Santiago Gutiérrez Silva
Santiago Gutiérrez Silva

El miedo a las palabras (sic)

El miedo viene con la vida, es paradójicamente racional e irracional a la vez. Hay tantos miedos como personas. Todos alguna vez de niños nos refugiamos bajo una manta frente a un miedo irracional.

La típica reacción para escapar de un terrible monstruo era taparse los ojos, entonces ahí el monstruo desaparecía; o desaparecía uno, no sé. Con el mismo reflejo infantil, pero sin ninguna inocencia ni irracionalidad, solían comportarse desde el último régimen dictatorial los autoritarios de siempre.
Así es que desde el poder se prohibían libros, canciones, banderas, personas, ideas.

Se prohibían palabras.

El miedo a las palabras es quizás el más particular de todos. El miedo a usar el término adecuado que define un hecho o una situación, y recurrir entonces a eufemismos para evitar decirle a las cosas por su nombre. Los iluminados del forzado poder creían que prohibir todo eso que tanto les molestaba, lo quitaría de su vista. Y como creía el niño con su monstruo, “si no lo veo, no existe”.

Así fue que contradictoriamente en nombre de las instituciones y la libertad, a la dictadura se le llamó “proceso”, a los presos políticos “sediciosos”, a la tortura “apremio”, a Wilson “el líder proscripto”.

Hoy hace 45 años aparecieron en Buenos Aires los cuerpos sin vida del Toba y Zelmar, junto a los de Rosario Barredo y William Whitelaw. Un blanco herrerista, un furibundo batllista, frenteamplista y ex colorado, y dos ex tupamaros. Desde 1996 esta fecha se transformó en el símbolo de la más justa de las causas, que año a año lleva como consigna sagrada tres palabras: memoria, verdad y justicia.

“La Patria somos todos”, decía el Toba, y hoy no estamos todos.
En Uruguay hay 197 personas desaparecidas. Detrás de un número sin alma, hay madres y padres, hermanos, amigos. Por aquello de que el héroe anónimo queda más en la raíz de su pueblo, es que cada 20 de mayo, la principal avenida del país se llena de personas en silencio. Un silencio que aturde y que sólo se rompe para nombrar a los que nunca volvieron.

Ese viejo miedo a las palabras sigue sigilosamente entre nosotros, impidiendo que como país construyamos una memoria colectiva fiel a los hechos, que nos recuerde lo que pasó, y también lo que no pasó, a pesar que algunos lo repitan como mantra.

Con el mismo procedimiento racional e intencional que la dictadura, los que hoy apelan a pasar la página, le dicen al terrorismo de Estado, “combate a la sedición”, “años difíciles”, y otra serie de eufemismos.

Desde hace más de 45 años en nuestro país, algunos persiguiendo sus pequeños intereses y cuidando sus pequeñas espaldas, alimentan un relato de guerra entre dos bandos con las lógicas consecuencias de semejante enfrentamiento. Prácticamente daño colateral.

Así es que se omite decir que el gobierno de facto, utilizó el poder del Estado para perseguir, encerrar, torturar, matar y desaparecer.

El relato se cuida particularmente de mencionar que previo al golpe de Estado los tupamaros estaban casi todos presos o exiliados. Y más aún se cuida de mencionar los pactos entre militares y guerrilleros.

Así es que el repetido relato nunca habla de gurises que pasaron mucho tiempo presos en terribles condiciones por pintar un muro, por repartir volantes, pero jamás por disparar un arma. Tampoco habla de las huellas físicas y psicológicas que dejaron en distintas generaciones.

El terrible relato nunca menciona el desarraigo de los que por miedo tuvieron que irse de su tierra, y nunca más pudieron volver.

El relato nunca dice nombres y apellidos.

El relato le tiene miedo a las palabras.

Nuestro país antes de pasar la página debe leerla entera. Y esa página tiene muchas palabras difíciles de incorporar. De eso depende que podamos construir una memoria digna y fiel. La construcción de esa memoria colectiva necesita de romper con el miedo a las palabras.

Es la única manera de cerrar la herida y mirar al futuro con confianza.

Debemos asumir como comunidad que esto no le pasó a unos o a otros. Esto nos pasó a todos, le pasó a Uruguay, a los uruguayos. Para que nunca más unos pocos con ayuda extranjera pretendan forzar el destino de la Patria, es nuestra obligación bajar la guardia entre pares, dejar las facturas pendientes entre banderas y lograr un compromiso social y político por la verdad histórica. Un compromiso humano.

Al Toba y a Zelmar los mataron por amar la libertad y por querer a su país.
El mejor homenaje que podemos hacerles tantos años después, es justamente amar la libertad y querer a nuestro país.

Casi proféticamente el Toba decía en su discurso de cierre de campaña del 71’: “La Patria tampoco es de la sangre, el odio y el puño cerrado.
La Patria es sonrisa y es alegría. La Patria es comunidad de orientales. La Patria es reunión para hacer y trabajar por este país”.

La fortaleza democrática de nuestras instituciones nos obliga a agotar los caminos para encontrar respuestas y poder escribir la historia que nos recuerde por dónde nunca más debemos caminar.

Para hacer de este un país más libre y más justo, es necesario construir memoria, es necesario encontrar la verdad, y es necesario que se haga justicia.

Como dice el Martin Fierro, no hay tiempo que no se acabe, ni tiento que no se corte.

Para romper el tiento, hay que romper el miedo a las palabras.

Nunca más.

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