Rodrigo Caballero
Rodrigo Caballero

En modo positivo

Desde que comenzó la pandemia del coronavirus, se han contagiado en todo el mundo unos 16,5 millones de personas. Más de la mitad, 9.60 millones, ya se han recuperado. En Uruguay los casos suman 1.202 desde el 13 de marzo, y se recuperaron 951.

Uno de los contagiados es este columnista. Que hoy espera acercar la cifra de recuperados al millar.

Dos semanas atrás, la confirmación que un allegado era Covid-19 me cayó como un balde de agua fría. A la mañana siguiente vino el hisopado y unas horas después la noticia que nadie quiere escuchar.

El lapso fue suficiente para crear una lista de personas con las cuales había compartido al menos diez minutos en los últimos siete días.

A la cabeza de la lista van los mayores, por ser los más vulnerables. Luego los niños, que no ocupan el primer lugar debido a la inmunidad que presentan ante el virus. Sin embargo, la prudencia aún no acepta certezas y es necesario testearlos mientras uno se prepara para el revuelo que el examen va a generar a nivel social. Sobre todo en la escuela, donde se aguarda el dato para tomar las medidas protocolares.

La alarma ya se disparó en los grupos de wasap y se extiende a toda velocidad. El tiempo de respuesta de los laboratorios es demasiado largo para el que espera de este lado.

Después hay que avisar a los demás contactos. Que los va a llamar su prestador de salud, alguien del MSP y que se les va a indicar un hisopado. El posible contagiado se va a cobrar la cuenta buscando evacuar todas las dudas que lo asalten.

Cuando uno es positivo interactúa con dos tipos de personas: quienes toman el asunto como lo que es, un virus capaz de colarse en las células de cualquiera, incluso de aquellos que hayan tomado todos los recaudos. Y los convencidos que solo actuando con irresponsabilidad podría alguien resultar contagiado.

Las horas pasan, los días también y el cuerpo no acusa síntomas. No hay tos, fiebre, ni fatiga. Apenas un poco de miedo cada tanto. Cuando uno piensa mucho y empieza a mirar el reloj a intervalos cada vez menores y así confirmar que falta menos para que los síntomas empiecen a aplastarlo contra el colchón. O a dificultarle la función de respirar. Sea lo que sea, que pase rápido. Al final el virus parece más ensañado con la psiquis que con los pulmones. Son muchos los meses de bombardeo mediático. Ahora se hacen notar. Y uno se pregunta por qué es un infectólogo el que llama todos los días para cerciorarse del estado de salud del paciente y no un psicólogo.

Los síntomas físicos llegan, aunque no a todos. Hay contagiados asintomáticos. La experiencia propia fue una noche y la mañana siguiente con 38 y pico de fiebre. Siguió un resfrío leve, ardor de garganta y un decaimiento parecido a cualquier otro de un día de invierno.

Quien esto firma contrajo el Covid-19 haciendo uso de su libertad responsable. La misma que nos ha permitido vivir estos extraños meses de pandemia con dignidad y en una relativa normalidad. Mientras los días pasaban lentos, pensé en los que pedían la cuarentena obligatoria. También en los amigos de otros países hace tanto tiempo encerrados. Un recurso que no me hubiera evitado el contagio.

Saberse contagiado luego de haber sido sometido a un encierro demencial como el que nos pudo haber tocado en desgracia, hubiera sido devastador.

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