Sergio Abreu
Sergio Abreu

Enfermitos y enfermitas

La polarización plantea opciones cómodas que reducen el esfuerzo de pensar. Como decía Enrique Beltrán: el punto débil de la democracia es la pereza mental de los que dan por garantida la institucionalidad y se preocupan cuando ya es tarde.

Esa vieja etiqueta mental que facilitaba la definición a los comprometidos con la libertad nunca aseguró su defensa.

Los tiempos cambiaron y los desafíos se plantean sin contar con las perimidas "derechas" e "izquierdas". El socialismo implosionó, la revolución tecnológica alteró los métodos de producción de bienes y servicios e impactó sobre la educación, la seguridad y las relaciones laborales. Y si bien el mercado quedó en pie, se enfrenta a la necesidad de ajustarse en materia comercial a través de un multilateralismo renovado.

Lo cierto es que la "izquierda ideologizada" se quedó sin discurso incluyendo a nuestro estalinismo vernáculo que instaló la lucha de clases contra el capital y se mantuvo abrazado a las empresas estatales y a sus monopolios. En resumen, el gobierno recaudó como capitalista implacable y gastó como socialista indisciplinado haciendo gala de una dualidad que se extendió a varias áreas.

En este contexto debe destacarse: en primer lugar, que la etiqueta de la izquierda al reconvertirse eligió a la globalización como enemiga y contra ella apunta sus baterías. Los chalecos amarillos en Francia protestan contra el alza en el precio de los combustibles, la injusticia fiscal y la pérdida del poder adquisitivo; y si bien es un movimiento espontáneo, transversal y sin portavoz oficial, necesita de una victoria resonante en el corto plazo, de modo que los más radicales exigen la renuncia del Presidente como sin preocuparse por mostrar una alternativa.

En segundo lugar, que el Frente Amplio mantiene el doble discurso, en cuanto a la defensa de los derechos humanos dentro y fuera del país. Lo censurable es que lo utiliza para rechazar o consentir la violación de esos derechos según piensen los humanos y no por el hecho de serlo. Para la mayoría de sus dirigentes, el fin justifica los medios, como lo demuestran los millones de asesinados, torturados y desaparecidos que el marxismo en nombre de esa igualdad proclamada llevó a cabo. Y aunque la realidad se ocupó de que el socialismo real se escurriera por las cloacas de la historia, basta observar que lo que sucede en Venezuela y en Nicaragua sea administrado con una inaceptable hemiplejia moral.

En tercer lugar, que aun discrepando en las políticas públicas que impulsan ideas liberales y dirigistas, nuestra sociedad debe buscar una mayor cercanía y una madura disposición a dialogar, en particular, en tiempos electorales. Suena como paradoja que el Canciller en nombre del gobierno predique el diálogo entre los involucrado en la crisis de Venezuela, incluso dentro de la misma sociedad venezolana; mientras que su Partido no da un paso para escuchar a las demás fuerzas políticas en un tema tan sensible como los derechos humanos. Parece que la mayoría que gobierna hace quince años cree en la democracia pero de acuerdo a sus reglas, algo así como un equipo de fútbol que disputa un campeonato, sin que le cobren los foul o los penales, a diferencia de sus adversarios.

En cuarto lugar, que no puede entenderse que se impulsara una ley fijando el comienzo del terrorismo de Estado a partir de la aplicación de medidas prontas de seguridad en 1968 por parte de un gobierno electo que enfrentaba una guerrilla que intentaba destruir las instituciones. Nada más inconstitucional, cuando además las víctimas de ese terrorismo, léase de la toma de Pando, de la explosión del bowling, el recordado peón rural y muchos más, no tuvieron un tratamiento similar. El desprecio por ellos y sus familias ha sido la respuesta.

Como ejemplo final, hace unos días el Comandante del Ejército fue relevado del cargo por el Presidente de la República de acuerdo a la Constitución. Periodistas, historiadores, intelectuales y políticos calificaron a esa distinguida figura de "monstruo castrense", imputándole aspiraciones políticas al realizar ciertos cuestionamientos.

Sin embargo, durante el primer gobierno del Frente Amplio la Ministra Azucena Berrutti hizo lo mismo al declarar que a muchos militares eran acusados sin pruebas, que se desconocía el debido proceso y se carecía de garantías ante los Tribunales. Más aún, mantuvo una posición contraria a la anulación de la ley de caducidad por principios de Derecho y como era de esperar, esa sólida ciudadana navegó en la soledad institucional. Lo mismo sucedió con el también Ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, definido por sus compañeros como un obstáculo en la búsqueda de los desaparecidos que poco preocupó al Poder Ejecutivo cuando declaró a la prensa que "todos los que hablan mal de las Fuerzas Armadas y de los militares son unos enfermitos y enfermitas".

El lector podrá analizar si la coherencia es una virtud que adorna la imagen de nuestro país.

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