Sergio Abreu
Sergio Abreu

Barajar y dar de nuevo

Los jóvenes siempre piensan que los mayores repiten cuentos que son parte de un pasado lejano. Más ahora, que la tecnología los hace más distantes y desde niños viven su mundo con la vista fija en el celular o la táblet.

Sin embargo, no hace mucho tiempo, lo común era que dos y hasta tres generaciones disfrutaran juntos un partido de fútbol, un paseo familiar con amigos y hasta compartieran con entusiasmo discusiones políticas. Padres e hijos concurrían a multitudinarios actos políticos y volvían a sus casas comentando los discursos de sus candidatos. Hacían de cuenta que su mensaje se dirigía a cada uno de ellos con argumentos para defender sus ideas en los distintos ámbitos en que actuaban.

Eran tiempos de una democracia tolerante y pasional, forjada en la convivencia pacífica hasta que llegó el momento en que el “hombre nuevo” fue el objetivo político de muchos jóvenes. Un grupo de activistas decidió imponer por las armas su verdad absoluta, pero luego de oscuros episodios vino la acción del otro extremo y la caída de las instituciones. Dos generaciones se desentendieron.

La vuelta de la democracia mostró que nada volvería a ser igual. Otra generación vivió durante 15 años gobiernos frentistas embriagados de soberbia y confiados en su permanencia en el poder. Sin embargo, a diferencia de varios regímenes afines al FA, el pueblo se pronunció electoralmente y una novedosa coalición política ganó las elecciones. A partir de ese momento, el resultado desnudó la identidad ética y política de las fuerzas que integran el Frente Amplio. Quedó claro, como enseñara el filósofo griego Heráclito, que en la historia nada está detenido y que todo fluye sujeto a un ciclo permanente de cambio; que para los demócratas, la elección de los gobiernos depende de la voluntad popular; y que para otros, los derechos humanos se identifican con los “izquierdos humanos”, por ende, los que piensan distinto son despreciables burgueses que persiguen la prosperidad y desconfían de un Estado clientelista que trata de igualar para abajo.

Por esa razón, las elecciones del 2019 fueron una tragedia para los enamorados del poder. Todos ellos mastican su rabia, renuevan su resentimiento y se resisten a apoyar a esa “derecha reaccionaria” ejemplo de solidaridad y de transparencia desde que asumió el gobierno. Para instalar su rechazo a este, denuncian la inconstitucionalidad del proyecto de ley de urgente consideración que ajustado a derecho, honra el compromiso electoral y se encuentra a discusión del Parlamento.

Por otro lado, ayer primero de mayo, los que trabajamos sufrimos una vez más la irritante discriminación del Pit-Cnt al insistir en su diatriba contra el capitalismo, sosteniendo que las relaciones de trabajo siguen siendo una expresión de la lucha de clases. La verdad es que no nos resulta extraño, porque los totalitarismos marxistas y fascistas como el del “compañero” Maduro, no toleran discrepancias y en nombre de esa “revolución” violan impunemente los derechos humanos.

En estos años, nuestra sociedad fue objeto de un relato cultural que definió lo políticamente incorrecto como el derecho de opinar distinto, defender la vida y de aplicar el rigor ético a todo lo reprobable, provenga de donde provenga. Eso explica que la mayoría del FA fuera de la urgencia de la pandemia, califique toda otra acción de gobierno de inoportuna, insensible e inconstitucional; y que se enfurezca cuando ingentes recursos públicos se canalizan para combatir la crisis sanitaria y paliar la situación de los más vulnerables. Aunque lo que más les duele, es que ha salido a luz el doble discurso, el populismo clientelista y la superficialidad de los discursos de sus Presidentes cuando asumieron el gobierno: la reforma del Estado anunciada por Vázquez en 2005, el objetivo de reformar la educación proclamado por Mujica y el sistema de cuidados como política de Estado planteado por Vázquez en su último período.

También ha quedado de manifiesto que gran parte de ese conglomerado político no admite enfrentarse a sus fracasos y a las decisiones de un gobierno dinámico con proyección de futuro. No soporta que el Presidente ponga la cara y se haga cargo; menos aún, que se exhiba como un Jefe de Estado, firme en sus decisiones y convincente en sus explicaciones. Y esto responde a que por primera vez en años, la gente percibe que las reformas vienen de arriba hacia abajo y no a la inversa; y que lo mismo sucederá con el gasto público, la carga tributaria, la confianza en la moneda, la lucha contra la inflación, el impulso a la competitividad, la apertura comercial y las políticas sociales inclusivas.

En resumen: al Uruguay se le presenta una magnífica oportunidad al tener al mando un gobierno que piensa y dialoga sin confundir flexibilidad con espinazo de goma. Sobre todo, porque actúa en sintonía con un pueblo que exige que alguien mande, combata la inseguridad, incentive la inversión, el crecimiento, el empleo genuino, y que aún a riesgo de pagar su precio político, ¡no le mienta! No es poca cosa, esta coalición y el Partido Nacional están a cargo de dar respuestas a las demandas de varias generaciones.

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