Rodrigo Caballero
Rodrigo Caballero

Sobre Mario Levrero

El próximo domingo se cumple fecha del fallecimiento de Jorge Mario Varlotta Levrero, escritor que ha dejado una huella imborrable en quien esto firma. Por eso es que hoy dedicaré este espacio a narrar el día en que conocí al Maestro.

Mi primer y único contacto personal con Levrero fue en un bar del centro de Montevideo. Del Cordón para ser más preciso. Yo estaba almorzando unos ravioles y él tomaba café en una mesa contra la ventana que daba a la calle Mercedes, concentrado en una pila de papeles sueltos. Corría el año 2004 y participaba de su taller de escritura, por lo cual existía la posibilidad de que alguna de esas hojas llevara unos párrafos de mi modesta factura.

El taller en cuestión era virtual, por eso yo no conocía a Levrero en persona. Se llevaba a cabo por internet, a través del intercambio de correos electrónicos en un grupo creado para el caso. Era un sistema que había desarrollado el propio escritor para poder dar clases sin verse obligado a salir a la calle ni a recibir a nadie en su casa. En cambio mandaba consignas disparadoras por e-mail para que los alumnos hicieran con ellas lo que pudieran. Luego se enviaba el producto a la casilla convenida y, a los pocos días, el correo regresaba con los comentarios del escritor.

Cuando lo encontré en el bar, hacía varios meses que nos comunicábamos de esa manera. Nada de imágenes a través de zoom o whatsapp. Correo puro y duro. Letras virtuales. Pero ahora lo tenía frente a mí, en carne y hueso vivos, y no iba a perder la oportunidad de estrecharle la mano y decirle cuánto lo admiraba. Tampoco quería importunarlo.

Pero de ninguna manera me iba a quedar ahí sentado, sin decirle nada al hombre que tantos cambios había generado en mi forma de pensar el mundo. Así que, aún con el plato sin terminar, me levanté de la silla y me dirigí hacia él.

En el camino se me ocurrió un chiste, bien pavote, pero que me serviría para romper el hielo, evitándome la incómoda situación de una presentación tradicional.

No quería interrumpir su lectura para decirle el aburrido: buenas tardes soy un alumno suyo, es un placer conocerlo. Entonces, cuando llegué hasta su mesa, lo miré a los ojos y le dije: “Maestro, vi todas sus películas. Algunas más de una vez”.

El hombre pareció sorprendido. Alzó la vista, soltó la taza de café que acababa de apoyar sobre el individual de papel y dijo:

-“Lamento, debés haberte confundido”.

Quedé desorientado. Sin saber qué hacer. Cómo un tipo con el humor que distribuía Varlotta en sus obras, en sus respuestas a los trabajos del taller y en las entrevistas que le había leído, no había entendido mi chiste. Tan malo no era.

Impaciente ante ese joven mudo y con el rostro súbitamente colorado que tenía enfrente, el hombre realizó un movimiento con las cejas que interpreté como un pedido de que hiciera algo.

Entonces tartamudeé, mientras por dentro rogaba a la Madre Tierra que me digiriera: ¿usted no es Mario Levrero?

“Soy Carlos Coronel”, dijo el tipo y volvió a clavar su mirada en los papeles.

Esa fue la primera y única vez que vi al Maestro en persona.

Al poco tiempo falleció. Un 30 de agosto de 2004.

Y ya no pude conocerlo.

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