Sergio Abreu
Sergio Abreu

El acuerdo UE-Mercosur

El Acuerdo de Asociación Estratégica entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur es una buena noticia.

Luego de 20 años la realidad resultó más convincente que la ideología y el gobierno se enfrentó a dos aspectos que no pudo manejar en sus tres administraciones: la apertura comercial y la seguridad jurídica en los temas de la nueva agenda global.

El modelo de Presbisch de sustitución de importaciones de hace 70 años se extinguió. La apertura comercial impulsada por la revolución tecnológica define el nuevo escenario, por tanto, la inserción externa del Uruguay dependerá de las reformas internas que habiliten la competitividad. Inversión, crecimiento y empleo van de la mano del nuevo desafío y para consolidar esa relación virtuosa hay que alcanzar un equilibrio macroeconómico que nos permita superar la pesada herencia que nos dejarán los gobiernos del FA. Nadie puede discutir hoy que nuestra inserción en el mercado externo depende de sus costos de producción, de un control estricto del gasto público y de la flexibilización del uso de los recursos, incluyendo la mano de obra.

Las utopías y las ilusiones son tan difíciles de dejar como las drogas. El Acuerdo con la UE nos trasmite que la única respuesta válida es la disciplina de la moneda, el esfuerzo competitivo y la cabeza fría a la hora de calcular costos y beneficios. Lo demás, como el acceso a nuevos mercados en condiciones favorables surge del contenido del acuerdo, de sus tiempos, de la sensibilidad de algunos productos y de la forma que cada país encara el nuevo contexto. Pero si los demás tienen igual calidad y mejores precios con menores costos de producción quedaremos viendo los mercados como la fábula del gato respecto “de la fiambrera”.

En esencia, toda negociación se resume en una insatisfacción compartida. Por eso, varios se quejarán de los cupos, de los plazos de desgravación y de las dificultades para competir de algunos sectores productivos. Otros dirán que se viene imponiendo un modelo neoliberal en el acuerdo firmado con la UE. Y no es así, porque nuestros vecinos recién reconocen que protección sin reconversión es pobreza asegurada, y eso los ha llevado tardíamente a defender la admisión temporaria, las zonas francas y abrir a la competencia sectores industriales como el automotriz, los textiles, los metales, los químicos, los plásticos y la industria farmacéutica.

Hay que decir la verdad. Somos el continente de los alimentos, de los recursos naturales y en todo caso, de aquellas cadenas de producción que encuentren mercados amigables para producir bienes intermedios o prestar servicios. Nos vimos favorecidos porque la Unión Europea (que tiene serios problemas como el Brexit) quiso recuperar presencia en el mercado global utilizando los mecanismos de la OMC (artículo XXIV). Una señal que compartimos contra la guerra comercial de los dos imperios dominantes. La milenaria China que despertó del pentotal inyectado por la reforma cultural de Mao y los EE.UU. de Trump, el cowboy que sustituyó la Colt 45 por el Twitter.

A la UE le faltaba firmar con nuestro bloque luego de celebrar Tratados con México (1999), Chile (2002), Colombia y Perú (2010), Centroamérica (2012) y Ecuador (2014). Y al Mercosur alcanzar una negociación que le diera algo de credibilidad.

Si bien el Acuerdo necesita un análisis más detenido porque los Partidos Políticos no fueron informados, como primera reacción debe entenderse como un sacudón al desvencijado asiento del proteccionismo. Estamos hablando de 760 millones de consumidores, de una liberación arancelaria del 90% de los bienes y servicios y de los compromisos de adherir al Tratado Climático de París por parte de Brasil.

Bienvenido este Acuerdo con la Unión Europea. Tomará su tiempo, pero menos que los veinte años que demoró en firmarse. En principio, es una apuesta renovada al regionalismo abierto impulsado por la nueva Cepal y por el art. XXIV de la OMC, el órgano multilateral que administra asimetrías y controversias comerciales.

Sin embargo, tenemos que advertir que los uruguayos nos destacamos en el fútbol y en la búsqueda de chivos expiatorios. Globalización y neoliberalismo son los chivos de moda, el primero inocente, el segundo inexistente. De todas maneras, ya vendrán lo que los harán responsables de la desindustrialización y de la desnacionalizacion que trae toda apertura comercial, ignorando que las dificultades del sector productivo se deben a políticas domésticas con tributación asfixiante, tarifas por encima de los costos, atraso cambiario, déficits fiscales indecentes y conflictividad laboral de origen ideológico.

De todas formas, el gobierno disimula porque el nuevo escenario se trasladará a la próxima administración, incluso las negociaciones con Estados Unidos, que Brasil y Argentina impulsan desde marzo en su histórica trenza bilateral. El Poder Ejecutivo tiene que informar al Parlamento, porque no puede ni debe ocultar que el tren del norte está por pasar, y esta vez los motoristas serán Brasil y Argentina. Salvo que siga apostando al populismo socialista donde el pensamiento de Gramsci continuara actuando sobre la cultura y sus instituciones.

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