Sergio Abreu
Sergio Abreu

Mercosur progresista

El Presidente en su discurso de asunción del mando se pronunció a favor de un Mercosur fortalecido y flexible, menciones concretas sobre los aspectos más importantes relacionados con el futuro de esta integración que ha sufrido demasiado zozobras.

En primer lugar, el concepto de la fortaleza tiene que ver con la seguridad jurídica, el cumplimiento de las obligaciones por parte de los Estados miembro y con el compromiso de administrar intereses comunes y contrapuestos. A ello se agrega su relación con la existencia de un Tribunal de Solución de Controversias que como respuesta a la asimetría económica de los socios se erige como pieza clave en todo Tratado de Integración

Lo cierto es que el Mercosur luce actualmente como una entelequia; en otras palabras, una estructura institucional debilitada que comprometió los resultados esperados y su credibilidad. A la parcial internalización de las normas adoptadas por los países se sumó el incumplimiento de laudos arbitrales y sobre todo una ideologización del proyecto que al enfrentar a los gobiernos hipotecó el pensamiento estratégico del mediano plazo.

En segundo lugar, la idea de la flexibilidad que mencionó el Presidente se refiere a la necesidad de actualizar el funcionamiento del bloque y dinamizar los acuerdos con terceros países. El postulado de “más y mejor Mercosur” al que apostó el presidente Vázquez no pasó de su enunciación.

El Tratado de Asunción fue firmado hace veinticinco años, en tiempos en que el comercio de bienes era el eje de la liberación comercial intra Mercosur. En las últimas dos décadas la economía cambió en todos sus aspectos; al punto que los servicios, el comercio digital, la propiedad intelectual y los estándares de calidad se han incorporado a cadenas de producción intrafirma que desgranan su instalación en varios países de acuerdo a cada estrategia empresarial. Por otra parte, las inversiones las únicas fuentes de crecimiento reclaman esa flexibilidad de la mano de la apertura comercial.

Vivimos tiempos en los que se requiere mano de obra especializada y la oferta y la demanda laboral tienden a profundizar la brecha social. La tecnología y la robótica impactan sobre el nivel de empleo de forma irreversible, tanto que industrias como las del sector automotriz corren el riesgo de desaparecer si no se ajustan a esos cambios. El objetivo hoy es eliminar todas las restricciones no arancelarias que surgen cuando los aranceles bajan, de modo que los efectos que se producen en cada economía nada tienen de ideología y mucho de productividad y competitividad.

Por esas razones, el planteo vinculado a la flexibilidad es inevitable. El nacionalismo cerrado se transformó en un lujo escapista. El patriotismo benigno cuando se vuelve “ultranacionalismo” es terreno fértil para la violencia; por eso surge la necesidad de adaptarse a los cambios globales apelando a reglas multilaterales en la gobernanza mundial, denunciando el comercio administrado al margen de las normas de la OMC y adaptándose a los nuevos vientos del mercado internacional.

Los desafíos ya son de naturaleza global y afectan al viejo concepto de soberanía. El Mercosur flexible dio su primer paso con el Tratado con la Unión Europea. Otros tendrán que venir y mucho se avanzará en la región si el Brasil consolida su apertura comercial. El Mercosur no tiene otra opción que seguir ese camino aperturista y aunque la Argentina tenga dificultades para adaptarse a esta nueva realidad de todas formas está condenada a entenderse con su viejo socio para ponerse a la altura de la modernidad.

Por otra parte, Uruguay y Paraguay serán los mayores beneficiarios de esa apertura que reclama una nueva estrategia de inserción comercial en terceros mercados. Actualmente, para ningún país existe una respuesta nacionalista. Menos ante el impulso de la infotecnología y la biotecnología que al desafiar los afectos locales los avasalla con obligaciones propias de la comunidad global. Tampoco están exentos de esta realidad potencias que como China y Rusia se enfrentan a los EE.UU. insinuando una potencial guerra nuclear compartiendo la responsabilidad de causar una catástrofe ecológica en el corto plazo. Ni siquiera estos son soberanos para enfrentar ese desafío.

Por estas y otras razones un Mercosur renovado deba encarar las políticas de frontera como una gran obsesión; en el caso del Uruguay como un mandato cruel de la geografía al estar ubicado entre dos vecinos formidables; más todavía en tiempos en que las pandemias, el crimen organizado y el narcotráfico transforman las líneas divisorias en imaginarias demarcaciones en tierras porosas y aguas inseguras.

En conclusión, las palabras del Presidente significan un gigante paso progresista. No se resumen a un cálculo de utilidad en temas específicos de interés de Uruguay. Son el reflejo de una esperanza fundada en la realidad global y en sus preocupantes señales. Un verdadero discurso integracionista reflejo de un modo de sentir más que de un modo de pensar.

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