Sergio Abreu
Sergio Abreu

La mente en alpargatas

El verano aconseja que nos detengamos unos días, sea para cargar las baterías o tomar impulso ante el movido 2019 que se nos anuncia.

Siempre es bueno en estas fechas aflojar la tensión y provocar reflexiones que nos permita por un tiempo “poner la mente en alpargatas”. Hace unos años, en los festejos de un 18 de Julio un amigo extranjero, estudioso de la historia me preguntó que celebrábamos en esa fecha. La respuesta fue obviamente, la Jura de nuestra primera Constitución en 1830. Insistió entonces ¿esa es la fecha de la independencia? No precisamente. Disculpe ¿ese es el día que ustedes los uruguayos reconocen como el del nacimiento de su Estado? Ya en aprietos le respondí sí y no, nosotros también celebramos el 25 de agosto de 1825 como el día de nuestra independencia cuando declaramos “írritos, nulos, disueltos y de ningún valor todos los actos de incorporación... arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil”. Ahh y por otro artículo decidimos “la incorporación de la Provincia Oriental a las demás provincias argentinas a las que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce”.

Muy bien, me respondió mi amigo frunciendo el ceño. De modo que sus fechas patrias no hablan de la independencia de un nuevo Estado y si tuvieran que identificar una tendrían algunos problemas. La situación se puso más difícil cuando recurrí a la Convención Preliminar de Paz del 27 de agosto de 1828 en la que el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas reconocieron nuestra independencia sin definir los límites del territorio, bajo su tutela provisoria por cinco años y sin referirse a la voluntad independentista del pueblo oriental.

Pero eso no quedó allí, porque mi amigo que me acompañaba en el palco presenciando el desfile comenzó a preguntarme sobre las banderas patrias. ¿La que tiene cuatro franjas azules y el sol es su bandera patria? Si señor conteste aliviado. Luego me preguntó ¿y esa parecida a la bandera argentina cruzada por una franja roja? También, contesté, es la federal, la de Artigas nuestro prócer máximo. Ahh exclamó, ¿y la que dice Libertad o Muerte, ¿también es su bandera patria? Por supuesto, respondí ya un poco molesto, es la de los 33 Orientales, los criollos que desde Argentina invadieron la Provincia para liberarnos del Brasil.

Mi amigo se disculpó, no me interprete mal estoy tratando de entender el proceso que llevó a la independencia de su país. Por tanto, a la luz de esta conversación puedo concluir que las franjas azules de la bandera con el sol representaban departamentos de un territorio que no había definido sus límites, la bandera que dice libertad o muerte era la enarbolada por la revolución de los orientales para desvincularse del Brasil y la de Artigas hablaba más de una Liga Federal que de la independencia absoluta de un Estado llamado Uruguay. Es más, podría llegar a concluir que Artigas de ser consultado no habría elegido una plaza llamada Independencia para tener su monumento.

La situación se puso tensa, aunque lo cierto era que mi amigo quiso dejarme simplemente unas reflexiones. No comparto, me dijo, la idea de que la libertad sea el fin último de una comunidad política. Tener la libertad como objetivo central es apostar a la anarquía, porque a mi juicio, lo que importa es la institucionalidad y el derecho como garantía de todas las libertades. Y agregó; ¿sabe una cosa? A veces pienso que Augusto Comte tenía razón cuando le dejó al Brasil en su bandera el lema “Orden y Progreso”.

Era un hombre bien informado, tanto que se lanzó a decirme amablemente, ni la Sra. Cristina Fernández habló de buena fe cuando dijo que Artigas era argentino ni el Sr Mujica sabía lo que decía cuando sostenía que el Uruguay debía “viajar en el estribo del Brasil”. Le puedo decir por experiencia que al fin de cuentas el eje de la política exterior de cualquier Estado, es la defensa del interés nacional y es lo que nos hace a los nacionales de todos los países distintos y egoístas. Y en su caso, ser oriental o uruguayo puede despertar buenas discusiones históricas pero desgraciado el país en el que sus gobernantes no defienden con ferocidad ciudadana la idea de que lo primero siempre es lo suyo. Por eso, no se me ofenda, porque poco importa cuántas banderas históricas se tienen o si las fechas no ofrecen precisión histórica.

Respiré hondo, reconocí las dudas que podríamos generar con nuestros símbolos pero pude decirle con responsable serenidad, que ni por temperamento, ni por destino, ni por aspiración de futuro nosotros éramos argentinos o brasileños, menos todavía disueltos latinoamericanos en los fracasos del socialismo cubano y chavista.

Mi amigo, pudo aclarar muchas de sus dudas, pero nunca supo que sus impertinencias me ayudaron a reforzar mi convicción de que la prosperidad de nuestras sociedades no se decretan, se construyen día a día y que ya lo había dicho ese nuestro prócer mal ubicado en la Plaza Independencia, que “nada podíamos esperar que no fuera de nosotros mismos”.

Un buen descanso “con la mente en alpargatas”.

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