Sergio Abreu
Sergio Abreu

Iracundia en la región

Mercosur pasó de ser un proyecto con entusiasmo para transformarse en un “culebrón”. El comercio entre los socios ha caído. La Unión Aduanera no pudo superar un Arancel Externo común perforado por todos los socios. La seguridad jurídica se diluyó con el incumplimiento de varios laudos arbitrales y la inserción externa es nula desde que el bloque no participa de ninguno de los acuerdos que marcan el rumbo del comercio internacional.

Mercosur pasó de ser un proyecto con entusiasmo para transformarse en un “culebrón”. El comercio entre los socios ha caído. La Unión Aduanera no pudo superar un Arancel Externo común perforado por todos los socios. La seguridad jurídica se diluyó con el incumplimiento de varios laudos arbitrales y la inserción externa es nula desde que el bloque no participa de ninguno de los acuerdos que marcan el rumbo del comercio internacional.

Y si algo faltaba, la contaminación ideológica lo embarcó en una fuga hacia adelante donde el discurso inflamado y sesentista ocupó un espacio embriagado de antiimperialismo que solo permanece en la memoria de generaciones pasadas.

En este contexto, el traspaso de la Presidencia pro tempore del Mercosur se recordará como una lamentable anécdota. Y eso, porque el problema central que reside en la inversión, el comercio y el empleo dejó de tener prioridad y en su lugar, la región y el mundo son espectadores de enfrentamientos plagados de insultos, descalificaciones y desafíos distanciados de todo sentimiento comunitario.

El conflicto es la regla, y el diálogo, una lejana excepción. Mientras la tozuda realidad nos desafía a replantear nuestra apertura comercial y las economías asiáticas nos invaden con productos y servicios, el Mercosur se alimenta inexplicablemente de rencillas de conventillo.

“Todas las revoluciones pasan” decía Kafka, “y de ellas solo queda el lodo de una nueva burocracia”. Pero mientras esas revoluciones se desgastan, los pueblos pasan hambre, sus libertades se restringen y la democracia, el plebiscito permanente de los derechos humanos, pasa a ser un valor secundario para los intransigentes portadores de verdades reveladas.

El buen trato y el pudor institucional ponen sus límites. No es lo mismo desbocarse en la tribuna de un campo de deportes, aunque no sea lo correcto, que hacerlo ante toda la comunidad internacional acusando a otros Jefes de Estado de las peores miserias humanas sin reparar en las consecuencias.

Vivimos en un clima de “iracundia sistémica”. Una discrepancia institucional ha hecho saltar los tapones de la convivencia civilizada, porque acusar a gobernantes de países hermanos de “torturadores, golpistas, narcotraficantes y fracasados” debe fundarse y probarse en los estrados judiciales.

Estamos ante una patología destructora de la cultura de la mano tendida. Para decirlo claramente, un aplauso de los adulones de turno parece ser más importante que dialogar, discutir e intercambiar razones con colegas y autoridades de otros gobiernos a pesar de los enojos que se invoquen.

La soledad del gobernante es la peor compañía. Y a ella se llega escuchando solo lo que agrada y despertando entre los más cercanos el temor de ser sacrificados por cometer el pecado de transmitir malas noticias. La democracia es lo contrario: un sistema sensible a los cambios de la voluntad popular como a la rotación en el poder de las distintas fuerzas políticas.

Todas las personas necesitan sentir que pertenecen a algo, sea a un País, a una corporación o a un club deportivo; así lo pensaron los Socios fundadores del Mercosur y los representan- tes del pueblo cuando aprobaron en los respectivos Parlamentos su creación. Y si bien no se reflejó en un fanatismo propio del abuso de pertenencia, puede afirmarse que los 25 años transcurridos y los resultados del proceso, nos han traído apatía e insolidaridad. De tal magnitud que lo que sucedió estos días nos recuerda a aquel alcalde franquista, que cuando murió el dictador, le decía con angustia a un amigo: “fíjate cómo estarán las cosas que yo ya ni sé, si soy de los nuestros!!”.

Por tales motivos, el presidente Maduro tiene que reflexionar y reconocer que una izquierda es respetada cuando el gobierno acepta otras ideas y no reclama para sí el monopolio de lo bueno, lo justo y hasta quizás lo más hermoso.

En estos momentos, pa-ra llegar a un razonable criterio que recomponga la relación entre gobiernos y mandatarios, se necesita prudencia y serenidad, virtudes compatibles con la firmeza con que se deben defender las ideas.

De todas maneras, un gobierno no puede participar del vicio común de las izquierdas intolerantes que tienen una respuesta antes que la pregunta les sea formulada; pero menos de aquellos que parten de la arrogante premisa de saber cómo debería ser el mundo, dejando como única salida a los no-iluminados, obedecer sin discutir.

Una izquierda válida debe actuar acudiendo a la conciencia crítica, porque es a partir de ella, que los gobernantes perciben el suficiente consenso social sobre los valores y las obligaciones a preservar. Y eso no está sucediendo en Venezuela, donde el descontento y la represión no saben de treguas.

Oscar Wilde decía “nuestro único deber con la historia es reescribirla”.

Y para cumplir con esa obligación un momento de reflexión es el mejor comienzo, a pesar de las declaraciones del presidente Maduro, a quien le corresponde tener un gesto acorde con las graves circunstancias que se viven. De lo contrario, una ruptura definitiva tendrá consecuencias imprevisibles y hará que el Mercosur profundice su crisis ingresando en otra etapa reñida con el destino que se merece.

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