Sergio Abreu
Sergio Abreu

Lo cortés no quita lo "caliente"

El Uruguay vive obsesionado en el corto plazo. Hace pocos días el Canciller se molestó con un periodista que requirió su opinión sobre el déficit fiscal. No fue un buen mensaje; y así co-mo hemos coincidido en tantos puntos con él, disentimos en este.

El déficit fiscal es un indicador clave en materia de equilibrio macroeconómico; tan así es, que el Tratado de Maastricht y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea fijaron como tope un 3% de déficit fiscal para los Estados parte. Sin perjuicio de los resultados alcanzados por el bloque europeo la importancia de lo fiscal en la economía no es discutible, sobre todo en nuestro país donde la mayoría del gobierno privilegia su planteo ideológico sin tener en cuenta nuestra realidad económica y geopolítica.

Los populismos del matrimonio Kirchner y de Lula y Dilma desmantelaron sus economías; los resultados exhibieron conductas fiscales indecentes; en otras palabras, se gastó más de lo que se recaudó. Por su parte, el gobierno de la revolución bolivariana que impulsa el Socialismo Siglo XXI terminará el 2018 con una inflación de un millón por ciento, una alarmante caída del PBI y la fuga de cientos de miles de venezolanos que para sobrevivir cruzan las fronteras hacia Colombia y Brasil.

Sobre estos temas, la Cancillería se mueve con cautela debido a las posiciones encontradas que existen dentro del Poder Ejecutivo; de todas formas, los dogmáticos marxistas del Pit-Cnt respaldan al "compañero" Maduro y presionan al gobierno a todos los niveles para atemperar las críticas y renovar el apoyo al régimen. Ni Almagro, el Canciller que Mujica mantuvo intocado durante su gestión, pudo avalar desde la OEA el terrorismo de Estado que ejerce ese gobierno "amigo".

Digámoslo claramente; el régimen cubano es el responsable de exportar el fracasado socialismo y su dictadura política a los nuevos Mussolini de la región; los Castro recibieron más ayuda de Chávez y Maduro que de la Unión Soviética. Sus dos grandes soportes cayeron por la inviabilidad de la receta socialista; el narcotráfico se asoció con las guerrillas y las Fuerzas Armadas se transformaron en cómplices de sus corruptos gobiernos.

La autocrítica y la verdad son las primeras víctimas. Los valores esenciales de la sociedad democrática cayeron por falta de educación y por desprecio a las instituciones; se insiste, con razón, que el gasto público es una inversión pero no se reconoce que toda inversión debe ser evaluada por los resultados obtenidos; el gobierno, preocupado por las cifras se aferra al salvavidas de plomo de UPM, desconociendo que a las inversiones las atrae un buen clima de negocios y no a la inversa; lamentablemente, el Frente Amplio invirtió los roles: en lugar de arrimar el taburete al piano decidió acercar el piano al taburete; resultado: sacrificios fiscales para asegurar la inversión.

Con firmeza y seriedad es tiempo de insistir en que el gobierno de José Mujica ha sido el peor de los que pueden recordarse. No compartimos el consumo desenfrenado ni pensamos que el mercado es el árbitro de todos los valores; sin embargo, el Estado y las Empresas Públicas no pueden ahogar y saquear a los contribuyentes, menos todavía para financiar proyectos faraónicos como Aratirí, el puerto de aguas profundas, la regasificadora, las aventuras de Ancap y los Entes del Estado. Ninguno se ejecutó y los juicios, arbitrajes y reclamos exponen la imagen del Uruguay.

Pensamos en el rol del Estado como regulador y no como Empresario, todo lo contrario de lo que postuló el gobierno de Mujica con el respaldo sindical. Durante su gestión, se deglutieron uno por uno los valores que nos distinguieron y se gastó en un asistencialismo demagógico sin apostar a un desarrollo humano de calidad.

A todo esto, no son ajenas las diferencias dentro del Poder Ejecutivo en cuanto a la conducción económica y a la Política Exterior; mientras el Sr. Mujica camina por el pretil de sus contradicciones, la sociedad uruguaya tiene miedo de salir de sus hogares, vive asfixiada por impuestos y tarifas a cambio de servicios ineficientes y hasta sus sueños deportivos se volvieron pesadillas.

Por eso, es importante que la Cancillería opine sobre el déficit fiscal y su política comercial. ¿Por qué? Porque tiene relación con la inserción externa del país, con la inflación y en particular con el tipo de cambio; es decir, con la existencia o no, de atraso cambiario; lo que Viner planteó como las causas que hacen a la diferencia entre creación y desviación de comercio.

No se le pide a la Cancillería que piense con cabeza de economista sino que lo haga con visión estratégica de mediano plazo sin reparar en tiempos electorales. Y como el déficit fiscal también tiene su incidencia en la inserción comercial del país, la posición del Ministerio no se reduce a la opinión del Ministro sino a la forma en que encara como unidad ejecutora los temas de gobierno que le competen; máxime, cuando el déficit fiscal se mantiene en un alarmante 4%, el registro más alto de los últimos veintiséis años.

Y que no se diga que se trata de temas técnicos rebuscados, alcanza con "darse una vuelta" por la frontera para comprobar que las devaluaciones de los vecinos afectaron nuestra competitividad y la tasa de desempleo está cerca del 10% del PBI.

Canciller: en una buena, tenga en cuenta que lo cortés no quita lo caliente.

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