Sergio Abreu
Sergio Abreu

Nos fuimos al ca...jo

Hace 25 años, al finalizar la Ronda Uruguay del GATT, se creó la Organización Mundial de Comercio (la OMC). Un paso fundamental en materia normativa en la cual los países participantes se comprometieron a la apertura comercial y a consolidar los precios internacionales por las leyes del mercado.

Unas cuantas Rondas de negociaciones previas fortalecieron el sistema multilateral, teniendo al Uruguay desde su inicio como un actor principal en la defensa de la seguridad jurídica.

En la década del 50, América Latina asumió el planteo de Prebisch a favor de un modelo de sustitución de importaciones destinado a enfrentar el “deterioro de los términos de intercambio”. Era otra época, aunque co-mo resultado de ese proteccionismo sin reconversión, la pobreza y la inequidad social fueron sus resultados. Como respuesta, el concepto de regionalismo abierto impulsó otra etapa surgida de la misma Cepal; los procesos de integración, como excepción a la cláusula de la nación más favorecida, se orientaron hacia la apertura con tratamientos diferenciales en función de la asimetría económica de los socios. Lamentablemente, los resultados tampoco fueron significativos.

Es bueno recordar que en la década de los 90 el núcleo duro de las negociaciones en el comercio global se centraba en los EEUU, Japón y la Unión Europea, y los productos sensibles se relacionaban con el comercio de bienes. La Ronda solo pudo terminar cuando los tres grandes actores acordaron un nuevo escenario para el comercio agrícola; la primera vez que se incluyeron en una ronda de negociaciones, aranceles, subsidios y apoyos directos que fueron objeto de normas tendientes a su eliminación gradual.

El ingreso de China a la OMC tuvo el efecto del elefante en la vidriera. Durante más de una década, ese economía con 1300 millones de habitantes creció al 10% anual a medida que se abría y sus exportaciones se diversificaban. Mano de obra barata, un tipo de cambio competitivo y otras variables, llevaron a la China a ser actualmente, el primer exportador global de bienes y el tercero en servicios. Rusia por otra parte, luego del colapso de su modelo colectivista, revivió un zarismo posmoderno potenciando sus ventajas estratégicas geográficas a través del gas y el petróleo.

La nueva ruta de la seda parece ignorarse, eso sin mencionar el segundo puesto alcanzado en el ranking de las potencias militares del mundo

Lo cierto es que en aquel 1994 una moderna agenda se planteaba dado que la innovación tecnológica transformaría en antiguas, a las normas multilaterales. La Propiedad Intelectual ( marcas, patentes y derechos de autor ) la cláusula de trato nacional para las inversiones extranjeras y los servicios asociados a la revolución de la tecnología, ingresaron en la categoría de la llamada OMC plus. Sin embargo, las negociaciones fugaron del sistema multilateral, los países aplican restricciones unilaterales y hasta el Tribunal de Apelaciones de la OMC se encuentra afectado en su funcionamiento.

Mientras tanto, esa nueva agenda comenzó a negociarse, por ejemplo, en los tratados de Libre Comercio entre los países de nuestro continente con los EE.UU. luego del fracaso del ALCA. En ese tiempo, el Presidente Chávez desde el estadio de Lanús le gritaba al Presidente Bush de visita en el Uruguay: AL CA…JO. Bien podría decirse que tuvo éxito, aunque todo indica que es a ese lugar donde por obra de la demencia vocinglera fueron llevados Venezuela, Nicaragua, Argentina, Brasil y a su modo, lamentablemente, el mismo Uruguay.

Hagamos un razonamiento simple. Si 2/3 del comercio mundial es intrafirma y el 60% de los bienes que se comercian son semi- terminados, ¿cómo se traduce eso? Pues, en que la apertura es irreversible. En el caso del Uruguay. Esta realidad ¿no se relaciona con una estrategia de inserción internacional que no hemos definido? ¿El Uruguay puede darse el lujo de salir del TISA, resistirse a ampliar el contenido de sus acuerdos parciales en la Aladi, vivir en la incertidumbre y depender del azar o de los humores de gobernantes de países que son nuestros mercados?

¿Podemos seguir aje- nos al avance de cadenas globales de valor porque el Mussolini del Caribe ocupa los tiempos modernos con planteos jurásicos? ¿Nadie piensa que casi un 50% de nuestras exportaciones sufren los efectos de esta guerra comercial ajena e impredecible?

¿Es acaso un dato fortuito que el desempleo en nuestro país orille el 10% y que la tasa de empleo sea más preocupante? ¿Podemos aceptar en tiempos de la inteligencia artificial que las elecciones paralicen por más de un año el esfuerzo por abordar reformas estructurales pendientes?

¿No estaremos contagiados de nuestro carnaval en el que cada comparsa compite con su libreto y su maquillaje?

Veinticinco años en tiempos modernos son un soplo, salvo para los que insisten en replantear la lucha de clases, rescatar corporativismos asfixiantes y mantener las vacas lecheras de los monopolios estatales a pesar de su agonía populista.

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