Sergio Abreu
Sergio Abreu

Integración regional

La pandemia del Covid-19 es un fenómeno global más de los tantos que se plantean en todo el planeta.

El narcotráfico, el crimen organizado, los avances tecnológicos, el espionaje cibernético, el desastre ecológico que avanza y el comercio administrado entre las grandes potencias se enfrentan a un vaciamiento de los órganos mutilaterales regulatorios. ¿Es posible imaginar una casa, una empresa o un país sin una persona o un órgano que tome decisiones, ejerza su autoridad y respete la diversidad de opiniones? La gobernanza requiere instituciones multilaterales, regionales y nacionales fuertes. No alcanza con tener un Presidente democráticamente electo. Se necesitan jefes de Estado que respeten y hagan respetar las normas tanto en su territorio como en el exterior. Ese perfil combina firmeza en el mando, un equipo de gobierno y el desarrollo de políticas de Estado, en especial de una política exterior que incida en la comunidad internacional.

A todo esto, los EE.UU. y China negocian bilateralmente su comercio sin respetar sus obligaciones como miembros de la OMC. Amenazas, tuits y medidas unilaterales son sucedidas por acuerdos en beneficio exclusivo de ambas potencias. Todo depende de la voluntad política de esos gobernantes que poco se preocupan de los graves problemas globales y que acusan a los países menos desarrollados hasta del desequilibrio ecológico que ellos causaron al contaminar el planeta irresponsablemente.

El Presidente Trump se enfrentó a un planteo de juicio político por sus contactos con el nuevo Zar ruso con el objetivo de incidir en las preferencias electorales de los americanos; retiró a los EE.UU. del Acuerdo del Pacífico, una zona de libre comercio que competiría con la economía china, y últimamente decidió no participar del Tratado de París, firmado para neutralizar la destrucción del ambiente.

Por otro lado, el Brexit del Reino Unido impactó en la Unión Europea y su Primer Ministro orientó su mirada estratégica hacia los EE.UU. El bloque surgido en la década del 50 para combatir los nacionalismos exacerbados vive momentos de incertidumbre políticos y sociales.

La gobernanza global ha tomado otras formas: las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad se han visto marginados por los G3, G5, G7, G20, de los que participan los países de mayor peso específico en el concierto internacional. En el comercio internacional la situación es grave a nivel multilateral como regional, escenarios conocidos para el Uruguay donde participó activamente tanto en el GATT desde su fundación, como en la OMC creada al culminar la Ronda de negociaciones que llevó su nombre.

De igual forma Montevideo ha sido la sede de la Alalc primero y de la Aladi después por los Tratados de 1960 y 1980. En este sentido, los países miembros son responsables de darle sentido a sus funciones e impulsar un aumento del comercio de bienes y servicios como objetivo principal. Para eso deben reconocer que la lucha ideológica ha perjudicado el legado histórico que todos invocan y que los resultados muestran que la brecha productiva, la brecha digital y la brecha social se han profundizado afectando el empleo y el bienestar de los sectores más vulnerables. Por tanto, los distintos gobiernos deben actuar superando la fragmentación que afectó la imagen de una integración que sufrió una fuga hacia adelante con la creación de sucesivos organismos que perdieron fuerza e identidad. Ahora la región se enfrenta al flagelo de esta pandemia que determinó la caída de miles de micro, pequeñas y medianas empresas y la contracción del PBI de toda la economía regional.

En este escenario, nuestro Presidente es una de las contadas voces equilibradas del continente, no solo por la forma que encaró el flagelo del Covid-19, sino por su firme decisión de enfrentar los desafíos de la integración regional. Realismo, principismo y flexibilidad son las columnas de una política exterior regida por el no alineamiento, la defensa de los derechos humanos allí donde se violen; la no intervención en los asuntos internos de otros Estados y el compromiso de hacer de la integración regional una política de Estado sin doble rasero.

A todo eso debe quedar claro que el concepto de Desarrollo Sustentable no puede agotarse en su enunciación; por lo contrario, llama a compartir decisiones entre los Estados que excedan el corto plazo. Esa tarea no puede reducirse a políticas aisladas porque el desafío prioritario es recuperar las cadenas de producción de las micro, pequeñas y medianas empresas y capacitar la fuerza laboral para adecuarse a la demanda del empleo, en particular de la economía de los servicios.

El Uruguay una vez más debe hacer la diferencia buscando acuerdos en políticas de mediano plazo, ratificando lo que lo ha distinguido históricamente en la región, tanto por su apego al derecho como por un liderazgo esclarecido en todos los procesos de integración en los que participa. Esa decisión la ha ratificado el Presidente con sentido de Estado y como señal de que el buen relacionamiento debe volver a ser el eje de una integración que hemos postergado.

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