Sergio Abreu
Sergio Abreu

Un mundo con reglas

La inteligencia y el arte de obtener información clave del enemigo es una de las profesiones más antiguas de la historia.

Los instrumentos han variado y los objetivos ya no sólo son políticos, sino que incluyen el acceso a sofisticada tecnología relacionada con factores de producción y la imposición de fundamentalismos religiosos que comprometen la seguridad internacional. Si a ello agregamos los recursos destinados al crimen organizado en especial, el narcotráfico, el escenario global esta signado por conflictos de toda naturaleza donde la violencia es el común denominador.

El terrorismo se extiende en todo el planeta mientras las guerras tradicionales de invasiones y enfrentamientos masivos han pasado a un segundo plano; en todas sus expresiones es uno de los principales enemigos de la humanidad y no existe punto del planeta que pueda sentirse seguro.

El 18 de julio de 1994 un atentado hizo explotar una bomba en el AMIA, la Asociación Mutual de la Comunidad Israelita en Buenos Aires. Esa misma tarde el Canciller de Israel Shimon Peres me comunicó que ese acto terrorista había sido cuidadosamente planificado por el entonces gobierno de Irán y que un alto funcionario diplomático de ese país destinado en el Uruguay estaba involucrado. Pasaron 25 años y el tema no ha sido aclarado en la Argentina, tanto que el Fiscal argentino Nisman que impulsó la investigación murió de un balazo en su apartamento, un día antes de concluir ante la Justicia que el propio gobierno había actuado de forma omisa en identificar a los autores del atentado. El suicidio u homicidio del Fiscal siguen siendo una incógnita. Una serie de Netflix en estos días aporta más dudas que certezas al exponer la participación de personajes de todos los niveles en el episodio. Un solo comentario se dispara. Es vergonzoso que no se haya sometido a la Justicia a los responsables y que el Fiscal que decidió descubrir la verdad tuviera ese trágico destino.

Lo más grave es que ese atentado, como el anterior a la Embajada de Israel en Buenos Aires, aparecieran como hechos aislados desvinculados de una estrategia de un gobierno extranjero. No es casualidad que varios actos terroristas fuera de Irán, incluidos algunos en nuestro Continente, vinculen al asesinado General iraní Qasem Soleimani por orden de Trump y que poco puede entenderse que nos hayamos prestado a la iniciativa del Presidente Obama para recibir a varios presos de la cárcel de Guantánamo.

En pocos años, el submundo de la inteligencia y el terror vino de la mano de las acciones del gobierno de los EE.UU. en Irak cuando la caída de Haddam Hussein de la Primavera Árabe y del proyecto terrorista en Medio Oriente en manos de Soleimani con el fin de terminar con el Estado de Israel y con su aliado Arabia Saudita. En ese contexto, los intereses económicos que disparan los recursos petroleros se asociaron a una carrera nuclear que muestra al Estado teocrático de Irán asociado estratégicamente con Rusia y Siria y Yemen con bases compartidas y armamento de última tecnología.

Más allá de los acuerdos de varios países aliados en enfrentar el avance del proclamado Califato Islámico, los últimos acontecimientos transcurren al margen de las normas internacionales vigentes. El gobierno de los EE.UU. al asesinar a Soleimani actuó nuevamente fuera de los requerimientos del Art. 151 de la Carta de la ONU referidos a la legítima defensa. De ahí que las respuestas se manejen entre amenazas, contradicciones y bombardeos y hasta el derribo de un avión ucraniano por un misil iraní y que las acciones entre las partes beligerantes adquieren repercusiones que se extienden hasta nuestro propio continente. Esto determina que las condenas a estos actos sean selectivas debido a que el sistema panamericano se ha polarizado y que poco tiene que ver con la defensa de los DD.HH. y mucho con los alineamientos que reclaman los EE.UU. y los que exhiben Irán, Rusia y China con los gobiernos de Cuba y Venezuela. Una hemiplejia moral se adueñó del pragmatismo y las normas que invocan unos y otros responden a intereses económicos e ideológicos en sustitución de la observancia de los Principios del Derecho Internacional.

El Uruguay y el nuevo gobierno deben volver a ser una referencia en defensa de la seguridad jurídica, no solo por convicción sino también por conveniencia. El mundo sin reglas en estos temas como en otros nos obligan a alejarnos de cómodos alineamientos y a mantener oxigenados a los organismos internacionales en especial el sistema interamericano. No se trata de personas sino de criterios. Vamos a ser respetados mucho más por el aporte que hagamos a la gobernabilidad regional y global que por respaldar posiciones institucionales dirigidas al margen de nuestra tradición diplomática. No ignoramos que el escenario internacional es complejo e impredecible pero nuestro compromiso histórico es ser tan firmes como coherentes. Privilegiar definiciones basadas en “acomodar el cuerpo” es renunciar a la esencia de nuestro pensamiento histórico. Lo que pueden ganar algunas personas lo pierde el Uruguay al renunciar a todo lo que hacía la diferencia en materia de alineamientos. A buen entendedor pocas palabras bastan.

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