Sergio Abreu
Sergio Abreu

Una guerra a la pachorra

El Uruguay comienza a subir la cuesta de la modernidad, aunque lo más difícil de combatir es la “pachorra”, una bacteria autóctona consolidada y multiplicada durante los gobiernos frentistas.

La competencia fue su víctima principal, debido al objetivo de mantener incólumes los monopolios públicos, las empresas privadas del “estadito paralelo” y la burocracia pública, una superestructura que sobrevivió a la confrontación de la guerra fría y a todas sus derivaciones.

Nuestros marxistas y sindicalistas insisten en la lucha de clases congelados en el tiempo. Desconocen hasta las recomendaciones hechas por la OIT sobre los tres derechos que deben ser protegidos simultáneamente, el de huelga, el de trabajar por parte de los que no están de acuerdo con la huelga y el de los empresarios a ingresar en sus establecimientos.

Critican el “talante represivo” del nuevo Ministerio del Interior y cuando tuvieron que callar ante la indecente violación de los derechos humanos de sus “policías ideológicamente amigas” de Cuba, Venezuela y Nicaragua ingresaron en un cuadro de amnesia moral y política descalificante. Su modelo filosófico se derrumbó y otorgó fundamentos para visualizar variados escenarios, esta vez teniendo a la tecnología como un nuevo factor de la economía. Sin embargo, para esa llamada “izquierda” estar lejos del poder es un hecho político inaceptable, porque la democracia sigue siendo “esa pluriporquería” que hasta hoy combate el régimen cubano en sus estertores.

Cuando la oposición se opone a la ley de urgencia, la única lectura que surge es que su objetivo sigue siendo la destrucción del capital, el de los pequeños empresarios aspirantes a burgueses y en particular el de agrandar el Estado, fortalecer sus monopolios y la burocracia. Los enoja del nuevo gobierno, un Presidente a cargo y una coalición que inició su marcha con la presentación de una ley, en cumplimiento de lo prometido en la campaña electoral. La Musso-izquierda no soporta el llano, sufre la pérdida del poder, exuda su autoritarismo y se estremece cuando ingresa luz en su opacidad. Aunque lo más grave para la mayoría de sus dirigentes es enfrentarse a que los más vulnerables de nuestra sociedad, puedan descubrir quiénes en verdad se ocupan de sus derechos fundamentales.

La Ley de Urgente Consideración (LUC) parte de la idea de que las políticas públicas y sus resultados sean medibles y evaluados; que la eficiencia deje de ser una palabra de tecnócratas y se refleje en la vida de una po-blación, que en pocas décadas pasó a ser integrada por súbditos en lugar de ciudadanos.

Por tales razones, esa fuerza política prefiere hablar de las desviaciones del mercado, del capital explotador, de las bondades de los bancos privados (antes candidatos al cadalso de la nacionalización por ella propuesta) al tiempo que reacciona contra todo lo que denuncie ineficiencia del Estado, privilegios de los funcionarios públicos, y sobre todo, los cientos de millones de dólares que ingresaron en la danza del delirio tropical de la Unasur, un cadáver ideológico embalsamado en los armarios del petrodólar.

La explicación surge simple: el Pit-Cnt desde su origen, exhibió esa mezcla de ortodoxia leninista y pensamiento anárquico que con reducidas mutaciones llegó hasta nuestros días. Para decirlo con claridad: fue y es un eficiente transmisor de la “pachorra intelectual” una forma hábil de disfrazar el fracaso del socialismo real en el mundo.

Con todo, lo que les duele es que La LUC imprime velocidad a la atención de los que más sufren, de los vulnerables, de los que no tienen esperanza ni sueños, de los postergados; no aceptan que la ley es una denuncia contra esa resistente “pachorra” que los últimos gobiernos contagiaron para sobrevivir la debacle del socialismo. Les angustia que ya no tienen en exclusiva la bandera de los que quieren vivir más seguros, de los que necesitan mejor educación para superación de las familias y de los que reclaman una atención de salud digna.

En definitiva, la ley de urgencia tiene un hilo conductor; sus normas rescatan la idea de que lo social es la forma en que se gasta, y no lo que queda en manos de burócratas ávidos de poder y privilegios; más aún, enfatiza la importancia de saber lo que se hace y para qué se hace; lejos está de ser un inarticulado cuerpo como se quiere hacer notar. Es el remedio contra la “pachorra”. Es el anuncio de un tiempo y de velocidades nuevas; de diálogo pero de firmeza; un gobierno de puño de hierro en guante de seda. Un gobierno con el que se podrá discutir y cuestionar pero que no tendrá como respuesta “como te digo una cosa, te digo la otra”, ni que “lo político está por encima de lo jurídico”; más aún, conducido por un presidente que desde una “pompita de jabón” pudo llegar a la casa de un expresidente que ejerció el poder durante 10 años para preocuparse por su salud y la del pueblo.

Algo debe quedar claro: la vacuna contra ese maldito coronavirus aún se está por descubrir, pero sobre todo, que la “pachorra”, nuestra autóctona bacteria, no es resistente a las acciones de un gobierno con conducción y respaldo político y popular.

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