Sergio Abreu
Sergio Abreu

De las ceibalitas a Mark I

El matemático de Harvard, Howard Aiken creó junto con la IBM en el año 1944 la “Mark I”, la primera calculadora electromecánica. Era el prototipo del computador digital y realizaba las operaciones aritméticas tradicionales con números muy altos y en pocos segundos. Fue un gran adelanto con algunas limitaciones; la primera, que tenía un largo de 5 metros y pesaba 35 toneladas; y la segunda, que eso hacía imposible su adquisición masiva y su movilidad.

El matemático de Harvard, Howard Aiken creó junto con la IBM en el año 1944 la “Mark I”, la primera calculadora electromecánica. Era el prototipo del computador digital y realizaba las operaciones aritméticas tradicionales con números muy altos y en pocos segundos. Fue un gran adelanto con algunas limitaciones; la primera, que tenía un largo de 5 metros y pesaba 35 toneladas; y la segunda, que eso hacía imposible su adquisición masiva y su movilidad.

En 1990, recién electo senador viajé a la URSS invitado por el Partido Comunista Soviético. Más allá de asistir a un momento histórico, percibí que el retraso tecnológico era tan manifiesto como definitivo. Hablar por teléfono o enviar un fax eran tareas imposibles. Allí comprendí, además, que el fracaso del socialismo real se precipitó por la existencia de una superestructura burocrática que nada tenía que ver con el proletariado, y menos aun con facilitar una dictadura de este.

En resumen, la innovación tecnológica, la transnacionalidad de los procesos productivos y la burocracia partidaria hicieron inviable el proyecto colectivista.

Poco tiempo después, en 1994 negociando el Tratado de Ouro Preto se plantearon por Brasil y Argentina tres grandes reservas de mercado para el Mercosur: la informática, las telecomunicaciones y los bienes de capital. Se pensaba que cerrando las economías y aplicando el esfuerzo nacional, los avances tecnológicos que ya trascendían fronteras podrían ser neutralizados.

En conclusión, la computadora Mark I parecía estar todavía en la cabeza de algunos gobiernos de la región.

Sin embargo, en pocos años, el comercio de bienes y servicios arrasó con los sueños proteccionistas; sin perjuicio de las barreras arancelarias, China es el principal socio comercial de Brasil, Uruguay y Chile y hoy es el primer exportador de bienes del mundo y el tercero de servicios.

¿Y en nuestra vecindad qué hacemos? ¿Seguimos insistiendo en un proyecto de integración oxidado? ¿Podemos seguir pensando ingenuamente que tenemos intereses comunes que puedan validar un futuro importante para el Mercosur?

Para el Uruguay, la vecindad es un hecho y una forma de convivir en la región, pero los intereses no se trasmiten y “los sueños, sueños son”. En la romántica “Patria grande” hay más lugar para los grandes que quieren ser más grandes, que para los socios que quieren tener más Patria.

Pero esto no significa que debamos mantener un estilo permanente de confrontación. Al Uruguay no le sirve mostrar el ceño fruncido en cada encuentro bilateral o regional; pero tampoco refugiarse en una cómoda etiqueta mental que todo justifica y nada explica (como el imperialismo, por ejemplo).

La mejor manera de hacer política exterior se expresa en la “inteligencia molesta”; es decir, en cuestionar roles predeterminados y acompañar cada reclamo con una solución que obligue a pensar y a respetar.

Uruguay casi siempre ha estado un paso más adelante en el planteo de proyectos comunes y en su capacidad de propuesta; porque estas no se miden por la fuerza que las respaldan sino por la creatividad de imaginar escenarios.

Cuando el canciller Nin Novoa planteó en estos días la posibilidad de que el Mercosur negociara a dos velocidades, Argentina se opuso a la flexibilidad de lo que queda del Mercosur, Brasil “infelizmente” se le sumó, y el Sr. Nicolás Maduro terminó definiendo la atinada propuesta como neoliberal.

Ese es el precio que hemos pagado por asociarnos a modelos fracasados y a populismos autoritarios y corruptos. No somos ni queremos que nos incluyan en este disparatario regional, que no da un solo paso en su inserción externa mientras en estos últimos años se han celebrado 262 acuerdos preferenciales entre países y se están negociando otros 150.

No podemos ni mudarnos, ni romper un tratado firmado con tantas expectativas como posteriores desilusiones. Pero hay situaciones que requieren de firmeza y hasta de cierta agresividad; que no se identifican con “sacar pecho” al estilo mítico del “guapo arrabalero”, sino de defender nuestros intereses con solidaridad y con altivez.

La política exterior y su estrategia no se forjan desde una persona o desde un momento; se construyen con principismo y realismo. Es una línea que se fortalece en forma permanente; que admite matices o una mayor o menor diplomacia presidencial, pero que no alcanza resultados si carece de consistencia y de la fortaleza de un equipo debidamente respaldado política y profesionalmente.

Uruguay vivió el enfrentamiento del presidente Tabaré Vázquez con su canciller Reinaldo Gargano en su primer período. Hoy, esa situación se repite con el TISA, los reclamos a Venezuela por los Derechos Humanos, la coincidencia de Brasil y Argentina en su renovada “trenza porteña lusitana”. Y hasta un Pit-Cnt que desde una posición ideológica quiere marcar el rumbo estratégico de un país como una expresión de la superada “lucha de clases”.

Nadie espera por nosotros.

Si no avanzamos las ceibalitas serán sustituidas por la Mark I y Ancap y Antel serán la avanzada de nuestros modelos de desarrollo.

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