Sergio Abreu
Sergio Abreu

Para ganar y gobernar

Las últimas elecciones celebradas en la región y la crisis política brasileña necesitan de una lectura práctica y realista. Dejemos lo académico para las ciencias sociales, y veamos qué quisieron las mayorías con su voto y cuál es el mensaje que la democracia uruguaya puede extraer.

Las últimas elecciones celebradas en la región y la crisis política brasileña necesitan de una lectura práctica y realista. Dejemos lo académico para las ciencias sociales, y veamos qué quisieron las mayorías con su voto y cuál es el mensaje que la democracia uruguaya puede extraer.

El nacionalismo de utilería, la lucha contra el enemigo imperialista, el renacimiento de la utopía socialista han tenido dos resultados: el despotismo y la pobreza. Para decirlo simplemente, el planteo contra la explotación capitalista y a favor de la distribución del ingreso cedió ante la incompetencia dirigista, la concentración de poder y el uso del aparato estatal al servicio de un cinismo político resumido en “para los amigos todo, para los enemigos nada y para los indiferentes, la ley”.

La derrota de estos autoritarismos biodegradables fue posible porque la gente encontró un camino en sintonía con sus expectativas. Y cuando quiso un cambio, exigió que las fuerzas opositoras también cambiaran; por eso, las mayorías vencedoras respondieron a alianzas políticas entre distintos sectores y a propuestas compartidas, más que a la lucha entre personalismos excluyentes.

Lo cierto es que la realidad se plantea crudamente el día después; y se expresa en exigir de esas alianzas enfoques modernos que cuenten con el respaldo de la gente y de un Gobierno capaz de respetar la institucionalidad del Estado de Derecho, la consistencia de su proyecto político y la transparencia y solidez moral de esa gestión.

El Uruguay no es ajeno a esta realidad. La historia también va a pasarle la cuenta a los gobiernos que aplicaron un capitalismo sin lucro, un socialismo indisciplinado y decidieron convivir entre incentivos a la inversión extranjera y la agresiva reacción estatista de los sectores sindicales.

Los tiempos de cambio también los viviremos los uruguayos, pero eso dependerá de cómo se plantee una alternativa seria y esperanzadora; en otras palabras, de la reacción y la actitud de las viejas estructuras políticas.

El Partido Nacional y el Partido Colorado son reconocidos como los más antiguos en la comunidad democrática internacional; pero ¡cuidado!, porque como los pergaminos pueden transformarse en curiosidades históricas si no concretan alianzas que sin destruir identidades puedan presentar una visión moderna y creíble con equipos de gobierno confiables y organizados.

La renovación es un proceso irreversible, pero no alcanza con proclamarla. Al mismo tiempo, es necesario crear nuevas formas de relacionamiento, superar las chacras sectoriales y partidarias y atreverse a modernizar conductas e ideas. Pero sobre todo, a instalar el mensaje de que ganar una elección es posible, pero no tan importante como la aptitud de un nuevo gobierno en gestionar mejor las necesidades de la sociedad; no sea que al final, las nuevas generaciones terminen realizando cursos intensivos de vicios viejos.

Eso es lo que nos dicen los pronunciamientos populares de estos días; y es también lo que tendrán que afrontar el Brasil y el Uruguay. La gente desencantada de mágicos populismos quiere ser respetada en sus derechos y alejarse del antiguo etiquetado de izquierdas y derechas ya superadas.

Una colectividad política que cierra los caminos de entendimiento a los que quieren encontrar nuevos espacios expone una preocupante debilidad. Y eso se debe a que ignora que la gente quiere volver a confiar en modelos de representación más amplios, porque ya sabe que si no exige y se mete en política, la política se meterá con ella en su vida diaria aunque no quiera.

Por eso, los uruguayos sin perder nuestras identidades históricas, no podemos quedar refugiados en “corralitos partidarios” que reducen su competencia a personalismos y sectores que tienen como objetivo obtener las mayorías dentro de sus filas.

Tenemos que entender que si bien el perfil opositor es diverso las coincidencias son más que las que existen en el partido de gobierno; en el Frente Amplio se discrepa hasta en la forma de defender los valores republicanos; y cuando el agua baja y emergen las rocas, no puede justificar los desequilibrios de las cuentas públicas y el fracaso de las reformas estructurales que tanto anunció.

Esto explica que cuando la recesión se instala, todos quieren mandar y ninguno tiene razón, debido a la existencia de un grave “conflicto distributivo“, que al ser irreversible, determina que la gente quiera cambiar de gobierno.

Por eso, no alcanza con ganar las elecciones; el desafío se proyecta más allá y requiere una mayor modernidad y madurez política que vaya al encuentro de las expectativas.

Que quede claro: si queremos ser gobierno tenemos que empezar por hacer nuestra propia autocrítica; y eso implica reconocer que nuevas alianzas políticas deben dar a luz un tiempo nuevo. Si lo ignoramos, seremos responsables de no interpretar adecuadamente los vientos que soplan en la región.

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