Sergio Abreu
Sergio Abreu

Festín de leones

La geografía hace a nuestro destino; ha influido en nuestra formación como Estado y en la administración de intereses comunes y propios con el Brasil y la Argentina.

La geografía hace a nuestro destino; ha influido en nuestra formación como Estado y en la administración de intereses comunes y propios con el Brasil y la Argentina.

Desde allí aprendimos que el principismo, el realismo y el pragmatismo conforman el núcleo central de nuestra política exterior y que la neutralidad ante los problemas de los vecinos, es una de las reglas básicas a cumplir, a la luz de una historia signada por la intensidad de los afectos.

Es así que los países grandes pueden ser contradictorios y prepotentes sin temor a grandes represalias, porque como decía Herrera, sus diferencias se solucionan luego de participar de un selecto “festín de leones” regido por las líneas del viejo principio británico del “equilibrio de poder”.

La mayoría de los países de la comunidad internacional, como el Uruguay, no tienen otro objetivo que defender su interés nacional en función de sus asimetrías, pero las soluciones no surgen de romanticismos o cercanías ideológicas tan temporarias como inconsistentes.

El tema central es por tanto, cómo se ubica el Uruguay en su propio escenario y cómo participa de acuerdos que favorezcan su prosperidad con la mayor seguridad jurídica posible. Y para lograr eso, no hay lugar para discrepancias insalvables en la definición de el eje central de su inserción externa.

La pregunta surge sola: ¿lo estamos haciendo? ¿No hemos sufrido bastante como para saber que los “amigos” ideológicos de cualquier signo tienen como prioridad la defensa de sus intereses?

La realidad nos responde con la contundencia con que hablan los hechos. Hace pocos días se acusó al Brasil de tratar de “comprarnos”, se invocaron molestias y enojos del gobierno, incluyendo al presidente de la República. El león pegó un zarpazo (convocando a nuestro embajador) y tuvimos que disculparnos .

El presidente de Venezuela trata de “torturadores” “narcotraficantes” y “dictadores” a los gobiernos del Mercosur (salvo al Uruguay, ¡que tranquilidad! ) y ninguno de los países llaman a sus embajadores porque los zarpazos se darán de forma tan oculta como efectiva.

Nuestro ministro del Interior fuera de sus competencias descalifica la conducción del gobierno argentino, precisamente en momentos en que los zarpazos del matrimonio Kirchner ya no se sufren como sucedió durante casi diez años y se comienza a plantear un diálogo más constructivo.

El secretario general de la OEA, el excanciller Almagro intercambia insultos con el presidente Maduro en defensa de la democracia y viaja a Brasil para respaldar a la señora Dilma Rousseff en un asunto interno de ese país. Como respuesta su expresidente Mujica lo despide de sus filas, y a pesar de respaldar al gobierno de Venezuela, diagnostica públicamente que el “presidente Maduro está loco como una cabra”.

Por otra parte, el Pit-Cnt que es parte del Frente Amplio (aunque se diga lo contrario) cuestiona al gobierno por anunciar negociaciones con Chile para consolidar una Zona de Libre Comercio incluyendo los temas no arancelarios. El secretario cuestiona duramente esta decisión y advierte que la central sindical en nombre del “pueblo” controlará cualquier desviación del gobierno hacia “la derecha”, ya sea en el ámbito interno como en el externo.

A todo eso no puede olvidarse, a título de muestra, que el gobierno del Sr. Mujica ingresó en las negociaciones del TISA a su propia iniciativa, pero una vez que el presidente Vázquez asumió su grupo le exigió retirarse de las negociaciones y fue atendido.

Lo expuesto puede ser enriquecido por otras tantas circunstancias solo conocidas al interior del Poder Ejecutivo, el único que puede testimoniar que la realidad es mucho más cruel que lo que podamos describir. Pero esa no es nuestra tarea, sino la de advertir y contribuir en lo necesario para unificar criterios en la trabajosa construcción de una política de Estado.

Desde ya sabemos que no será una tarea fácil, porque como decía Bismarck muchas decisiones y leyes “son como las salchichas; sería mejor no ver como son hechas”; y como experiencia ya tenemos bastante con las discrepancias dentro del propio gobierno para opinar con anticipación sobre una política exterior que la ideología y la improvisación han condenado a “fracasar con rotundo éxito”.

En conclusión, tenemos que recuperar la coherencia y la profesionalidad, los pilares de cualquier política exterior que pretenda ser respetada. Para eso necesitamos de estrategias definidas desde adentro y de gestos y posiciones institucionales, que sin afectar la firmeza de una decisión exhiban la suficiente prudencia para que el país no quede expuesto a los implacables zarpazos de los más fuertes.

Sin embargo, la realidad que vivimos nos rejuvenece porque no terminamos de sorprendernos cuando una y otra vez nos enfrentamos a conductas que creíamos superadas. Y en vez de prevenir los zarpazos los provocamos hasta naturalmente.

Montesquieu, desde otros siglos, nos acerca parte de la respuesta en una frase con fuerza de ley intemporal: “el político siempre debe buscar la aprobación y jamás el aplauso”. Este último encandila y dura poco, mientras la primera necesita un tiempo para que otros obtengan réditos políticos.

Estamos a tiempo de buscar una aprobación ampliada que nos inserte mejor en los turbulentos tiempos que vivimos. Los leones viven y sus garras siguen bien afiladas.

Un equilibrio serio y profesional es la única conducta que puede preservar una buena relación con la región y aun fuera de ella.

El Mercosur inicial que impulsamos hace 25 años fue acompañado por todas las fuerzas políticas en una actitud de madurez que parecía unificar criterios internos. Nada se planteaba como antagónico en el área ideológica porque la geografía sería la misma y las estructuras productivas no podría tener otra respuesta que una apertura tan racional como irreversible.

El tiempo nos enfrentó a duras pruebas. Errores y aciertos de todos los socios, incluyendo al Uruguay, que tiene también parte de la responsabilidad del desolador momento que vivimos.

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