Sergio Abreu
Sergio Abreu

Mujica y el dolor ciudadano

Los intelectuales son difíciles de encuadrar dentro de una categoría precisa. Lo mismo sucede con el académico que más allá de sus reconocimientos formales no termina de ajustarse a la idea que pueda tener el ciudadano común.

Los intelectuales son difíciles de encuadrar dentro de una categoría precisa. Lo mismo sucede con el académico que más allá de sus reconocimientos formales no termina de ajustarse a la idea que pueda tener el ciudadano común.

Tan es así que para describir esa dificultad un pensador de la Academia de Letras del Brasil describía, con humor ingenioso, que los académicos son inmortales por el simple hecho “de que no tienen dónde caerse muertos”.

Pero otra cosa diferente a la figura de un intelectual es, como decía Umberto Eco, la “función intelectual” que consiste en determinar críticamente una aproximación satisfactoria al concepto de verdad, desde que esta puede ser desarrollada por toda persona cualquiera sea su condición anteponiendo la reflexión al apasionamiento.

Lo expuesto vale al momento de analizar las expresiones que puedan verter en cualquier circunstancia un Presidente, un Jefe de Estado, un ministro, un legislador, un diplomático, entre tantos otros, ya que la función intelectual al ejercerse también es una elección moral.

Esta afirmación puede aparecer compleja pero se aclara fácilmente cuando nos enfrentamos a las declaraciones efectuadas en estos días por el actual Senador y ex Presidente de la República José Mujica al diario El Mundo de España.

Las expresiones de Mujica no pueden sustraerse a la repercusión que ya tienen sus tragicómicas “licencias poéticas” dentro y fuera del país. Necesitan un límite, a pesar de que adulones o ignorantes las festejen ayudando a diseñar un “personaje caricaturesco” desvinculado de las obligaciones que todo hombre público debe asumir frente a sus responsabilidades.

¿Cómo pueden reaccionar dos Estados vecinos de histórica relación con el Uruguay cuando quien fuera Presidente y lidera hoy la mayoría del actual gobierno de su “compañero”, el Dr. Tabaré Vázquez, los insulta definiéndolos como “repúblicas bananeras”? ¿Cómo puede aceptarse desde una institucionalidad con valores que el Sr. Mujica diga que los gobiernos argentino y brasileño son vecinos “que están cagando arriba de la mesa”, para después agregar: “la puta que los parió... ¡que desastre!”.

¿Qué puede decir Juan Carlos de Borbón “el Rey viejo” de España cuando Mujica lo califica de “bandido y calavera”, e interviene en los asuntos internos de ese país declarando su apoyo a Podemos, un partido político que pugna con otros por alcanzar el poder?

La conducta intelectual de Mujica es tan deprimente como perniciosa porque es una afrenta a su propio gobierno y a todo el pueblo uruguayo. Pero lo más grave es que lo hace con plena consciencia de su rol depredador de las Instituciones y del Derecho, los pilares que aseguran la vigencia de la libertad y la convivencia pacífica entre los Estados.

La ventaja de los años y el ser viejo responde a que se ha conocido y se han vivido cosas buenas y de las otras. Esto hace a la madurez y a la experiencia, las dos grandes escuelas que nos enseñan a respetar a los demás sin renunciar a nuestras discrepancias de ver la vida o la forma en que deben conducirse los gobiernos.

Mujica, en su anárquico pensamiento, se resiste a la idea de que la sociedad nos condiciona; es más, desconoce que los principios que rigen la convivencia nos ayudan a fortalecer mutuamente nuestra condición humana. Sus expresiones lo hacen más vulnerable (y lo sabe), aunque parece importarle poco la educación y el trato debido que van más allá de una aventura personal. En sus incalificables dichos compromete la imagen del Uruguay y el patrimonio de un pueblo que con su historia no concibe gobernantes que hagan gala de ese desprecio respecto de valores que hacen a la esencia de una sociedad tolerante.

La democracia que vivimos se ha construido a pesar de la soberbia de muchos (en especial del Movimiento de Liberación Nacional), que nos llevaron a vivir tiempos de violencia en que la verdad unilateral se quiso imponer por las armas pagando el triste precio por todos conocido.

A pesar de eso, el Sr. Mujica poco ha aprendido ya que su humanidad parece no tener forma, lenguaje y aún sentimientos que limiten su tendencia a faltarle el respeto a los demás. Ignora intencionalmente que lo que da razón a la convivencia de personas, pueblos y gobiernos es el esfuerzo por desarrollar lo mejor de nosotros, para que los demás también aporten el suyo para ser mejores.

Que no se tome esta opinión como un ataque personal. Es una reacción más teñida de dolor ciudadano que de indignación, porque cada uno de nosotros puede ser el mismo, siempre que reconozcamos que existen deberes y responsabilidades que son para todos, nos guste o no nos guste.

A partir de ese punto es natural que cada uno desarrolle su propia personalidad, pero de allí a erigirse en un “sabio de pacotilla” amparado en los años que Dios le ha concedido de vida, hay una gran distancia.

Que quede claro, ningún jerarca público tiene derecho a ejercer su libertad de expresión hipotecando la suerte del gobierno y el futuro de su país exponiéndolos a represalias que los pueden afectar seriamente como respuesta a sus dislates.

Decía Voltaire: “Quien no tiene las virtudes de su edad, tendrá que cargar solo con sus defectos”. Eso en lo que hace a una opción personal, pero cuando un gobernante se comporta de esta manera arrastra a toda una sociedad que no se siente representada por las “estupideces” que diga (como lo manifestara el Dr. Vázquez oportunamente) sin tomar en cuenta la mínima reflexión inherente a toda “unción intelectual”.

Los romanos, nos recuerda Savater, tenían un aforismo: corruptio optimi pessima, o sea que “cuando lo que se corrompe era bueno el resultado será peor que si solo hubiese sido malo”.

En conclusión, todo ciudadano -cualquiera sea su ideología- debe asumir el compromiso de fortalecer la democracia para que, mediante el voto, proceda a sustituir a los que destruyen las instituciones y comprometen los valores de una sociedad que tanto nos ha costado construir.

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