Sergio Abreu
Sergio Abreu

Qué macana la bicicleta

El compromiso con el futuro tiene en nuestro folklore una clara expresión: "p’adelante están las casas".

La diferencia la hace el espíritu tanto para jóvenes con el motor fundido como para gente madura que por dentro modula con regularidad. No es la competencia contra la vida sino el competir en la vida lo que nos hace mejores. El éxito no se mide solo por lo material o por el monto de una cuenta bancaria.

Con las disculpas del caso, quiero compartir una referencia personal. Mi padre, nacido en el Paraguay, se alistó con 17 años como voluntario en una guerra que costó la vida a más de 100.000 jóvenes bolivianos y paraguayos, sin contar heridos y desaparecidos. Una vez firmada la paz, decidió emigrar al Uruguay en búsqueda de una formación profesional que casi no existía en su país. En Montevideo, su nueva vida transcurrió en una pensión con otros compatriotas y compañeros. El estudio, el esfuerzo y la frialdad de la distancia acompañaban su rostro amarronado ajeno a la pigmentación europea que en el Río de la Plata facilitaba toda relación.

La vida de la mayoría de las familias de ese Uruguay transcurría "picaneada" por el esfuerzo diario de una fuerte clase media. El Paraguay sufrido, dolido, parecía cantar cada mañana las estrofas de Guido Spano "llora llora Urutaú en las ramas del Yatay, ya no existe el Paraguay donde nací como tú". Por eso, en familia nunca se escucharía el lamento que desde Manrique repite cada generación. "como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor". El pasado en nuestra casa era la guerra, la que nadie en sus cabales podría añorar.

Mi padre sostenía que la identidad ciudadana no admitía dualidades. "En esta casa no hay dos himnos ni dos banderas. Mis hijos, son hijos de esta tierra . Aquí nacieron, son uruguayos". Muchas veces, en tardes frías miraba lejos y recurría a una frase aparentemente inconexa: "¡qué macana la bicicleta!"; aunque algo significaba y no siempre lo mismo, nadie osaba preguntarle a qué se refería, sería como interrogarlo y eso no lo permitiría.

Pasaron los años y las nuevas generaciones se sucedieron. Las diferencias se tradujeron en problemas de entendimiento, pero nunca afectaron la armonía familiar. Tres generaciones empezaron a caminar juntas sin desconocerse, cada una marcando su sello y su distancia. Una mañana desperté como Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, poco tiempo después, el gobierno del Paraguay me comunicó que me había distinguido con la Orden al Mérito y cursó la invitación para toda la familia. Fue así que las tres generaciones viajamos hasta la patria de mi padre con distintos sentimientos.

En el aeropuerto de Asunción, la Escuela Militar y su banda se encontraban en la pista formal y coloridamente formados. Solo un uruguayo se preguntaría a qué se debería ese despliegue con tanta pompa. Al abrirse la puerta del avión un general del ejército me notificó que el Presidente había dispuesto honores de Jefe de Estado por ser hijo de un "guerrero del Chaco". Eso explicaba todo.

La emoción comenzó a filtrarse prudentemente. El Oficial me invitó a revistar las tropas y solicité hacerlo con mi padre, pero aún cuando el protocolo no contemplaba esa situación no podría cuestionarse. En una línea de unos 30 metros iniciamos la revista de los efectivos bajo los acordes del himno uruguayo. Al pasar ante el pabellón patrio me hice la reverencia de estilo, mientras un discreto "sniff" escuché a mi costado. Terminado el recorrido, mi padre me tomó del brazo; cuando me volví hacia él henchido de legítimo orgullo con su Cruz del Chaco en la solapa y con la vista nublada, me dijo: "Mhijo, ahora me puedo morir tranquilo".

Tiempo después con 90 años, su nieto mayor se casaba en Salto ; sufría de una limitante enfermedad. Pero ante la sorpresa de todos decidió recorrer esos mil kilómetros de ida y vuelta en una ambulancia con mi madre. En una tarde hermosa, decidió pasear en el vehículo por la costa del Río Uruguay, para él "el agua de los Urú". Le trasmití cierta preocupación pero su comentario tenía otra dimensión: "mhijo, esto comparado con cargar a bayoneta calada bajo 40 grados de calor es un paseo. En aquel tiempo siendo joven iba en busca de la muerte; hoy, aunque me veas viejo, busco la vida". En su entierro, un entrañable amigo lo despidió en guaraní mientras el féretro descendía envuelto en la bandera de su patria. Ninguno de los presentes entendimos una jota el contenido del mensaje, pero entre ellos se entendieron. Seguramente en su idioma le dijo: "qué macana la bicicleta".

El lugar no hace a la conducta y desde que el voto derrotó al fusil ¡la vida comienza todos los días! Y los sueños que se plantean con fuerza suficiente corren el riesgo de ser realizados.

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