos gobiernos y la democracia se vacía de sueños y de credibilidad. Se dice en el campo: “no es pa’ todos la bota de potro” y es cierto; pero por lo menos sabemos que nuestro candidato está en condiciones de usarla junto a todas las fuerzas que quieren otra conducción, otro estilo y sobre todo otros resultados de los gobiernos.

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